N° 1840 - 05 al 11 de Noviembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDías atrás, gracias al telescopio espacial Kepler, los astrónomos detectaron inexplicables objetos alrededor de la estrella KIC 8462852, ubicada a 1.500 años luz de distancia. Les llamó la atención la disminución lumínica de la estrella, repetidas veces y hasta de un 20%. Una de las explicaciones fue la posible presencia de gigantescas estructuras alienígenas que estarían orbitando alrededor de la estrella con el fin de obtener parte de su energía. Esto es ciencia pura, que por lo general toma la vida extraterrestre como la última de las hipótesis. El hecho es que hay objetos orbitando alrededor de KIC y que su luz disminuye considerablemente por esa razón.
Ahora bien: la distancia de 1.500 años luz (la luz viaja a 300.000 km por segundo) es una medida un tanto alejada de nuestra miserable condición de cucarachas planetarias y posiblemente de todas las cucarachas planetarias, pero el telescopio “viajó hasta allí” y obtuvo esos datos. Lo mismo podría ocurrir con la supuesta civilización extraterrestre que se encuentra al otro lado del pequeño trayecto de 1.500 años luz: con un aparato supersofisticado, más que nuestro Kepler, podrían detectarnos.
Carl Sagan fue uno de los grandes divulgadores de la ciencia con su programa televisivo Cosmos. Uno de esos programas se lo dedicó a la posibilidad de un encuentro extraterrestre. Debido a las distancias, Sagan dijo que lo más probable para que ocurriese un encuentro de semejantes características sería a través de ondas sonoras o algún tipo de comunicación a distancia. Es decir, un encuentro virtual, nunca cara a cara, como hasta ahora les ha gustado a las mentes más imaginativas.
Especulemos un poco. En caso de establecer en algún momento contacto, ¿cómo se lo comunicaría la NASA a la gente? Habría un manto de prudente silencio primero y luego, con mucho tacto, explicarían que se recibieron ondas inteligentes que ahora hay que descifrar. Y a partir de allí tendríamos la única posibilidad como raza humana de ser un poco más buenos —por miedo, por comparación, por cálculo de proporciones, por melancolía medible en años luz.
Mientras, imaginemos esas estructuras gigantes, tal vez como el cilindro que imaginó Arthur C. Clarke en su novela Cita con Rama o como el monolito de 2001: odisea del espacio. En todo caso, a partir del contacto habría que retroceder al año cero de nuestra civilización, un imprescindible formateo del calendario gregoriano en un calendario intergaláctico.
Y sigamos imaginando las películas que se harían, y las religiones que se formarían, y las histerias que se dispararían y todo lo que vendría con semejante descubrimiento. Imaginemos e imaginemos, porque hay que tener una suerte planetaria para ser contemporáneos de semejante encuentro. Por el momento, siguen su curso la soledad y las matanzas.