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    Contundencia vareliana

    Entre octubre de 1867 y junio de 1868, José Pedro Varela viajó por Europa y Estados Unidos, regresando a Montevideo en el mismo barco que Sarmiento, quien, habiendo sido elegido presidente de Argentina, iba camino a ocupar el sillón de Rivadavia.

    Varela resumió sus vivencias y reflexiones en una serie de artículos publicados por “El Siglo”. Resulta evidente, al leerlas, que lo que vio en Norteamérica revolucionó su mundo mental. Antes de cumplirse un mes de su regreso, Varela fundó, con Carlos María Ramírez, Elbio Fernández y otros, la Sociedad de Amigos de la Educación Popular. Cuatro meses más tarde, como bien señala Tomás de Mattos, fue el primer uruguayo que propulsó la igualdad de derechos cívicos entre hombres y mujeres, 73 años antes de que dicha igualdad se hiciese realidad.

    Mucho de lo que leemos en las cartas varelianas sobre Estados Unidos son un reflejo de lo que hemos leído en las sarmientenses. Allí está la admiración por el movimiento constante de un pueblo que busca progresar; por la capacidad empresarial; por la pulcritud de sus gentes; por las dimensiones de sus ciudades y de su red de transporte. Allí está, también, la admiración por la democracia estadounidense, esa Venus de Milo que en América hispana sólo era un tosco bloque de mármol en espera de ser esculpido.

    Pensando en esta crucial diferencia entre Norte y Sur, Varela escribió: “Es en vano que nos pongamos el traje de la democracia: la ropa no nos sienta bien; parece, según la expresión vulgar, que la lleváramos colgada”. Sin embargo, a diferencia de Sarmiento, que apenas rozó el problema, Varela intentó ir más lejos en la búsqueda de las causas de todas esas notables diferencias entre las dos Américas. De acuerdo, se dijo a sí mismo, la libertad, la educación y el espíritu de igualdad son tres elementos fundamentales para explicar el progreso estadounidense. ¿Pero cuál es el motivo de esa libertad, de esa educación y de ese espíritu igualitario? Su respuesta fue contundente como un hachazo: “la idea religiosa que los guía”.

    El secreto estaba pues en la religión. Paso seguido, Varela desarrolló su tesis, recordando que dos siglos antes de que el caudillaje asomara “su terrible cabeza” en América hispana, “el clero católico, con su comunismo estúpido, con sus tiránicas ideas, con su abyección, había sido la fatal simiente que debía producir más tarde tan amargos frutos”.

    “Colonizadas en la misma época por razas que estaban a la misma altura de civilización, pero que tenían creencias distintas, van a pasar la una a un progreso y a una libertad sin ejemplo; la otra a una miseria y a una desgracia (sólo comparable a la de España)”. La conclusión de Varela fue nítida: mientras el protestantismo impulsaba el progreso a través de su mentalidad abierta al conocimiento y al cambio (no en vano el protestantismo era hijo de la Reforma), el catolicismo “clavó la lápida de un sepulcro sobre los pueblos que dominaba y condenó a morir ahogándose lentamente a toda una raza”.

    No era necesario ser muy avispado para comprender estas diferencias. Bastaba con llegar en barco a Montevideo y ver la lancha de dos remos y la carreta tirada por bueyes que transportaban a los pasajeros a tierra firme para comprender el bajísimo nivel de desarrollo nacional.

    Veamos otra acertadísima reflexión de Varela: si en los trenes norteamericanos había cuarenta personas en un vagón, treinta y nueve de ellas leían diarios o libros. Reinaba allí un profundo silencio y quien hablaba lo hacía en voz baja, para no molestar a los demás. Pero quien atravesaba España de una punta a la otra en tren (y Varela lo había hecho) no encontraría un solo lector: “El español no lee el libro porque vive ajeno al movimiento intelectual de su época; no lee el diario porque es extraño al desarrollo político de su país. Cuando se entra en un vagón de ferrocarril español se encuentra a los pasajeros durmiendo, conversando o comiendo, jamás dedicados a la lectura”.

    Esos contrastes se reflejaban en los edificios emblemáticos de ambas naciones: en España, los edificios emblemáticos eran la iglesia y el convento; en Estados Unidos, las escuelas. Para poder convertir al pueblo en “un bastón en manos de un viejo”, como había dictaminado Loyola, el fundador de la orden jesuita, no había nada más útil que el campanario y el claustro. Pero para convertir al pueblo en un conjunto de ciudadanos, recordó Varela, eran necesarios los bancos de la escuela.

    La conclusión del reformador de la educación uruguaya fue que el futuro de España se había quemado en las hogueras de la Inquisición. Y agregó, poético: “El catolicismo ha amarrado España a la roca del martirio y la hace devorar por el buitre de las preocupaciones”.

    Mientras tanto, la libertad había atravesado el Atlántico con los puritanos ingleses: “La bola de nieve que el espíritu de libertad de los puritanos había echado a rodar, crece y crece de un modo prodigioso”, sentenció.

    El resultado de esto en Estados Unidos, según el censo de 1860, era casi cinco millones de alumnos escolares y más de 105.000 maestros. Allí estaban concentradas para José Pedro Varela las razones del progreso estadounidense y las del atraso de América hispana.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor