Joaquin Phoenix es Abe Lucas, agrio profesor de filosofía desilusionado de esta, con los libros, con la intelectualidad, consigo mismo. Llega a una universidad de Rhode Island para integrarse al cuerpo docente, precedido de un abdomen abultado por el alcohol y una fama de brillantez, inteligencia y carisma que él se toma el trabajo de combatir por medio de irradiaciones casi constantes de cinismo de manual. Es el universo Woody Allen: Lucas, con una cabellera que evidencia falta de aseo y una gestualidad que denota fastidio con el cosmos, es insoportablemente atractivo para las mujeres. Rita, profesora interpretada por Parker Posey, carga con un matrimonio adormecido y una ilusión truncada, y quiere engancharlo desde el primer intercambio de palabras. Jill, estudiante que compone Emma Stone, es muy inteligente y se entusiasma de inmediato con él. Ella tiene un novio dulce que la adora, pero se empecina en acercarse a este señor sombrío que, según él mismo dice, quiso cambiar la realidad y acabó convirtiéndose en un “intelectual pasivo e impotente” que, al final, no aportó nada al mundo. En un giro radical de los acontecimientos, Lucas encuentra en la posibilidad de cometer un asesinato la chance de quitarse el sopor existencial que lo envuelve y lo hace sentir de ese modo tan miserable. Ya no escribirá “otro libro sobre Heidegger y el fascismo”. El schlemiel, un clásico de Allen, ese perdedor en el juego de la vida, tiene la oportunidad de pasar a la acción, y lo que venía siendo una comedia romántica ultraliviana y esquemática deviene thriller —ultraliviano y esquemático— con supuestos morales sobre el mal, la libertad y bla. Y lo peor de Allen, la conciencia cómica del intelectual maduro de fines del siglo XX, queda definitivamente concentrado en esta película, la más floja de su fecunda carrera. Lo peor de Allen, un cineasta que ha creado verdaderas obras maestras —Zelig, Manhattan, Hannah y sus hermanas, Dos extraños amantes, La rosa púrpura del Cairo, Días de radio, Crímenes y pecados, Match Point, por citar algunas— es cuando se nota que no se esfuerza demasiado en ir más allá de una buena idea. Allen tira la cámara por ahí, con la destreza despreocupada que otorgan los años y la práctica, deja que los actores desfilen con sus parlamentos, a veces ingeniosos, otras desabridos, y espolvorea esos diálogos con citas cultas que vienen a cuento porque completan, aunque de forma elemental, el estado en el que se encuentra Lucas, y que sirven para que algunos espectadores se sientan lo suficientemente cultos o inteligentes por reírse de un comentario sarcástico que incluye a Kant o Kierkegaard, pero que al final no aportan mucho.


