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    Cronista de los desposeídos

    Eduardo Galeano: a los 74 años, murió el escritor uruguayo más exitoso

    Hay un Eduardo Hughes Galeano bien lejano, el que nació en Montevideo el 3 de setiembre de 1940 y se crió en el barrio La Mondiola en un hogar de clase media, integrante del ala menos pudiente de una familia adinerada. Ese Eduardo Hughes fue un niño religioso, que tenía imágenes de Jesús en la pared de su cuarto entreveradas con los jugadores del Club Nacional de Fútbol y que fue al colegio Erwy School hasta segundo de liceo. Esa fue toda su enseñanza formal, porque en la adolescencia dejó de estudiar, dejó a Dios y se puso a trabajar.

    Después llegó el dibujante que a los 14 años hacía caricaturas políticas para el diario socialista El Sol y que adoptó como firma el apodo “Gius” porque de esa forma imitaba la fonética criolla de su apellido. Ese fue el primer escalón para dejar de lado el Hughes paterno y cambiarlo por el Galeano materno. Así fue como apareció el Eduardo Galeano más cercano, el que comenzó a firmar con ese nombre sus primeras notas periodísticas y su primera novela, Los días siguientes, hasta convertirse en uno de los escritores más exitosos de la literatura uruguaya y en el intelectual que trascendió fronteras con un mensaje y una obra enfocada en Latinoamérica y comprometida con la izquierda del continente. Enfermo de cáncer de pulmón desde 2007, Galeano murió el lunes 13 a los 74 años.

    El carácter de escritor comprometido fue lo que más se destacó en el funeral que se llevó a cabo durante siete horas el martes 14 en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. Autoridades del gobierno y extranjeras, políticos, familiares y una larga fila de sus lectores y seguidores circularon con ritmo continuo para despedir a Galeano. Algunas personas dejaron sobre su féretro banderitas de Cuba y de Venezuela. Otros simplemente lloraban en silencio.

    Las coronas de flores habían llegado de lugares diversos: “A nuestro querido socio”, decía la enviada por la Asociación Juventus.“Gracias por tu compromiso permanente y será hasta siempre”, era el mensaje de la corona de Emmaus. “De tu segunda casa”, decía la del Café Brasilero, del que Galeano fue un asiduo parroquiano.

    Su féretro estaba cubierto por el Pabellón Nacional y por un escudo pequeño del Club Nacional de Fútbol. Había también coronas del teatro El Galpón, del semanario Brecha, de la Fuerza Aérea y del Ministerio de Defensa Nacional, del presidente venezolano Nicolás Maduro y de la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela, de Cristina Fernández de Kirchner y de Diputados de la Nación Argentina, entre otras.

    El vicepresidente Raúl Sendic dio un discurso breve que apenas se escuchó por problemas de audio. Terminó diciendo que Galeano “está escribiendo la última página del libro de su historia que es infinito”, y luego pidió un aplauso para el escritor que duró unos cuantos minutos. En otro salón, el presidente Tabaré Vázquez habló con la prensa y destacó que Galeano era un “gran latinoamericano” y que recomendaba a todos leer Las venas abiertas de América Latina, el libro publicado en 1971, el más famoso del escritor, el de mayor éxito de ventas y también el más polémico.

    “Poeta de la historia”.

    “Me resulta horrible haber sido así”, le dijo Galeano al periodista César di Candia en una entrevista concedida a Búsqueda en 1987. Se refería a la “inmensa pedantería” que mostraba el escritor cuando comenzó con 20 años a publicar en el semanario Marcha y al poco tiempo se convirtió en su jefe de Redacción. Carlos Quijano, director del semanario, le había dado todo el respaldo y fue uno de sus mentores. También Galeano reconocía la influencia que habían ejercido en su formación los socialistas Guillermo Chifflet y Vivián Trías.

    De Marcha pasó al poco tiempo a dirigir el diario Época. Allí permaneció hasta 1966 cuando se fue de viaje por Latinoamérica. Llevaba todo el bagaje de la izquierda local, lo impulsaba el interés por los problemas latinoamericanos y el entusiasmo por la revolución cubana. Él quería escribir un libro que explicara el subdesarrollo, “que reuniera todo lo que estaba cerrado bajo siete llaves en la literatura especializada”, comentó en la entrevista de 1987. Ese libro fue Las venas abiertas de América Latina, que tuvo en 1971 dos ediciones, la primera con 5.000 ejemplares y la segunda con 6.000, cifras importantes para el mercado editorial uruguayo. Ese fue solo el inicio porque hasta hoy el libro no ha dejado de venderse. Galeano pudo vivir exclusivamente de su literatura, una excepción entre los autores uruguayos.

    De allí en más, Galeano siguió escribiendo sobre Latinoamérica y se convirtió en una especie de cronista del continente que se remontaba a sus orígenes para explicar el presente. Y creó un estilo muy peculiar de escritura, con relatos breves que narraban pequeñas historias para contar la gran historia.

    “Ignoro a qué género literario pertenece esta voz de voces (…) no sé si es novela o ensayo o poesía épica o testimonio o crónica o... (…) Cuanto aquí cuento, ha ocurrido; aunque yo lo cuento a mi modo y manera”, escribió el autor en el prólogo del primer tomo de su trilogía Memoria del fuego (1982-1986).

    Con este género indefinido, muy trabajado desde el punto de vista estilístico, Galeano escribió prácticamente toda su obra, que gira más o menos en torno a los mismos temas: mitología indígena, opresores y oprimidos, débiles y poderosos. Es esta recurrencia de forma y contenido lo que produce la sensación de que siempre se está leyendo el mismo libro. Un ejemplo de su estilo se puede leer en Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998): “Está envenenada la tierra que nos entierra o destierra. Ya no hay aire, sino desaire. Ya no hay lluvia, sino lluvia ácida. Ya no hay parques, sino parkings. Ya no hay sociedades, sino sociedades anónimas. Empresas en lugar de naciones”.

    El ex presidente José Mujica fue al velorio del escritor y brindó una entrevista para el Canal 7 de la televisión pública argentina. “Galeano le puso a la historiografía y a los datos poesía. Es un poeta de la historia o un historiador poeta”, dijo. Paradójicamente, lo que Mujica marcó como un indiscutible elogio, puede tener una doble lectura: por un lado Galeano exhibe la excelencia de los buenos poetas, pero lo que escribe no es historia, es poesía.

    Una explicación de su intención historiográfica la dio el propio Galeano en el prólogo de Memoria del fuego al recordar sus años liceales: “Yo fui un pésimo estudiante de historia. (…) Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente. (…) Ojalá Memorias del fuego pueda ayudar a devolver a la historia el aliento, la libertad y la palabra”.

    Con La canción de nosotros (1975) y con Días y noches de amor y de guerra (1978), tal vez su obra más autobiográfica, Galeano ganó en dos ocasiones el premio Casa de las Américas. Su último libro publicado se llamó Los hijos de los días (2011) en el que reunió, con el formato de un calendario, más de 300 historias de héroes anónimos de diferentes épocas. En los próximos días está prevista la presentación en España de Mujeres, una antología de textos del escritor sobre mujeres como Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchú y Marilyn Monroe.

    Una izquierda con distancias.

    En 1973 Galeano se fue de Uruguay y no regresó hasta 1985, con el retorno a la democracia. Nunca estuvo requerido, pero sí había sido interrogado y su casa allanada varias veces. Primero emigró hacia Buenos Aires, donde fundó la revista Crisis. “De acá me fui porque no me gusta estar preso, de allá porque no me gusta estar muerto”, le explicó a Di Candia sobre su partida también de Buenos Aires cuando comenzaron a amenazarlo de muerte. Entonces se exilió en España.

    El exilio aumentó su proyección internacional y desde allí continuó su militancia por los derechos humanos y a favor de los movimientos revolucionarios. Cuando regresó a Uruguay fundó El Chanchito, su propia editorial, y el dibujo de un chanchito acompañó de allí en más su firma.

    En octubre de 1985, junto a Mario Benedetti, Hugo Alfaro y otros periodistas y escritores que habían pertenecido al semanario Marcha, fundó Brecha, y continuó como integrante de su Consejo Asesor hasta su muerte. Integró después la Comisión Nacional Pro Referéndum que impulsaba la derogación de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.

    En el 2004 apoyó el primer gobierno de Tabaré Vázquez. El actual presidente dijo en su funeral que cuando él fue intendente de Montevideo, le había ofrecido a Galeano la dirección de Cultura, pero que el escritor no quiso por sus compromisos internacionales.

    Galeano tuvo sus distancias con la izquierda nacional e internacional. En 2003, él y otros intelectuales como José Saramago cuestionaron las violaciones a los derechos humanos y los fusilamientos ordenados por el gobierno de Fidel Castro en Cuba. “Son muy malas noticias, noticias tristes que mucho duelen para quienes creemos que es admirable la valentía de ese país chiquito y tan capaz de grandeza, pero también creemos que la libertad y la justicia marchan juntas o no marchan”, sostuvo Galeano. También tomó distancia del gobierno del Frente Amplio con su prédica contra la megaminería y con la política en torno a los derechos humanos.

    “Siempre fue inconformista, ni siquiera conformista consigo mismo. Con el paso de los años empezó a enjuiciar su propia obra sin piedad, como corresponde a una cabeza que no es dogmática, que no se aferra a las verdades reveladas. Creo que es una de las cosas más interesantes que deja”, dijo Mujica al hablar en su velatorio.

    Despedidas.

    Al Palacio Legislativo asistieron visitas internacionales. Entre ellas, el vicepresidente de Venezuela, Jorge Arreaza, quien llegó rodeado de custodias y acompañado por la hija del ex presidente Hugo Chávez.

    Tal vez la presencia más sentida por los familiares de Galeano, sobre todo para su viuda, Helena Villagra, fue la de Joan Manuel Serrat, quien estaba en Salta y voló hacia Montevideo cuando se enteró de la noticia.

    “Son días tristes porque son de pérdida, pero también de memoria y de agradecimiento a la vida porque me ha permitido estar cerca de Eduardo y ser amigo suyo. Fue un hombre que con su trabajo y su actitud me ha servido de referencia en mi vida. Siento mucho no poder tomar vino con él, hablar de cosas cotidianas, hablar de fútbol o de literatura o de política. Le agradezco a la vida los años que me ha dado de poder hacerlo”, dijo.

    También lo calificó como “la reserva moral de la izquierda” y señaló sus ideas claras, aunque no ortodoxas. “Como hombre libre, si entendía que algo no estaba bien, disentía”.

    Galeano se había casado en tres ocasiones. La primera, con Silvia Brando, con quien tuvo una hija, Verónica Hughes Brando; luego con Graciela Berro Rovira, con quien tuvo dos hijos, Florencia y Claudio Hughes Berro. A Helena Villagra, su última esposa, le dedicó gran parte de su obra.

    En el libro de visitas, el público que asistió al Palacio Legislativo dejó infinidad de mensajes para Galeano, y le hablaban como a un amigo: “Gracias Eduardo por tu aporte a nuestra América. Te precisamos en el recuerdo”. “Me has tocado el corazón con tus palabras. Gracias por todo lo que nos diste”. “Mi alma se enmudece con tu partida, pero un día estaré junto a ti”.

    Galeano no tuvo entierro ni lo acompañaron las estampitas con la imagen de Jesús que tenía tras su cama cuando niño. El miércoles 15, fue cremado en una ceremonia privada.

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