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    Ciencia y política

    Sr. Director:

    A  propósito del debate instalado en la sociedad, sobre la presunta oposición entre ciencia y política o entre científicos y gobernantes, se me ocurren unos comentarios para compartir con los lectores de Búsqueda.

    El 16 de abril de 2020 el gobierno designó un Grupo Asesor Científico Honorario, coordinado por el Dr. Rafael Radi, el Dr. Fernando Paganini y el Dr. Henry Cohen.

    La designación tenía como meta, generar asesoramiento científico de calidad y comparado con experiencia internacional, a fin de asistir a la toma de decisiones gubernamentales.

    Se decía, entonces, que 4 pilares regirían su trabajo hacia la “nueva normalidad”: progresividad, regulación, monitoreo y evidencia.

    El equipo incorporó un conjunto de expertos colaboradores que constituyeron el conocido GACH. El Prof. Radi, líder del grupo, manifestó: “Constituimos 2 grandes áreas de asesoramiento: salud, que coordina Henry Cohen, y ciencia y tecnología, que coordina Fernado Paganini. Entre ambas hay sinergia, comunicación de saberes y trabajo interdisciplinario. Se estableció una secretaría técnica, que lleva adelante la coordinadora de la Sec. Nacional de Ciencia y Tecnología, Silvana Ravia”. Los reportes generados se envían en forma semanal o quincenal al Poder Ejecutivo. “No tomamos decisiones de gobierno”, aclaró Radi. “Los terrenos de acción están claramente delimitados y la toma de decisiones, una vez que nosotros tomamos la evidencia, es de estricto dominio del Gobierno Nacional”

    En un momento, Radi manifestó que “el GACH no fija las actividades que se reabren, sino que resalta los elementos de control del contagio, distanciamiento físico, el tapabocas bien utilizado y los tiempos de exposición cortos”. También destacó que para el relativo control de la pandemia fue importante el desarrollo de test virológicos fruto de convenios con Udelar e Instituto Pasteur conjuntamente con el Instituto Clemente Estable.

    En ese proceso hubo muchísimos aciertos de nuestros científicos, que llevaron a un reconocimiento, sin precedentes de nuestra sociedad, del valor no solo de cada uno de ellos, sino del valor que representa la ciencia y la tecnología en el desarrollo de un país.

    Valoremos, también, el acierto de nuestros gobernantes (políticos) de incorporar a la crema de nuestra sociedad científica, como asesores directos.

    Ahora, estamos en otra etapa, la de la controversia o la falsa oposición entre ciencia y gobierno.

    Ni científicos ni gobernantes pactaron en momento alguno roles opuestos a los que les corresponden.

    El Covid-19 ha ilustrado la importancia de la buena ciencia como insumo para determinar buenas políticas públicas, a la vez que las decisiones de gobierno implican mucho más que ciencia.

    Mientras la buena política es conducida por la buena evidencia, la buena evidencia no es garantía de buena política.

    Hasta fin de año, la mayoría de nosotros estábamos seguros de que íbamos en el buen camino, porque la “ciencia” estaba guiando la toma de decisiones. Nuestros científicos manejaron las certezas y las pruebas, para generar evidencias, dejando de lado opiniones y presunciones.

    El mundo globalizado nos permite enterarnos al instante cómo científicos de calidad proponen medidas diferentes en distintos lugares del mundo.

    Todos respetables, todos científicos con honores.

    Por ejemplo, los períodos de aislamiento en el Reino Unido fueron establecidos tempranamente de 7 días, mientras la OMS al mismo tiempo recomendaba 15 días.

    Concomitantemente, las preocupaciones derivadas de asesoramientos científicos, cambiaban dramáticamente desde lavado de manos y distanciamiento social a cuarentenas estrictas, o pasamos de mascarilla no a mascarilla sí…

    Estos son cuestionamientos razonables de la forma que la ciencia se presenta ante los ojos populares de la sociedad.

    Con Covid-19, no es que la ciencia se muestra inusualmente incierta, es que los cambios y nuevos desarrollos están siendo hechos bajo el escrutinio constante del ojo público y a gran velocidad. Las teorías se testean en tiempo corto y con efecto directo en nada menos que en la vida de las personas. El peligro es que la ciencia que a menudo es presentada con un manto de seguridad que nos protege contra el miedo de las amenazas inciertas de una pandemia global, termine perdiendo la confianza popular.  Por tanto, hay que ser muy cautos en cómo describimos el rol de la ciencia, el de los políticos y el de la política, en modelar las respuestas.

    El deber de cuidarnos aplica en definitiva a los políticos.

    Hemos visto en otros países, cómo gobernantes recurren a la “ciencia” y a los “científicos” para justificar un curso de acción difícil. Comunicados de eminentes profesores los ayudan a cerrar debates.

    Los defensores de la ciencia necesitan ser cuidadosos. Las políticas conducidas por la “ciencia”, políticas basadas en evidencia, son a menudo presentadas como la forma más simple de tomar decisiones, opuestas a las tomadas por políticos, que, en ocasiones, son generalizados como decisiones desordenadas o manchadas por la corrupción o intereses que no siempre pueden apreciarse correctamente.

    Por consecuencia, cuando vemos gobernantes desafiando las deliberaciones de los científicos, se corre el riesgo de reforzar la falsa oposición entre ciencia y política.

    Sin embargo, una muy buena ciencia no termina con la pandemia por sí sola, es necesario buenos políticos y buenos gobernantes.

    Las decisiones políticas son generalmente complejas y requieren el análisis de muchos factores que deben sintetizarse en un curso de acción.

    Con Covid-19 es la política es la ciencia de armonizar la contención del avance del virus en equilibrio con las consecuencias de salud –vista a la persona como un todo–, sociales y económicas que se derivan de cuarentenas prolongadas y repetidas y el juicio de la capacidad de la población de tolerar esas medidas en el tiempo.

    Estas son situaciones que no tienen respuesta definitiva. Pueden ser informadas, pero no determinadas por la ciencia.

    Cuanto más evidencia, mejor será el dibujo de la situación, pero las decisiones aun serán del resorte del juicio de los gobernantes, que tendrán que balancear los múltiples objetivos.

    Pretender que estas decisiones pueden ser tomadas fuera de la política o gobernantes, y conducidas por la “ciencia”, atenta contra la ciencia y contra los gobernantes.

    El camino virtuoso pasa por fortalecer la confianza ciudadana en la ciencia, los científicos, el gobierno y los políticos. Para ello, es imprescindible que cada uno juegue su rol y que nosotros los ciudadanos velemos por eso.

    Ney Castillo