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    Como una pieza de Liszt

    Nueva novela de Haruki Murakami

     En esta historia hay estaciones y trenes, seres solitarios con un pasado que duele, un enigma con cuerpo de mujer, un mundo onírico paralelo al de la vigilia y mucha nostalgia. Pero sobre todo “hay personas con un halo intenso y otras con un halo difuso”. Con Los años de peregrinación del chico sin color, regresa el Haruki Murakami más contemplativo, el más equilibrado en su pasaje del mundo real al fantástico, el que condensa sin estridencias emociones y enigmas. El Murakami de “Tokio blues”, el de “Al sur de la frontera, al oeste del sol”, el de “After Dark”.

    Su protagonista es Tsukuru Tazaki, un hombre de “halo difuso”, un hombre sin aura. Su apellido significa “el que crea”, pero él hubiera preferido tener un nombre cromático, como el de sus cuatro mejores amigos de la infancia y adolescencia en Nagoya, su ciudad natal. Los muchachos se llamaban Aka (rojo) y Ao (azul), y las chicas Shiro (blanco) y Kuro (negro). A sus 36 años, Tsukuru aún extraña aquel grupo de compañeros inseparables que, misteriosamente, un día decidieron abandonarlo por algo que él supuestamente hizo, pero que nunca le explicaron.

    Con el trauma de la pérdida, Tsukuru se aisló en Tokio, y en su primer año de universidad “vivió pensando en morir” y coqueteó con la idea del suicidio. “Al sentir aquel dolor lacerante, se separaba de su propio cuerpo. Entonces, desde un lugar un poco apartado, libre del suplicio, observaba cómo Tsukuru Tazaki aguantaba el dolor (...) Dieciséis años después, todavía, de vez en cuando, experimentaba de repente esa sensación: se separaba de sí mismo”. 

    Pero eso había sucedido muchos años atrás. En el presente del relato, Tsukuru es un introvertido ingeniero que construye estaciones de ferrocarril, esas que siempre le habían fascinado. Cuando había llegado a Tokio “pasaba horas contemplando el ir y venir de los trenes” y se olvidaba de la muerte. Entre esos vaivenes llegó una mujer y con ella la necesidad de curar heridas, por eso inicia un viaje para entender lo que había ocurrido en su pasado. 

    Este es el argumento lineal y superficial de la novela, pero el mundo Murakami tiene otras honduras, como ocurre con las piezas de Liszt, compositor que “suena” en esta novela y sirve de inspiración para su título. “Por lo general, se considera que las obras para piano de Liszt son técnicas, superficiales. Por supuesto, hay algunas que son así, pero en conjunto, es evidente que encierran una profundidad muy particular (...) Es lo que ocurre con los ‘Años de peregrinación’”, explica Haida, un joven que entabla amistad con el protagonista en una pileta de natación.

    Con Haida comienza el primer escalón hacia las “profundidades” de la historia. Este joven apacible, al que le gusta cocinar y escuchar tanto a Liszt como a viejos músicos de jazz, tiene un poder reflexivo que sacude a Tsukuru: “A fin de cuentas, pensar libremente significa también distanciarse del cuerpo. Salir de esa jaula que te limita (...) Proporcionarles a las ideas una vida natural: ahí es donde radica el núcleo de la libertad de pensamiento”. Como lo había experimentado cuando sus amigos lo abandonaron, Tsukuru se distancia nuevamente de su cuerpo, pero ahora lo hace a través de sus sueños, que son de un erotismo explícito y tangible. Ese mundo onírico revuelve el enigma de su pasado y decide emprender un viaje, que es físico y espiritual, para descifrarlo. 

    En esa travesía aparece el Japón del 2013, que incluye Facebook y Google Maps, y allí está el Murakami cronista que, por ejemplo, se detiene en el trabajo de uno de sus viejos amigos, quien capacita a trabajadores para distintas empresas: “La mayoría de la gente no es reacia a acatar órdenes. (...) Se limitan a refunfuñar, es un simple hábito. Cuando tienen que pensar por sí mismos o asumir responsabilidades y tomar decisiones, se sienten desbordados. Entonces se me ocurrió que podría hacer de ello un negocio. (…) A veces también me han sido muy útiles los manuales de adiestramiento de reclutas de los marines y de las SS nazis”.

    El otro mundo es el de las estaciones, como la de Shinjuku, una de las más transitadas del mundo. Por allí pasan a diario tres millones y medio de personas que dejan rastros de su existencia en los trenes: “pelucas, una pierna ortopédica, el manuscrito de una novela (...) una camisa manchada de sangre bien empaquetada y metida en una caja, una víbora viva, un fajo de unas cuarenta fotografías en color de sexos femeninos”. En este momento de la novela, Murakami introduce un pequeño relato protagonizado por un frasco con dos dedos en formol, que podría ser el comienzo de otra historia titulada “Cosas encontradas en los trenes”. 

    Los años de peregrinación del chico sin color tiene una cadencia oriental suave y poética, que se condimenta naturalmente con el mundo occidental, y de esa mixtura participan sus personajes. Así, ellos pueden estar escuchando “Round Midnigth”, de Thelonious Monk, mientras uno explica su capacidad para percibir “el halo” de color que rodea el cuerpo de las personas y antes de formular una pregunta inquietante: “¿Te importaría morir en mi lugar?”.

    A los 64 años, Murakami mantiene una producción literaria vertiginosa y desde hace tiempo es uno de los escritores favoritos para recibir el Premio Nobel de Literatura. Sus libros nunca dejan indiferente, aunque algunos han sido desmesurados y algo agobiantes, como ocurrió con los dos enormes tomos de “1Q84” (2011). En Los años de peregrinación del chico sin color está el mejor Murakami, y una imagen de esta sutil historia bien podría simbolizar el vigor de toda su obra: “La verdad es como una ciudad semienterrada en la arena. Con el paso del tiempo, unas veces la arena va acumulándose hasta ocultarla; otras, el viento la limpia hasta que emerge por completo”.

    “Los años de peregrinación del chico sin color”, de Haruki Murakami. Tusquets, 2013, 314 páginas, $ 490.