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“El cine brasileño es más importante ahora que el fútbol”
En el gran momento internacional para el cine brasileño, el productor de Aún estoy aquí, Rodrigo Teixeira, explica por qué este no es un nuevo movimiento, sino una deuda que el mundo finalmente salda
El productor brasileño Rodrigo Teixeira en la edición 2026 del José Ignacio International Film Festival.
Cuando el productor Rodrigo Teixeira ingresó a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, había unos 15 brasileños con derecho a voto. Hoy son cerca de 80. Teixeira fundó RT Features en 2006, con menos de 30 años y sin haber estudiado cine. Desde entonces acumuló más de 50 nominaciones internacionales, entre ellas, nueve al Oscar y seis al Globo de Oro. Opera con igual fluidez en Brasil, Europa y Estados Unidos y su filmografía cruza sin escala el cine de autor y el reconocimiento masivo. Llámame por tu nombre, La bruja, Frances Ha y Ad Astra: hacia las estrellas son algunos de sus títulos internacionales. Para el cine brasileño trabajó en un bombazo: Aún estoy aquí, el primer Oscar para Brasil como Mejor película internacional y el primero en la historia del país. En enero vino al José Ignacio International Film Festival (JIIFF) como jurado de JIIFF Lab, un laboratorio de coproducción del festival. Llegó con cuatro rodajes encima y con una novedad que tiene historia uruguaya: Sweet Vengeance, la película que marcará el regreso de Brian De Palma, cuyo rodaje en Uruguay se anunció en 2018 y del que nunca más se supo nada. Finalmente se filmará —sin uruguayos— en Portugal o Brasil.
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—Con Aún estoy aquí primero y El agente secreto después, el cine brasileño lleva una racha de reconocimiento sostenido. ¿Cómo se ve ese momento desde adentro? ¿Qué se dice afuera que no es del todo exacto?
—Hay una visión interna y una visión externa. La visión externa cree que esto es un nuevo movimiento. No lo es. Walter Salles y Kleber Mendonça no son jóvenes. Son autores que tienen una obra de muchos años. No son principiantes. Walter tiene una carrera muy importante desde Tierra extranjera (1995) hasta ahora. Estamos hablando de 30, 31 años de cine. Kleber Mendonça tiene 15 años de largometrajes con El sonido alrededor (2012), Aquarius (2016), Bacurau (2019), El agente secreto (2025). Cuatro películas, todas muy buenas. No hay una película mala de Kleber para mí. Ni de Walter. Walter ha hecho películas en Estados Unidos, en China, en Portugal, en Brasil, en Latinoamérica. Es un gran director de cine. Son grandes pensadores del cine, grandes directores, curiosos del cine. Entonces estos dos no son algo nuevo. Son algo concreto y real que ahora el mundo está atendiendo. Como a Wagner Moura también, como a Fernanda Torres, que ganó un premio en Cannes en 1986, hace 40 años. Nosotros en Brasil sabemos quién es Fernanda Torres. El mundo la está descubriendo ahora. No existe un “nuevo” Wagner Moura. Sabemos quién es. Hace 23 años que sabemos que es un gran actor, tal vez el mayor de su generación en Brasil.
—¿Por qué ahora? ¿Qué cambió para que estas historias crucen fronteras que antes no podían cruzar?
—El mundo está en un momento de polarización política tan grande que lo que estamos contando le interesa. Porque lo que pasó con nosotros en Brasil los americanos lo están viendo y lo están reconociendo. Están con miedo de que lo que vivimos acá se convierta en una realidad allá. No es una cuestión de reconocer a Walter y a Kleber. La cuestión es que las historias que estamos contando superaron fronteras que antes no conseguíamos cruzar. Y que ahora son interesantes para los americanos más que para los europeos. Los europeos ya nos conocen. Los americanos están viendo el cine brasileño de otra manera. Estamos penetrando el mercado americano. Yo trabajo en Estados Unidos desde hace 20 años haciendo películas “americanas”. Ahora hay otras personas entrando en ese mercado que antes no accedían. Ahora acceden. Ahora es diferente.
—¿Y qué sucede con el público en Brasil? ¿Hay más gente yendo al cine?
—No podemos decir que el interés del público en las salas aumentó. No es verdad. Las salas disminuyeron en el mundo, en Brasil también. Pero Walter fue un fenómeno de taquilla: 6 millones y medio de espectadores. Kleber va a llegar a 2 millones. Es mucho para películas dramáticas. Pero lo más importante es otra cosa. El brasileño hoy tiene orgullo del cine. ¿Es orgulloso de que el cine brasileño esté nominado al Oscar de Mejor película dos años seguidos? ¿Por qué no? Ahora es la hora de hablar del cine en Brasil. Ahora es la hora de levantar esa bandera. El cine brasileño es más importante ahora que el fútbol brasileño, porque el fútbol no nos está haciendo tan grandes. El cine es un motivo de orgullo. No tenemos un gran músico brasileño internacional ahora. Caetano Veloso es Caetano Veloso. Milton Nascimento es Milton Nascimento. Gilberto Gil es Gilberto Gil. Hace 40, 50 años. Pero el cine brasileño ahora está ocupando un lugar de destaque. Es el arte que está en lo más alto.
Embed - Aún Estoy Aquí l Tráiler Oficial
—¿Ese orgullo se traduce en políticas de Estado?
—No sé. Creo que ni ellos entienden aún. Porque, si lo entendieran, harían más inversiones. No entienden todavía el soft power que esto le da al país. Brasil es un país enorme, con muchos problemas. Tenemos que luchar por nuestra democracia en todo momento. Ahora es año electoral. Vivimos además un momento de mucha corrupción financiera. Tenemos un poder judicial luchando por la democracia y al mismo tiempo envuelto en un escándalo financiero muy grande. Es un momento complejo. Entonces es bueno que haya algo de autoestima pasando en paralelo, pero hay un problema institucional del país que necesita ser resuelto.
—Se define como autodidacta. ¿Qué significa eso en su caso?
—No estudié cine. Estoy estudiando cine. No es un camino tradicional. Y creo que el cine no tiene camino tradicional. No creo que aprendas cine estudiando en la facultad. Creo que aprendés cine haciendo cine, disfrutando del cine, siendo curioso. Tengo 50 años, trabajo hace 30 con esto y aprendo todos los años. Soy autodidacta en ese sentido, porque mi formación fue viendo películas. Cuando hice la primera, no sabía qué era el montaje, no sabía qué era un director de fotografía, no sabía qué era un productor. Fui aprendiendo, fui preguntando. Y de a poco fui entendiendo cómo se hacen las películas.
—¿Cómo decide qué producir? ¿Confía en el instinto o piensa en el público?
—Yo soy la audiencia. Soy muy buena audiencia. Soy el público para mis películas. Porque veo todo. Entonces, si a mí no me gusta, es porque no es bueno. No va a funcionar. El instinto es un repertorio. Si tenés repertorio, si ves películas, algo te llama la atención y decís: “Ya lo vi, pero no lo vi hace muchos años”. Entonces eso es interesante. Hace dos días estaba viendo Narciso negro, de (Michael) Powell y (Emeric) Pressburger, una película de 1946, el año en que nació mi mamá, que hoy tiene 80 años. Es moderna. Es una película que podríamos hacer hoy. Juntá todas las películas que están haciendo las plataformas de streamings y pensá en las escenas que no salen de tu cabeza. No existen. Ahora juntá las del cine y pensá qué escenas recordás. Recordás mucho, porque el cine es la sensación colectiva, la belleza de ver eso en una pantalla grande. Esa luz, ese impacto, te queda. Creo que hoy muchas películas siguen reglas. Y las artes no tienen reglas. El día que tenés que crear reglas para el arte, ya no es arte.
—La última vez que conversamos fue durante los Premios Platino, en abril de 2025, cuando cerraba el ciclo de promoción de Aún estoy aquí. ¿Qué tiene en marcha ahora?
—Filmé cuatro películas en ocho meses. La nueva de James Gray, la nueva de Benjamín Naishtat, la nueva de Dominga Sotomayor y una película libanesa. Y estoy ahora con dos películas brasileñas en festivales: una en el Festival de Róterdam, Bowels of Hell, de terror, dirigida por Gurcius Gewdner y Gustavo Vinagre. Y una en Panorama en Berlín, Isabel, de Gabe Klinger. Para 2026 tengo que rodar seis u ocho películas en total, dos de directores brasileños.
—Entre esos proyectos está la nueva película de Brian De Palma, que en un momento se anunció que se filmaría en Uruguay y luego cambió de destino. ¿Qué significa para usted llegar a producirla ahora?
—Es el momento justo para hacerla. Estoy más maduro como productor y tengo mejores condiciones para buscar algo para Brian y podamos hacer mejor cine que lo que era posible en 2017 o 2018. En este caso pensé más en una locación que me facilitara la logística, porque soy yo quien está levantando la financiación. Por eso Uruguay dejó de ser una opción y el proyecto mutó. Primero pensamos en Portugal y, si no, en Brasil. Lo voy a decidir ahora porque vamos a rodar en mayo. Brian está muy bien, contento. Es un hombre de 85 años que no tenía la perspectiva de hacer otra película y de repente recibe una llamada y le dicen que van a rodar la suya. Le debo mucho. No hizo nada por mí directamente, solo me hizo amar el cine, y siento que le estoy devolviendo algo de eso. No sé si va a ser lo mejor de su carrera, pero voy a hacer todo para que lo sea. Con los años los gustos cambian, ya no son los mismos que a los 20, y uno empieza a entender que todo se mueve hacia otro lugar. Que es, también, el inicio del fin. Creo que tal vez ya viví la mitad de mi vida, o más. Mientras hago la película de Brian, estoy produciendo la de un director de 28 años. Tengo los dos mundos. Me comunico con los jóvenes y con los grandes. Para mí ese es el modo de hacer cine. Lucho por la relevancia de lo que produzco y también tengo que ser un poco embajador, viajo por todo el mundo representando a Brasil e intento llevar algo de Brasil a cada película que hago.