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    Cosas de blancos

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2172 - 5 al 11 de Mayo de 2022

    “Son cosas de blancos”, dijo. “Cosas de blancos”, repitió con convencimiento. Faltaban unos pocos meses para que terminara el siglo XX y así empezaba a hacerse más conocido. Jorge Larrañaga sabía que dentro de esa frase se podía justificar casi todo, de lo bueno y de lo malo. Pero no quería que se supiera públicamente a qué episodio concreto se refería. “No mientras esté vivo”, me pidió. “Después sí, para que quede en el anecdotario de por qué somos lo que somos”, dejó como instrucción.

    Lo que había ocurrido en ese mayo de 1999 y que ahora, ante el fallecimiento hace casi un año del líder sanducero y la situación interna del Partido Nacional, vale la pena traer a la memoria fue una discusión muy virulenta entre él y el entonces precandidato presidencial nacionalista perdedor Juan Andrés Ramírez. Larrañaga había sido compañero de fórmula de Ramírez en las internas y, ante la derrota electoral frente a Luis Lacalle Herrera, ambos mantuvieron una reunión secreta junto con otros allegados para discutir sobre cómo encarar la campaña hacia las elecciones nacionales.

    Ramírez propuso llamar a sus votantes a no acompañar al candidato único del Partido Nacional. “Ni un voto a Lacalle”, sentenció, según Larrañaga. “Es una locura total”, fue la respuesta del entonces exintendente de Paysandú. “No cuenten conmigo para eso”, avisó. Acordaron no estar de acuerdo y resolvieron no hacer ningún tipo de comentario público al respecto. Que nada de lo que allí adentro se discutió se supiera. Larrañaga, prácticamente solo, inició una campaña por todo el país y fue electo senador. Ramírez se mantuvo en silencio y los nacionalistas salieron terceros, lejos, y quedaron rotos. Cosas de blancos.

    Al siglo XXI los dirigentes de la vieja divisa fundada en 1836 por Manuel Oribe lo abordaron de otra manera. Lacalle Herrera y Larrañaga siguieron compitiendo pero mucho más de cerca, con diálogo fluido y un objetivo común: ganar. Más de una vez estuvieron a pasos de la banda presidencial pero finalmente el que se la cruzó fue Luis Lacalle Pou, hijo de Lacalle Herrera, dos décadas después. Logró subirse a esa inmensa ola de ganas compartidas que habían levantado sus antecesores. La unión les dio la fuerza, como reza el escudo partidario. Cosas de blancos también.

    Hoy Lacalle Pou es el líder indiscutido del Partido Nacional, el que une. Sobre su espalda es donde reside la fuerza. Lo sabe, le gusta ejercer ese poder y no lo comparte. Varios lo sienten así pero no se lo dicen, entre otras cosas porque aseguran que no promueve las instancias como para que puedan hacerlo. De todas formas, lo que hoy provoca el actual presidente en la interna es único y la disputa por su sucesión trae viejos recuerdos, revive una especie de adicción que sienten algunos nacionalistas por la adrenalina generada en la lucha.

    No es un problema de los eventuales y futuros candidatos presidenciales. Es más, la mayoría de ellos tienen una larga trayectoria de diálogo y de buena relación con todos los grupos nacionalistas. Lo que causa ruido y división es el murmullo de los dirigentes medios y de la estructura, esa que termina siendo fundamental a la hora de las urnas y que se siente desplazada o poco cuidada, sin un horizonte claro y compartido por delante.

    Para poner un ejemplo: Álvaro Delgado, secretario de la Presidencia, es sin ninguna duda uno de los principales competidores para suceder a Lacalle Pou y su candidatura presidencial es casi un hecho. Hace tiempo que dirigió su barco a la arena electoral para hacer su desembarco. El problema es que hay varios que no lo imaginan compitiendo en las grandes ligas. No le ven el potencial de Lacalle Pou, buscan alternativas y en el camino van dejando heridas, pequeñas por ahora, aunque dolorosas.

    Además de Delgado, hay varios que ya abrieron sus roperos y están eligiendo sus mejores vestuarios para poder lucirse en la disputa que se avecina. Con más o menos posibilidades, da la sensación de que eso es lo que está ocurriendo con la vicepresidenta de la República, Beatriz Argimón, y con el senador Jorge Gandini. Unos pasos más atrás se encuentran el ministro de Desarrollo Social, Martín Lema, el de Defensa, Javier García, y la excandidata a intendenta de Montevideo por la coalición multicolor, Laura Raffo. Todos ellos son vistos por algunos e impulsados por otros como posibles postulantes presidenciales. Algo similar ocurre con el senador Juan Sartori, aunque ya perdió el beneficio de la novedad.

    Hay un evidente adelantamiento de los tiempos electorales que, como muy bien dijo García en una entrevista con Búsqueda en la última edición, termina siendo dañino para los intereses del oficialismo de mantenerse en el poder. Para peor, ninguna de esas siete figuras del Partido Nacional ha logrado despertar todavía la pasión y lealtad necesarias. Esa falta de consenso es un abono perfecto para un campo de batalla en el que todos peleen contra todos y en el que puede haber desbordes, como en el pasado.

    Quizá por eso, desde una carta enviada sin firma hace tres semanas al diario El País, identificado en su línea editorial con el Partido Nacional, a alguien se le ocurrió proponer la reelección de Lacalle Pou. Quizá también por eso no pasó como una sugerencia más, de esas que semana tras semana se pierden en los medios de comunicación, y hasta el presidente habló públicamente de ella. La descartó de plano para este período, es cierto, pero también se definió como reeleccionista. No quiere pero filosóficamente coincide. So o ni, como le gusta decir a él.

    Más allá de eso, corresponde creerle y asumir que no la va a promover para 2024. Él no. Pero ¿y los demás? ¿No pueden llegar a ser una solución para evitar todos los problemas internos que lo más probable se produzcan en el Partido Nacional? ¿Y si una mayoría abrumadora de su partido se lo pide? ¿Y si las encuestas y las proyecciones de votos lo empujan?

    Difícil, por no decir imposible. De todas formas, que el tema de la reelección esté arriba de la mesa ya dice mucho. Y no de un retiro cercano precisamente. Sobre esa base hay dos escenarios posibles para noviembre de 2024, luego de que se cuenten todos los votos y haya un nuevo presidente electo: 1) gana el oficialismo y habrá un sucesor pero con un expresidente que será un líder desde el llano haciendo mucha sombra o 2) gana la oposición y ese mismo día Lacalle Pou asume el liderazgo absoluto de los perdedores. En los dos, sin reelección todavía, aunque sí flotando, Lacalle Pou pierde un poco y también gana otro tanto. Parece estar bastante consciente y haber empezado a manejarlo. Por supuesto que todo eso no se dice: se hace. Él lo sabe muy bien. Son cosas de blancos.

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