El tema de la conflictividad está en la agenda de todos los hogares uruguayos, y el de Fortunato no es la excepción.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDurante la cena se conversó de los paros, las marchas, las huelgas, las ocupaciones, las manifestaciones, en cuanto ámbito se nos pueda ocurrir. La educación, la salud, la construcción, los funcionarios públicos de la institución que se le pase por la mente, la Aduana, Meteorología, la DGI, la Intendencia de Canelones, los docentes, los maestros, y, lo que fue especialmente comentado por la familia mientras cenaban, la original ocupación del manicomio, desde hace una semana, por parte de los funcionarios de Salud Pública.
—“Ahora cuando terminemos de cenar me voy a ver el informativo, porque en la oficina me dijeron que esta noche lo desalojaban” —dijo Fortunato, quien al ratito se sentó expectante frente a la tele.
Las imágenes del noticiero efectivamente mostraban el frente del Hospital Vilardebó, con su añosa verja de hierro tapada de carteles reivindicativos de los aumentos que solicitan los funcionarios en huelga, con su enorme portón cerrado a cal y canto. En el patio entre la verja y el edificio, cientos de personas circulaban de un lado a otro, entre ollas presumiblemente populares, de las que unas voluntarias extraían un reconfortante guiso que seguramente atenuaba los rigores del frío invernal. El rubio con mechitas que le saca chispas mediáticas a la gorda Fajián hacía sus consabidas declaraciones de lucha y compromiso, “de acá no nos movemos hasta que no se dé satisfacción a nuestros justos y solidarios reclamos”, y todo el verso que ya sabemos de memoria.
—“¿De veras los irán a desalojar?” —barruntó Fortunato para sus adentros, ya medio cansado de la cantilena sindical formato “cassette-play-rec”.
En eso el notero que estaba en el lugar de los hechos advierte a estudios centrales que algo estaba pasando, y anuncia que las cámaras lo tomarían de inmediato.
—“¡Compañeros, aquí un grupo de personas que viene de adentro del hospital comienza a forcejear con los funcionarios ocupantes, les volcaron la olla, los empujan, los golpean, los insultan, vean, vean!” —decía el periodista, mientras efectivamente las cámaras mostraban un entrevero de novela, en el que no se entendía quiénes eran los buenos, y quiénes los malos, ni por qué se habían trenzado en esa batahola gigantesca —“¡escuchen, escuchen!” —exhortaba el muchacho, acercando su micrófono a la verja perimetral.
No era preciso amplificar, porque los gritos estentóreos provenían de los internados en el hospital siquiátrico, furiosos por la invasión de la que habían sido objeto desde hacía una semana.
—“¡Salgan de aquí, intrusos, esto es un hospital, no un campamento, dejen nuestras camas que son para dormir nosotros, no ustedes, y no engañen con este guiso podrido que muestran acá afuera, después que se morfaron todo el puchero que nos habían hecho los cocineros!” —bramaban los locos, justificadamente molestos.
Lo que siguió fue patético: forcejearon tanto que rompieron la cadena que cerraba el portón, y se escaparon en tropel por Millán con dirección desconocida.
Fortunato no sabía si lo que veía era cierto, o si ya se había dormido y estaba soñando.
Llegó la policía y puso un poco de orden, pero los patrulleros recorrían la zona en procura de dar con el malón de locos que se habían fugado en medio de la noche.
Pasó más de una hora y la pandilla escapada reapareció en escena: traían en medio de la masa humana a un ser tapado con una frazada desde su cabeza, por lo que era imposible identificarlo. Cuando la policía los rodeó, ellos gritaron “¡no nos toquen, que secuestramos a la ministra de Salud Pública! ¡Si nos tocan, la matamos!” —gritaban, mientras pasaban lentamente al interior del hospital, rodeados por policías y funcionarios, que no se animaban a intervenir.
En eso llega otro malón de los escapados, otra vez con un personaje tapado con otra frazada, más grande que el anterior. Mismo caso: “¡No nos toquen, que traemos al ex ministro Venegas secuestrado!, ¿quién fue el pelotudo que dijo que había que ir a buscarlo al Parque Central porque ahora juega en Nacional? ¡Ése es otro que se llama igual y es paraguayo! ¡Hay que informarse mejor, compañeros!” —gritaba uno de los locos, mientras introducían al segundo personaje al edificio del hospital.
—“Son locos, tenemos que negociar partiendo de esa base” dijo el ministro Bonomi a sus colaboradores, el grupo GEO que lo acompañaba para seguir de cerca el tema. Las cámaras registraban la tensa situación, mientras un hondo silencio rodeaba la escena.
—“¡Muchachos, a ver, muchachos!” —dijo Bonomi dirigiéndose a los enfermos mentales secuestradores —“vamos a dialogar, a negociar, si nosotros les traemos a Napoleón, que está saliendo para acá de la isla de Elba, ustedes lo toman a él de rehén y nos sueltan a los secuestrados, ¿qué les parece?” —dijo Bonomi, procurando usar los medios tradicionales para tratar a los locos.
Silencio del otro lado. Al rato, una voz desde adentro rompe el silencio y dice “no, a Napoleón no lo traigan, porque ya estuvo acá y se escapó como tres veces, además es un mugriento y no se baña nunca, pero queremos negociar, sí, cómo no…¡Traigan a Tabaré Vázquez, y hablamos con él!” —dijeron los locos.
No le fue fácil a Bonomi convencer a Tabaré para que viniera a negociar con los enfermos siquiátricos, pero la vida de una ministra y un ex ministro valían la pena. Al rato cayó el Dr. Vázquez en un patrullero que lo fue a buscar a la casa.
—“¡Equizofréenicos y equizofréenicas, compañeros locos, compañeras locas, bipolares y bipolaras, amigos toodos!” —arrancó el presidenciable Dr. Vázquez, a quien los locos le pidieron que les asegurara no solamente que los funcionarios de Salud Pública se irían del Vilardebó, sino que tenían que darles milanesa con fritas tres veces a la semana, y que en enero tenían que llevarlos a Punta del Diablo quince días a pasar unas merecidas vacaciones.
—“¡Así será, neuróticos y neuróticas, traumados y traumadas, compañeros y amigos y compañeras y amigas, todos y todas!” —dijo el ex presidente —“pero ahora liberen a la doctora Muñiz y al doctor Venegas, que no tienen culpa ninguna de lo que está pasando” —enfatizó.
Después que se retiraron los funcionarios ocupantes, y que del boliche de la esquina trajeron las primeras 200 milanesas con fritas, los locos sacaron para afuera a dos de los internos con la frazada al cuello, y los mostraron diciendo que nunca habían tenido a nadie secuestrado, pero que sabían que la situación de ellos, si no era Tabaré, no la arreglaba nadie.
—“¡Somos locos, pero no boludos!” —dijo el líder del grupo, mientras se comía una mila en dos panes.
—“¡Vení, vieja, te lo dije! ¡Tabaré va a arreglar todo!” —gritó Fortunato.
Pero su mujer ya dormía, y esta vez no pudo decirle que otra vez estaba soñando.