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    Crecimiento de la intolerancia

    Sr. Director:

    Derrotada la dictadura en 1985, Uruguay comenzó a transitar nuevamente por el camino de la democracia. Y esta ha sido una lucha constante y permanente de todo el pueblo uruguayo, sin distinciones, sin más demócratas ni menos demócratas. Una tarea que ha llevado a cabo todo el pueblo día a día. Nos jactamos de tener una de las mejores democracias de América Latina, una división de poderes digna de elogio, elecciones totalmente libres y cristalinas, libertad de prensa, libertad de expresión y todas las virtudes que puedan enumerarse para una convivencia realmente democrática. Pero si dejamos de ver todo de color “celeste” nos encontramos con rumbo a la intolerancia. Se sabe que todos los extremos son malos, de ultraderecha o ultraizquierda, se sabe que existen ciudadanos partidarios de ambas ideologías pero también se sabe que son los menos y se ha demostrado en las urnas.

    Pero no vivimos ajenos a los vientos que soplan en América. Desde que comenzó el siglo XXI casi toda la región viró a gobiernos de izquierda que prometían conquistar igualdad social, disminución de la pobreza, más reparto de la riqueza, mejoras en la atención a la salud, la educación, etc., etc. No todos prometieron honestidad pues se daba por hecho, aunque la izquierda uruguaya sí lo hizo a través de su presidente electo Tabaré Vázquez, aceptando que “podían meter la pata pero no la mano en la lata” y otro eslogan que dice: “Si es de izquierda no es corrupto”. No vamos a caer en la tentación de volver a enumerar los actos corruptos que soportamos, tanto nosotros como nuestros países vecinos, siendo el mayor Brasil (también el más grande), Argentina, Paraguay, Chile, Venezuela, Bolivia, Ecuador y todos. Ninguno quedó sin el contagio de este virus.

    Pero los pueblos, que parecen sumisos y tranquilos, se fueron cansando y comenzaron a alejarse de la izquierda. Algunos se corrieron al centro, otros a la derecha y ahora parece que también a la ultraderecha. Y decimos parece porque aún no ha comenzado a gobernar Bolsonaro en Brasil y no nos debemos dejar llevar por todas las promesas electorales, ya que muchas, de izquierda o derecha, quedan solo en eso. Todos, salvo la desastrosa Venezuela y Nicaragua, tuvieron elecciones libres y limpias. Y aquí es donde se observa la intolerancia según quien gane. La izquierda uruguaya no está pudiendo aceptar la derrota de su ideología en países del Cono Sur. Ni Piñeda, Macri, Abdo Benítez y mucho menos Bolsonaro son aceptados como un cambio de rumbo; por el contrario, son una especie de peste que viene a eliminar toda la nobleza de la izquierda. No se cansan de asignarles epítetos de malicia y de horizontes desastrosos para sus pueblos, liberalismo macabro y vuelta a la época de la Inquisición. Entonces ya no se trata de “si es de izquierda no es corrupto”, si no es de izquierda no sirve para nada, olvidando que por 20 años gobernaron la región con los votos de quien ahora ha decidido votar otra cosa pues es la misma gente que en su momento eligió izquierda y hoy elige “no izquierda”.

    Intentando no meternos en procesos electorales ajenos, que fueron sin fraude y recibieron comentarios inoportunos de algunas autoridades, apuntamos a que el Frente Amplio, que es nuestro representante de la izquierda, está poniendo las barbas en remojo. Varios dirigentes de la coalición ya habían apuntado a los supuestos Macri, Piñeda y Abdo Benítez uruguayos y ahora parece que también encontraron a los “Bolsouruguayos” y nos piden por favor que no nos dejemos engañar por candidatos supuestamente divinos que acudirán a salvarnos de todos los males. Si estamos de acuerdo con que nuestros ciudadanos son muy dignos e ilustrados en los procesos democráticos, no podemos menospreciarlos a la hora en que decidan votar lo que les plazca. Pueden decidir mantener las actuales políticas como también buscar cambios de la misma manera que lo hicieron en el año 2004. Y la decisión será acertada o no, para un lado o para el otro. El tiempo lo dirá.

    Lo que humildemente opinamos es que, seguramente sin intención, se están haciendo cosas como para que la gente cambie su postura. Se acaban los créditos otorgados a los actuales dirigentes, las cosas no van bien y las mentiras ya no se pueden ocultar, ya no va más “como te digo una cosa te digo otra”, ya no va más prometer seguridad, educación y trabajo y encontrarnos en cambio con una pérdida total de valores humanos a la que nunca debimos llegar. La intolerancia ha llegado al extremo de que o somos feministas o machistas, heterosexuales o gays, ricos o pobres, blancos o negros, no hay punto medio y eso es la intolerancia: de un lado o del otro se es intolerante. Esta es la famosa grieta que han abierto en estos años y no solo los que nos gobiernan; existen cómplices de la oposición. Se ha pretendido colocar de un lado a los buenos y del otro a los malos, han menospreciado la inteligencia del pueblo que dentro de un año dará su veredicto sin la presión que hoy intentan ejercer sobre él. Nos han quitado libertades, se han ido metiendo de a poco en nuestras casas, nuestras familias, nuestras vidas, controlando todo lo que hacemos o pidiéndonos cuentas de nuestros actos que si por naturaleza fuéramos culpables. En estos días se intenta legislar una ley de ética y actuación pública, y está bien que se haga, pero algunos enunciados de esta ley suenan ridículos y avasallantes. Se pretende impedir la realización en las oficinas públicas de colectivos para regalos de cumpleaños, nacimientos o casamientos, con la salvedad de las fiestas tradicionales. ¡Cuánta estupidez en un mismo texto! Queremos impedir que nos roben los corruptos, somos libres de regalar los pañales que se nos ocurran a nuestros compañeros de trabajo y festejar los cumpleaños y casamientos con regalos colectivos. Tantas leyes importantes están encajonadas, pero los legisladores de la bancada oficial (los 16) se preocupan por los regalos entre compañeros.

    Errores u horrores como estos abundan y nos han llevado a la intolerancia, a que nos miremos de reojo unos a otros, a que el ladrón crea que todos son de su condición, pero estamos aún a tiempo de tomar nuestra resolución de qué sociedad queremos.

    Al pueblo oriental no le va a temblar el pulso ni le va a faltar sabiduría a la hora de votar; si seguimos como estamos, será aceptado; si decidimos cambiar, también será aceptado, porque guste o no, el pueblo es sabio.

    Sergio Barrenechea

    CI: 1.978.723-5