• Cotizaciones
    miércoles 12 de junio de 2024
    • Temas del día

    Claves para un mayor crecimiento sostenido, digno y sustentable

    Nº 2224 - 11 al 17 de Mayo de 2023

    La semana pasada tuve el honor de compartir un panel organizado por ACDE con colegas de la talla de Javier de Haedo, Ignacio Munyo, Gabriel Oddone y Ricardo Pascale. El tema del panel fue: “Claves para un mayor crecimiento sostenido a largo plazo en Uruguay”. Me gustaría comentar algunas de las ideas que expuse ese día e incluir también contribuciones de mis colegas.

    En la búsqueda de un plan de futuro, tenemos que tener bien claro dónde estamos parados. A escala global, el mundo está transitando la Era del Conocimiento, un período caracterizado por continuas innovaciones y cambios signados por la automatización, la digitalización, la inteligencia artificial, el Internet de las cosas, la inteligencia de datos, la robótica, la biotecnología o la genómica, entre otros avances. En términos productivos, esto implica una continua innovación en procesos y productos, así como cambios disruptivos en la lógica de producción. La palabra clave es conocimiento; el conocimiento es el nuevo eje del sistema de valor.

    Existen enormes oportunidades asociadas a esta nueva etapa: la innovación aumenta la productividad, lo que debería redundar en mayores ingresos, más bienestar y en un crecimiento sustentable, menos asociado a vaivenes externos. Pero también es una etapa de enormes desafíos. La automatización está volviendo obsoletas muchas ocupaciones: lo vemos en las cajas de los supermercados, en las porterías de los edificios, en las cadenas de producción de las fábricas y en los procesos administrativos de las empresas. Estamos entrando en una era en la que la alternancia empleo-desempleo empieza a ser moneda corriente. Una era de alta incertidumbre y desprotección financiera para los trabajadores, y de altos niveles de estrés y problemas de salud mental, no solo por los mayores vaivenes económicos sino también porque para muchos individuos representa la pérdida de sentido de relevancia social. Para complementar este cuadro, enfrentamos grandes desafíos vinculados al medio ambiente, a los cambios inciertos en el orden político mundial, a una demografía con una población envejecida y al enorme poder que concentran las empresas tecnológicas, que atentan contra las libertades individuales y contra la supervivencia de las democracias.

    Este es el contexto en el que nos toca hacernos la siguiente pregunta: “¿Cómo hacer para que Uruguay tenga un crecimiento mayor y sostenido a largo plazo?”. Y quizás agregarle: ¿cómo hacer para que este crecimiento, además, se dé en condiciones de dignidad, garantizando la protección de aquellos que quedan por el camino, asegurando la libertad y sentido de propósito de nuestros ciudadanos, el mantenimiento de las bases democráticas de nuestro país y la protección del medio ambiente?

    La respuesta es compleja y tiene múltiples aristas, y a varias de ellas se refirieron mis colegas durante el evento de ACDE. Uruguay precisa de una mayor inserción internacional y de una reducción del costo país (reformar el Estado y modernizar el sector no transable), así como de un sistema de protección social acorde a los tiempos. Pero fundamentalmente, y esto es lo que quiero resaltar en esta nota, precisamos de un capital humano que esté a la altura para aprovechar las oportunidades y mitigar los desafíos de la Era del Conocimiento. Un capital humano con alto potencial cognitivo y socioemocional, con capacidad de innovación y disrupción, adaptabilidad a los cambios, y conciencia de las libertades y de las responsabilidades ciudadanas y ambientales. A nivel productivo, resulta clave tener una oferta adecuada de personas calificadas en un nivel de educación superior para permitir que la economía avance hacia niveles más altos de intensidad de conocimiento y que las industrias asciendan en la cadena de valor global.

    ¿De dónde partimos en Uruguay? En nuestro país, dos de cada 10 niños menores de seis años se encuentran en situación de pobreza y casi la mitad de los niños del país vive en hogares con alguna necesidad básica insatisfecha. Esto repercute en desigualdades en el desarrollo infantil que son luego difíciles de revertir. Más de la mitad de nuestros adolescentes abandona el sistema educativo antes de terminar la educación formal obligatoria. No solo tenemos una de las tasas de abandono más altas de América Latina, sino que, entre los que permanecen en el sistema, la mitad no alcanza los niveles mínimos de conocimientos en lengua o matemática, y somos el país de América Latina con mayor desigualdad socioeconómica en los rendimientos académicos. Solo el 14% de la población de entre 25 y 34 años completa estudios terciarios, frente a 66% en Canadá, Japón, Irlanda o Corea del Sur, 50% en USA, Dinamarca e Israel, 40% en Chile y 23% en Brasil.

    ¿Cómo plantearnos la integración a la Era del Conocimiento frente a esta realidad? Muchos de nosotros seguimos anclados en aquel Uruguay de hace 100 años que se caracterizaba por una alta alfabetización y una alta cobertura escolar, y que nos destacaban a nivel internacional. Pero los países avanzaron y nosotros nos fuimos quedando. A principios de los 2000 Chile e Israel tenían una tasa de finalización de educación secundaria que era bastante similar a la uruguaya: terminaba poco más de uno de cada tres estudiantes. En 20 años estos países lograron que el 90% de su población culminara la educación media (¡Aumentaron el nivel de culminación en 50 puntos porcentuales!). En el mismo tiempo, Uruguay apenas incrementó el egreso en 10 puntos porcentuales. Lamentablemente, no podemos darnos el lujo de tomarnos 20 años para alcanzar los niveles que hoy tienen Chile o Israel. Es clave que como país tomemos conciencia de la dimensión que tiene esto en nuestro futuro y que le imprimamos velocidad a las oportunidades educativas y a la conformación de un capital humano del siglo XXI.

    Señalo cuatro aspectos en los que tenemos que avanzar urgentemente en relación con el capital humano. El primero, ofrecer bases sólidas para el desarrollo de nuestros niños, promoviendo políticas de protección en la primera infancia que reduzcan las desigualdades de desarrollo al inicio. Ya me he referido a esto en otras columnas, y en particular a la necesidad de una mayor oferta de cuidados de calidad para las poblaciones más vulnerables, apoyos monetarios y acompañamientos integrales a las familias en situación de pobreza (incluyendo soluciones de vivienda, capacitación laboral y salud mental).

    El segundo, acelerar los cambios en la educación formal. En este momento el país se encuentra inmerso en una reforma educativa. Como señalé en otra nota, los principales ejes que plantea la reforma recogen diagnósticos y propuestas basados en evidencia nacional e internacional y que han sido discutidos y consensuados por un importante número de técnicos de todo el espectro político. Podemos discrepar en alguno de estos rumbos, pero tenemos que encontrar ámbitos constructivos de intercambio que nos permitan avanzar con ritmo. Como fue señalado en el panel de ACDE, precisamos trabajar más en la gestión del cambio. Y forjar una institucionalidad de cambio en el sistema educativo, buscando que las iniciativas y los procesos de innovación y cambio surjan de los propios docentes, los estudiantes, los centros y la articulación con el sector productivo. Una vez que empecemos a pasar ciertos umbrales críticos de progreso, posiblemente entremos en círculos más virtuosos.

    Tercero, no hay innovación sin polinización de ideas. Precisamos mejorar no solo el nivel sino la diversidad de nuestro capital humano. Para esto, tenemos que hacer más esfuerzos por aumentar la participación de la mujer en el mercado de trabajo y en cargos directivos. Tenemos que promover la diversidad atrayendo inmigrantes calificados, facilitando la reválida de sus carreras y haciendo más fácil el aterrizaje en el país. Tenemos que buscar más intercambio de ideas a escala internacional, trayendo expertos a nuestro país y mandando nuestra gente al exterior, y armando redes de conocimiento e innovación. Sería un ejercicio interesante comenzar con esta polinización a en el sistema educativo: trayendo docentes de otros países y mandando los nuestros a capacitarse en el exterior. Y ni que hablar de aprovechar la diáspora y profundizar el intercambio con esa gran cantidad de cerebros que tenemos afuera.

    Por último, precisamos crear una infraestructura promotora de la innovación y del desarrollo tecnológico, apostando por la ciencia y generando los bienes públicos que contribuyan a la inversión en tecnología de punta y a la innovación y a la articulación entre la ciencia y el sector productivo.

    Uruguay enfrenta hoy una emergencia de capital humano. Durante la pandemia supimos responder con instituciones que ayudaron a sortear las discrepancias y a marcarle un rumbo de respuesta a la crisis sanitaria. Precisamos hacer lo mismo con nuestro capital humano. Es la única forma de que entremos con éxito en la Era del Conocimiento y de que alcancemos un buen ritmo de crecimiento con dignidad, sentido ecológico y libertad.