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    Contrabando en épocas de la Colonia

    El tráfico por la frontera fue siempre simple, pero abundante. Hacia el otro lado marchaban riquezas como ganado, cuero y plata, mientras que desde el Brasil ingresaron distintas mercancías, pero siempre hubo una en especial y preferida: el tabaco.

    En menor escala ingresaron esclavos, telas, y cantidad de productos más, y el sistema de intercambio fue diverso, pero dominó el trueque, antiguo y natural.

    Los animales en pie también siguieron siendo bienvenidos en Brasil. La anexión legal de los territorios sureños en 1777, mucho más aptos que el resto para la ganadería, no alcanzó para calmar ni medio la sed. Aunque hubieran sido suficientes, había que poblar las nuevas estancias. Aquello era un barril sin fondo. Cada traslado comprendía de 6.000 a 10.000 cabezas y se daban con bastante frecuencia.

    Los cueros, faenados y cruzados hacia el otro frente, también fueron muchísimos. Dicen que salían tantos de contrabando por la Laguna Merín como legales por el puerto.

    Toda esta actividad se realizaba a campo abierto, a través de montes, sierras, praderas naturales, abras y picadas. Entre las acacias, al abrigo, o al azote de talas, molles, arrayanes, coronillas y totoras. Bajo la amenaza de cruceras, zorros, perros cimarrones, tábanos, mosquitos. Entre el humo de algún fogón en la noche y el olor a asado. En una inmensidad de campo, en aquella época de enormes estancias, algún pueblo penando entre mil privaciones, y alguna pulpería con su reja de hierro por encima del mostrador, hasta empotrarse con los tirantes del techo.

    Tras el ganado, hombres de melenas al viento, vinchas rústicas, chiripás generosos y elegantes fletes. Hombres que no conocían más código que el de la libertad más cruda.

    El negocio de los cueros comenzaba con la instalación de las “tropas”, que así se llamaba entonces a los establecimientos de matanza y secado. Se podían definir como estancias o como estancias fantasma, ya que aparecían y desaparecían con la rapidez de un rayo cuando eran descubiertas. Allí se hacía lo mismo que en una estancia legal, se enlazaba , se mataba, se cuereaba. Para esto, igual que en las estancias legales, se usaba muchísimo el caballo.

    Una vez hecha la faena y secados los cueros, lo que demandaba entre 20 y30 días como mínimo, había que movilizar la producción. Se hacía necesario ponerla en manos de quienes, al otro lado o a este, pagaban el esfuerzo con tabaco o con plata.

    Los kileros

    Aquí los caballos eran los verdaderamente protagonistas de los viajes que se realizaban de noche y de ser posible en “luna grande”. Caballos pangaré, por lo que dicen de su resistencia a las largas travesías, alazanes o tostados por mejores, o tordillos por nadadores, o zainos por fuertes, sobrios y corajudos. Jamás un overo por falto de vigor, ni un lobuno por maula para el camino, y menos un picaso, por arisco y desconfiado.

    Era importante el número de caballos para el transporte. Donde la distancia fuera muy grande, había que hacer los “refrescos”. Cuentan que 25 caballos y 7 mulas conducían un número de contrabandistas que en el año 1785 transportaban 45 rollos de tabaco por el Miguelete. Los animales hacían un esfuerzo tremendo. Según el testimonio de un cabo llamado Ramón Berrueco, cuenta que encontró unos caballos en la costa del arroyo Pando, y pudo determinar de inmediato cuál había sido su último “empleo”: por sus mataduras reconoció que eran destinados a introducir contrabando.

    Los hombres del contrabando

    El comercio ilegal fue tarea de muchísima gente y pueden establecerse diferencias y categorías. Por mar, por tierra, en las cuchillas, en la laguna… estos hombres fueron los que se achicharraron las manos, llevando y trayendo, vendiendo o carneando.

    En la época se los llamaba gauderios, vagabundos, mal entretenidos, mal inclinados, malhechores, y de muchas otras maneras. Pero todos cabían perfectamente en la denominación genérica de gauchos, que en el siglo XVIII equivalía a decir cuatrero y contrabandista.

    Constituían un contingente humano marginal y marginado, donde no existían barreras ni limitaciones de ninguna especie. Libres e independientes de toda clase de potestad, acomodados a vivir sin casa ni arraigo, a mudarse de albergue cada día y surtidos de unos caballos bien ligeros. Entre ellos había, como se dice, de cada pueblo un paisano, desertores del ejército, delincuentes, prófugos de la Justicia, indígenas, hombres sin tierra, fueran españoles, portugueses, de Montevideo, Buenos Aires, Santa Fe o Paraguay, o de cualquier otro sitio.

    Nadie conocía mejor el mundo del contrabando que quienes estaban dentro. Sabían las rutas, los métodos, los engaños, las jerarquías, y hasta las mañas de los protagonistas.

    Por lo tanto, nada podía ser más eficaz para destruirlos que la cooperación de ellos mismos. Así, muchos de los delincuentes cruzaron o simularon cruzar el murallón que separaba el terreno de los sin ley. El método tuvo muchos partidarios y se amplificó durante todo este período para terminar con la creación del cuerpo veterano de caballería de Blandengues en 1797.

    Este andar con Dios y con el Diablo fue muy de uso entre los baquianos. A ellos los necesitaban por igual las partidas de dentro y las de fuera de la ley. Por lo tanto, muchas veces guiaban y otras confundían.

    El contrabando extistió en la época de la Colonia, se crió en las épocas de contrabando fronterizo y sobrevivió a todas las épocas, manteniéndose hasta hoy y tomando todo tipo de formas.