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Las discusiones sobre la verdadera identidad del hombre arrestado en 1927 por el robo de un florero en un cementerio italiano y encerrado en un manicomio debido a su supuesta amnesia (desde hace tiempo estoy convencido que este caso sirvió de inspiración para la película argentina Hombre mirando al sudeste) tenían en vilo a todo el país, incluidos el gobierno y Mussolini en persona.
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¿Se trataba del distinguido profesor Giulio Canella, desaparecido en batalla durante la I Guerra Mundial, o era Mario Bruneri, un delincuente de poca monta sin domicilio fijo? La esposa y los hermanos del primero sostenían que se trataba del profesor desaparecido; la familia del segundo insistía en que era el ex tipógrafo caído en desgracia. La prensa buscaba mantenerse a tono con la postura de las autoridades y la opinión pública estaba tan dividida como los familiares y allegados a Canella y Bruneri.
Por su parte, el personaje en el centro de la escena repetía una y otra vez su letanía: “Soy el profesor Giulio Canella”.
Una sentencia enviaba al llamado 44170 (ese era el número de identificación del desmemoriado en el manicomio de Torino) a la casa de su supuesta esposa en Verona y una nueva sentencia lo remitía a la cárcel.
A cuatro años de comenzado el caso, en la Navidad de 1931, el Tribunal de Casación reafirmó la sentencia del Tribunal de Apelaciones de Florencia, basado sobre una sentencia del Tribunal de Apelaciones de Torino, el cual a su vez… Ya no había más nada que discutir sobre la identidad del misterioso desmemoriado: 44170 “había sido, era y por siempre sería Mario Bruneri”, delincuente con penas carcelarias pendientes. (Nuevos intentos de revocar el fallo en 1946 y en 1964 no tuvieron éxito).
Aunque la Iglesia y el Ejército, dos instituciones en donde el desaparecido profesor Canella se había destacado, no reconocieron oficialmente al desmemoriado del manicomio como el notorio filósofo-capitán, varios sacerdotes y oficiales siguieron defendiéndolo como el profesor Canella. Hubo, incluso, hasta una propuesta de beatificación por parte del cura Germano Alberti.
En 1931, el experto en neuropsiquiatría Alfredo Coppola publicó un libro sobre este caso. Apoyándose en avanzados métodos psicológicos, Coppola sostenía que Bruneri era un vulgar simulador. Su juicio fue decisivo para reintegrar a 44170 al manicomio. De yapa, Coppola se hizo famoso y fue nombrado director del Departamento de Neurociencia en la Universidad de Palermo.
Sin embargo, la división de opiniones era tan general que entre los jueces del Tribunal de Casación, siete sostenían que 44170 era Bruneri y siete que era Canella. Frente a ese empate, la decisión se tomó con el voto del presidente del Tribunal, luego de que el ministro de Justicia le dijera textualmente: “No le concedo una hora más, terminemos inmediatamente con este circo”.
Mientras los abogados de ambos bandos presentaban escritos y apelaban decisiones (hubo cinco procesos en total), el desmemoriado, cada día más empapado en su rol de profesor Canella, seguía viviendo con su supuesta esposa en Verona y aumentando la familia sin pérdida de tiempo: en menos de tres años (de noviembre de 1928 a setiembre de 1931), la pareja tuvo tres hijos. Se trataba, según la ley, de hijos ilegítimos, pues el padre, legalmente, no estaba casado con la madre.
Emitido el veredicto de Casación en los últimos días de 1931, el supuesto Canella fue encarcelado para cumplir con las condenas que arrastraba como Bruneri.
Acosada por la prensa y los rumores sociales de ser una mujer de dudosa moral, Giulia Canella continuó infructuosamente los intentos para que el famoso desmemoriado fuera declarado su marido legal. Quizás estuviese convencida de que el hombre con el cual había convivido y tenido tres hijos era el mismo con el cual se había casado y tenido sus dos primeros vástagos. Quizás ya no lo creyese pero se sintiese obligada a continuar “la comedia” para no quedar como una mujer sin principios ni moral. Quizás, ya en la primera noche que compartió lecho con el ladrón de floreros comprendió que se había equivocado pero no tuvo fuerzas (o tal vez tuvo mucha vergüenza) para reconocerlo. Quizás entendió la trampa pero le gustó el tramposo. ¿Cómo saber la verdad?
El 19 de octubre de 1933, una vez que el acusado de ser Mario Bruneri cumplió las condenas correspondientes a Mario Bruneri, la familia, en forma poco clara (así opina Leonardo Sciascia en su novela El teatro de la memoria), viajó a Río de Janeiro a bordo del legendario navío Conte Biancamano, el mismo en el cual viajaron mitos vivos y muertos, tales como Carlos Gardel, García Lorca y el cadáver momificado de Evita Perón bajo el nombre de María Maggi.
De esta madeja abandonada en el sótano de la historia encontramos una punta que nos lleva al siglo XVI en los Pirineos franceses y otra que nos lleva al Montevideo presente, y más específicamente a una chacra del Cerro.