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    Cuando Brueghel salió del óleo

    “El molino y la cruz”, de Lech Majewski

    Muy poco se conoce de la vida del pintor flamenco Pieter Brueghel. Dicen que nació aproximadamente en 1525 y que murió en Bruselas en 1569. Vivió algo más de cuarenta años y fue uno de los grandes pilares del Renacimiento en Flandes. También se sabe que enseñó pintura en Amberes, que viajó por Francia e Italia y que en Roma se deleitó con los grandes maestros de la luz. Y que se “colaba” en bodas y fiestas campesinas para retratar con todo detalle las costumbres de los trabajadores. Y que le gustaba asustar a sus discípulos con historias de fantasmas.

    La línea del horizonte siempre está bien alta en todas sus composiciones. Así podía incluir la mayor cantidad de formas y en particular de personajes: niños, campesinos, soldados, reyes, vendedores de pan, ciegos y mendigos. En el interior de sus pinturas siempre flota la magia, se desprenden las historias y los seres cobran vida. Una de las escenas más sugerentes y poéticas de “Solaris” (1972), de Andrei Tarkovski, tiene precisamente al cuadro de Brueghel “Cazadores en la nieve” como motivo central, mientras la pareja de astronautas, marido y esposa en la ficción, flotan con música de Bach en la ingravidez de una remota estación espacial.

    El arte de este flamenco fue respetado porque el gobernador de la Corona española, que en aquel entonces dirimía los asuntos de los Países Bajos, era un gran coleccionista de su obra. Los cuadros de Brueghel producen la curiosa sensación de ser capaces de desprenderse de la ley de gravedad, de cortar las amarras y de que todos sus elementos se eleven hacia el cielo y lo sobrepasen dejando atrás las montañas, los lejanos tejados de Bruselas y Amberes y la mismísima Torre de Babel.

    Así ocurre con El molino y la cruz, de Lech Majewski, una propuesta plástica absolutamente desusada que busca reconstruir el mundo de Brueghel y en particular del óleo “Camino del Calvario”: en el centro, el crucificado; en primer plano, su madre; a un costado, una calavera de caballo y una rueda donde colgaban a los herejes; al fondo, un molino sobre una empinada roca; en el cielo, un par de cuervos revoloteando; y para aprovechar el espacio, cantidad de extras: los soldados de Felipe II, los campesinos, los niños y los curiosos.

    Es como si Majewski abriera la puerta-ventana de vidrio que contiene al cuadro y dejara salir sus figuras y que ellas mismas relataran la historia. Entonces tenemos al propio pintor, interpretado por Rutger Hauer, que anda por ahí con su carpeta y sus bocetos. O a la Virgen María (Charlotte Rampling), que recuerda la devoción profesada por el pueblo a su hijo antes de ser condenado. O a un aristócrata flamenco y amigo del pintor (Michael York) que repudia al ejército español. O a los hijos del propio pintor, que parecen salir de las sábanas de una cama como los duendes de una bolsa mágica.

    Que el punto de partida sea una pintura, lejos de limitar cinematográficamente al director polaco, potencia su destreza visual y su sentido del ritmo y la narración: la subida al molino, pautada por una escalera pesadillesca y el retumbar de unos zuecos, es una proeza difícil de olvidar.

    El óleo, la acuarela y la carbonilla, las tres técnicas que el artista flamenco dominaba, están presentes en El molino y la cruz gracias a una escenografía y a una fotografía que le rinden tributo. Majewski (1953) ya había mostrado un especial interés por el mundo de la pintura cuando escribió y coprodujo “Basquiat” (1995), una película de Julian Schnabel sobre el artista callejero amigo de Andy Warhol. Por algún motivo, el polaco terminó desvinculándose del proyecto.

    Para este homenaje pictórico, que se presentó en el Festival de Cine de Sundance, Majewski estuvo trabajando tres años. Filmaba las figuras con especial cuidado en materia de vestuario y colores. Luego acudía a la computadora, recortaba las imágenes y volvía a ensamblarlas con otro fondo. Según el director, hay secuencias que tienen más de 40 capas de perspectivas. Majewski, que se graduó en la escuela de cine de Lodz en 1977, es también poeta y pintor, dos oficios que gracias al tercero de cineasta, se complementan a la perfección.

    Muchas veces los efectos especiales están al servicio de la acción y de la espectacularidad: son efectos efectistas, de los que se tienen que notar. En este caso, es como si fuesen una técnica más que el propio pintor hubiese aprobado. Y apenas se notan porque resultan una extensión de su mundo. Que Rutger Hauer, Charlotte Rampling y Michael York hayan manifestado interés en el proyecto cuando en realidad aparecen muy poco, habla a las claras de su sensibilidad: artistas dispuestos a transformarse en piezas de un engranaje, en figuras de un óleo viviente.

    “El molino y la cruz” (Mlyn i Krzyz). Polonia-Suecia, 2011. Dirección: Lech Majewski. Guión: Michael Francis Gibson y Lech Majewski. Con Rutger Hauer, Michael York, Charlotte Rampling, Joanna Litwin. Duración: 92 minutos.

    Eduardo Alvariza