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    miércoles 17 de julio de 2024

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    Competencia desleal

    Hace tiempo solía ir a una pequeña rotisería de sushi de mi barrio. En aquel momento la posibilidad de comer sushi no era resultado de la globalización gástrica que vive el mundo. Simplemente quedaba a media cuadra de casa. Es verdad que también admiraba ver cómo la bella cocinera, que parecía asiática, hacía con sus manos aquellos rollitos. Y porque me gustaba Asia. Sí: Japón, Corea, China.

    Pero de pronto estalló la tecnología. En diez años, lo que parecía remoto se transformó en cotidiano. Para el que nació en la Era Informática, el proceso irreversible de la digitalización es tan natural como que exista el papel higiénico.

    Sin embargo, la Humanidad tardó mucho en limpiarse con él, aunque al parecer los chinos lo inventaron hace siglos. Mi abuela recordaba que en Europa, en los 30 y 40, la gente usaba papel de diario que se apilaba junto al inodoro, no exactamente para su lectura. Hoy, no concebimos la vida sin ese papel suavecito.

    Y en este Nuevo Mundo en que nos hallamos, más insólito que para los españoles el descubrimiento de América, la vida va por la informática, por las aplicaciones, por el celular.

    Volviendo al sushi, ya no es posible sentarse en una mesita a comer rollos en mi barrio. Ahora que es una comida global, ahora que las bocas universales devoran sushi aunque apenas logren pinchar con los palitos, se pide por celular. Entonces si vas a un restaurante hay que esperar aburrido en la mesa a que salga la multitud de pedidos que ya le han hecho a la bella cocinera por una aplicación.

    ¿Se perderá el placer de sentarse en una mesita a comer algo rico? ¿A que un mozo amable te traiga la comida con una sonrisa sin que tu estómago clame de hambre? Creo que sí. Los que piden por celular son los verdaderos comensales del festín. Ellos son una turba, y los que nos sentamos en las mesas del restaurant no llegamos a una veintena.

    En los ómnibus, la gente antes miraba por la ventanilla y meditaba. Si veía un carrito, pensaba que en Uruguay se debía dar trabajo a los recolectores. Si veía un basural, se sublevaba ante la mugre montevideana. Si pasaba por la rambla, se emocionaba ante la belleza de una puesta de sol. Si se cruzaba con una manifestación, asomaba la cabeza para ver qué se reclamaba.

    Ahora el celular es la tercera mano, la quinta extremidad. La mayoría aplastante de los uruguayos mira con apremio el celular. Las jóvenes muestran una habilidad gimnástica en sus dedos para usar la pantalla. Los otros mueven su índice con lentitud.

    Se han dejado de usar los relojes. La gente mira la hora en el celular. Ya nadie imprime una foto ni tiene álbumes o un marco con el rostro ampliado de un ser querido.

    Para eso está el celular.

    ¿Y quién escribe una carta de amor? Oh, más vale un emoticón.

    ¿Por qué estudiar para un examen? ¡Si todo está en el celular! Hay muchísimas formas de camuflar un celular en un examen y copiar.

    Los profesores cada día somos más obsoletos.

    Nadie puede competir con el celular.

    Ni con el papel higiénico.

    Información Nacional
    2017-02-23T00:00:00