Respecto a muertos y heridos brasileños en ese combate, las fuentes discrepan. El historiador militar Alberto del Pino dijo a Búsqueda que los documentos norteños hablan de 1.000 muertos cisplatinos (es decir republicanos) y 200 propios, pero que además no reconocen la derrota y prefieren hablar de “una retirada estratégica”.
En esa y otras batallas, las chinas cuarteleras eran las encargadas de carchar (robar las cosas útiles) y cuando correspondía despenar con un pequeño cuchillo a los enemigos caídos.
Las decisiones militares adoptadas por De Alvear despertaron disidencias al más alto nivel, pero la muerte de ese millar de combatientes, en todo caso, habría servido para que luego se firmara la Convención de Paz de agosto de 1828. De todas formas, los orientales no estaban presentes en Río de Janeiro para la firma de la paz, ni todos quedaron conformes con desprenderse de Argentina y convertirse en república independiente por oficios de Lord Ponsomby.
La guerra, sea libertadora, patria, imperialista o civil, no fue nunca una actividad en la que los que sobrevivían pasaran la experiencia sin recibir marca. Algunos destacaron por los actos de valentía y humanidad y otros, por todo lo contrario. En su libro sobre el doctor Fermín Ferreira, que fue cirujano mayor del Ejército, el historiador de la medicina Ricardo Pou Ferrari cuenta que este recibió una medalla de honor por su participación en la guerra de Brasil y transcribe algunos crudos pasajes escritos por él y otros participantes.
“Al anochecer nos pusimos en marcha por el paso del Rosario, triunfantes. (…) Todo el campo ardía aún y caminábamos flanqueados por dos caminos de fuego; allí se consumieron muchos de los cadáveres de nuestros bravos, como de los enemigos. (…) Llegamos a las 11 de la noche”, escribió el cirujano Brito del Pino.
Una vez que la Banda Oriental pasó a ser un país independiente, las guerras civiles, los motines y revoluciones trajeron sus propios muertos.
El historiador de la Facultad de Humanidades de Udelar Nicolás Duffau advierte que es difícil aportar datos cuantitativos, porque con el objetivo de no desmoralizar a las tropas hay muy pocos registros de las bajas propias, e incluso se llega a negar algunas muertes, como la de Bernabé Rivera.
Duffau dijo a Búsqueda que la sociedad del siglo XIX estaba muy militarizada y que la mayoría de los hombres hacían la guerra desde muy jóvenes y que eso trajo una alta tasa de feminización.
Otra característica es que no existió un Estado ni un Ejército en toda la regla hasta después de la Guerra del Paraguay; en cambio, convivieron diferentes fuerzas, algunas de ellas milicias que se armaban y desarmaban en dependencia de las circunstancias y los liderazgos.
A pesar de que las batallas del Sauce (Canelones, 1870), donde el militar colorado Gregorio Suárez mandó degollar hasta a los músicos y acrecentó su fama de sanguinario, y la de Tupambaé (Cerro Largo, 1904) son consideradas por los historiadores militares Del Pino y Marcelo Díaz Buschiazzo como unas de las más cruentas, ninguna se compara en número de muertos con la guerra de la Triple Alianza (1864-1870) que dejó a Paraguay casi sin hombres y recibió la calificación de genocidio.
Uruguay habría enviado unos 2.500 soldados a una guerra que imaginaron corta. El presidente argentino Bartolomé Mitre anunció que tomaría tres meses llegar a Asunción, pero ejércitos de tres países necesitaron cinco años.
Antes de partir desde el campamento del Ayuí hacia la guerra, el presidente Venancio Flores expidió una orden general: “Siendo el deber del soldado la constancia y el sufrimiento, así como el valor y la decisión con la que se marcha sobre el enemigo, no deben los cobardes hacer parte de un ejército de bravos, por lo que los que no se sientan con el coraje y la resignación necesarios para hacer la campaña, lo manifestarán para ser relegados al desprestigio y a la ignominia como indignos de pertenecer al honroso pueblo oriental”.
Aunque no hay cifras oficiales, los historiadores militares evalúan que unos 2.000 uruguayos cayeron en combate, incluyendo a León de Palleja, el coronel del batallón Florida que fue ascendido a general post mortem y que dejó un diario donde aporta detalles terribles.
De Palleja, apoyado por argentinos y brasileños, había triunfado en Yatay (Corrientes) dejando a unos 1.250 enemigos en el campo de batalla, con la particularidad de que obligó a los prisioneros paraguayos a pelear contra sus mismos compatriotas; los que huían y eran recapturados eran calificados de traidores y “se les da muerte por la espalda”.
Luego el militar uruguayo fue derrotado en la batalla de Boquerón, donde murieron más de 8.000 combatientes, y antes habían pasado por la de Estero Bellaco, con igual resultado.
A nivel local, los cerca de 2.300 caídos en Tupambaé (Cerro Largo, 1904), junto con los de Masoller (Rivera), el mismo año, ya con armas automáticas del lado gubernamental, cerraron, por un largo tiempo, una etapa de la historia en la que los bandos políticos resolvían sus diferencias por medio de la violencia.
La Guerra Grande (1839-1851), en la que Montevideo estuvo sitiada durante nueve años por las tropas de Oribe y se salvó de ser bombardeada desde el mar por el respaldo naval de franceses e ingleses, también había dejado muchos muertos, no solo en el campo de batalla, sino por escorbuto y otras enfermedades dentro de la muralla.
El historiador brasileño Francisco Doratiato sostiene que solo en la batalla de Caseros (febrero de 1852), en la que participaron tropas uruguayas y marcó el fin del gobierno de Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, hubo 1.400 muertos en el ejército federal y 7.000 presos.
La tenue resistencia armada a la dictadura de Gabriel Terra (1935) produjo pocas bajas; hubo cinco muertos en Paso Morlán (Colonia).
Luego vino la llamada guerra antisubversiva que comenzó en 1963 con el asalto al Tiro Suizo (Nueva Helvecia) por los luego denominados tupamaros. El 14 de abril de 1972 hubo, excepcionalmente, 12 muertos —cuatro agentes del gobierno y ocho tupamaros— y el 17 de ese mes las Fuerzas Conjuntas asesinaron a ocho comunistas en el barrio Paso Molino.
Esos enfrentamientos y la posterior dictadura (1973-1985) dejaron un saldo de poco más de un centenar de muertos, más de 200 desaparecidos, secuelas por décadas e incorporaron al vocabulario local el concepto de terrorismo de Estado.
Las enfermedades
Las guerras y las enfermedades infecciosas coexistieron a menudo, como en el caso del sitio de Montevideo, pero ambas situaciones son, para los uruguayos contemporáneos, algo extraño, que pertenece al mundo de los libros de historia.
La historiadora y demógrafa Pollero explicó a Búsqueda que “una pandemia resulta una experiencia nueva para nuestra sociedad”, porque hasta marzo del año pasado “nuestras preocupaciones en materia de salud pasaban por otro lado: básicamente por las enfermedades no transmisibles como cáncer, diabetes, EPOC y patologías cardiovasculares y eso se explica porque se había producido un fuerte descenso de las defunciones por enfermedades infecciosas”.
Según esta investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de Udelar, “estamos en lo que se llama el proceso de transición epidemiológica”, que es “el pasaje de un predominio de la morbimortalidad por causas transmisibles a una prevalencia de causas crónicas y degenerativas” y eso explica que el Covid-19 haya tomado “a todos de sorpresa”. Uruguay pasó de una esperanza de vida al nacer de 42 años en 1883 a una superior a los 77 años “y eso nos dio una confianza que nos hizo olvidar la dinámica epidemiológica.”
En el pasado, la sociedad con una alta mortalidad estaba acostumbrada a convivir con la muerte, mientras que ahora la pandemia volvió a poner eso arriba de la mesa.
En 2020, no obstante, la tasa de mortalidad por Covid-19 fue de cinco defunciones por 100.000 habitantes. Este año las cosas cambiaron: solo entre enero y lo que va de mayo, la tasa, que se calcula anualmente, pasó a 74 muertes por 100.000 habitantes.
“Este valor nos hace pensar que sin duda va a ser más letal que lo que fue la pandemia de la llamada gripe española de 1918-1919, contra la que generalmente se está comparando”, explicó Pollero.
La llamada gripe española, que coincidió con la Primera Guerra Mundial, ha sido hasta ahora la última gran epidemia letal de alcance global y tuvo entre 20 y 100 millones de muertos. En Uruguay, la tasa en 1918 fue de 67 por 100.000 y al año siguiente subió a 78 por 100.000 habitantes. El número de defunciones fue de 926 en 1918 y 1.089 en 1919, con una población para el total de Uruguay que no llegaba a 1.400.000 habitantes.
“Estos valores son muy inferiores a los que se dieron en algunos años de crisis de mortalidad en el siglo XIX, en especial a los vinculados con las epidemias de fiebre amarilla y de cólera”, señaló.
Los datos disponibles de Montevideo muestran que la epidemia de fiebre amarilla de 1857 produjo 1.500 defunciones, con unos 55.000 habitantes, lo que da una tasa de 2.730 por 100.000 habitantes. Puede estimarse que la fiebre amarilla fue responsable del 60% de las defunciones de ese año.
La epidemia de cólera del año 1868, a su vez, provocó 2.000 fallecidos en Montevideo, que entonces tenía una población de algo más de 60.000 habitantes, es decir, una tasa aproximada de 3.000 muertos de cólera por 100.000 habitantes, muchísimo mayor que las que jamás se alcanzaron.
