En su segunda fecha de la temporada, el Centro Cultural de Música nos trajo un espectáculo de calidad tal que se hace difícil imaginar algo que pueda superarlo en lo que resta del ciclo.
En su segunda fecha de la temporada, el Centro Cultural de Música nos trajo un espectáculo de calidad tal que se hace difícil imaginar algo que pueda superarlo en lo que resta del ciclo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa Misa en si menor de Juan S. Bach es una obra poco frecuente en los conciertos. De proporciones generosas (dos horas de duración), es el resultado del acoplamiento de varios fragmentos compuestos en distintos momentos entre 1733 y 1748, algunos de los cuales fueron interpretados en vida del autor, pero desgajados de la obra completa, que recién fue estrenada cien años después en Alemania, en 1834. Es obvio que, precisamente por su extensión, la Misa no fue concebida para acompañar un servicio religioso. Mucho se ha especulado sobre qué motivos animaron a Bach a componer una misa de estas características gigantescas, cuyo destino no iba a ser el de asistir liturgia alguna. Las hipótesis son variadas pero parece bastante razonable adherir a quienes piensan que, así como con El arte de la fuga Bach dejaba un legado contrapuntístico en el campo instrumental, con la Misa pretendió dejarnos su testamento referido a la música vocal. Y más precisamente a la composición coral. Porque a diferencia de las cantatas y las pasiones, en las que la voz solista tiene enorme relevancia en las arias y recitativos, en la misa el elemento dominante es el coro. Infrecuente en conciertos, esta obra sin embargo ha sido grabada de manera prolífica por las más prestigiosas orquestas y coros, bajo la atención de ilustres batutas.
Pero lo que escuchamos el sábado 11 en el Teatro Solís fue algo distinto al, llamémosle, Bach habitual, algo diferente a todas las versiones grabadas que andan circulando. La Bachakademie de Stuttgart comprende dos organismos: la Bach Collegium Stuttgart, que es la orquesta y el Gächinger Kantorei Stuttgart, que es el coro. Ambas formaciones oscilan en los treinta integrantes cada una. A ellos se agregaron los solistas Johanna Winkel (soprano), Ann-Beth Solvang (contralto), Sebastián Kohlhepp (tenor) y Markus Eiche (bajo), todos bajo la dirección de orfebre de Hans-Christoph Rademann.
El Bach que hacen estos alemanes es etéreo, transparente, rítmico pero jamás golpeado, con un espectro de matices, color y dinámica que puede ir desde un pianissimo celestial como al comienzo del Qui tollis o al final del Crucifixus, hasta una explosión sonora inmediata en el Et resurrexit, donde el coro y orquesta alcanzan un fortissimo que no es forzado ni gritado, sino maravillosamente intenso, o el notable súbito piano que luego del Gloria in excelsis atacan con el Et in terra pax. Pero hay más. El enfoque que se hizo de esta obra fue profundamente religioso. Con Rademann a la cabeza, todos fueron conscientes de la religiosidad de la obra y la hicieron como tal, en tanto no hubo concesiones “de concierto” sino que siempre se abordó la música con recogimiento litúrgico, como en misa sobre el escenario, de la misma manera que como en misa un Solís repleto escuchó en el más religioso y emocionado silencio.
¿Qué decir de la notable dirección de Rademann? Que tiene una marcación estricta de todos los detalles, preocupado siempre por el balance de voces e instrumentos. Pero que no le impide hacer cantar emocionado al coro y a los instrumentos, o hacer respirar el fraseo para alivianarlo, o extraer un color inusual a cuerdas, maderas, bronces y voces, en fin, que esa severidad en el detalle jamás conspira contra la delicadeza del enfoque. La figura de Rademann frente al conjunto parecía por momentos la de un operador de sonido frente a un enorme ecualizador; sus manos movían los numerosos controles, y voces e instrumentos se iban transformando. Pero no crea el lector que esta licencia en el ejemplo implica alguna mecanicidad en la ejecución o artificialidad en el sonido. Todo lo contrario.
Carlos Felipe Emanuel Bach, uno de los hijos de Juan Sebastián, decía que solo el músico emocionado estaba en condiciones de emocionar a los demás. Ferruccio Busoni (apoyándose en Diderot) afirmaba en cambio que los intérpretes musicales y los actores que pretendan conmover deben evitar la emoción para no perder el control. La cuestión estriba en el equilibrio: el intérprete debe estar emocionado y al mismo tiempo mantener el control. Y esto fue lo que de manera insuperable logró este conjunto y su director en la interpretación de la otra noche.
En lo personal me llevo tres momentos sublimes: el dúo de la soprano y el tenor acompañados por la flauta en el Domine Deus del Gloria; esos 10 minutos ininterrumpidos de coro en el Credo que son Et incarnatus est, Crucifixus y Et resurrexit, y el sobrecogedor Agnus Dei que hicieron la soprano y las cuerdas.
Lamentable fue que, durante las dos horas del concierto, un señor en la cuarta fila de la platea tuvo su celular sin sonido pero con la luz prendida, hecho molesto para quienes lo rodeaban y aun para quienes lo miraban desde arriba. Los funcionarios que están durante el concierto a ambos costados de la sala debieron llamarle la atención. Asimismo, el sistema de aire acondicionado emite un pitido permanente, quizás inaudible para quienes están en palcos y platea, pero insoportable para el público de galerías y paraíso. Habrá que corregirlo.