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    Cuando ella se va

    My Happy Family, película georgiana en Netflix

    “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”, escribió León Tolstói en el comienzo de su novela Ana Karenina. La frase es ideal para resumir My Happy Family (2017), una película que muestra la pequeña historia, la que sucede puertas adentro de una casa que podría estar en cualquier lugar del mundo, porque su naturaleza es universal.

    En este caso la puerta se abre a un apartamento en alguna ciudad no identificada de Georgia, el país vecino de Rusia, donde reside una familia de clase media venida a menos compuesta por tres generaciones. Allí conviven siete personas: un matrimonio que lleva más de 20 años de casados, formado por Manana (Ia Shugliashvili, también cantante y actriz de teatro) y Soso (Merab Ninidze), un hijo veinteañero y holgazán, una hija joven con su esposo, y los dos padres ancianos de Manana.

    En esta familia no hay grandes tragedias ni situaciones sórdidas o de violencia, pero en silencio va creciendo un malestar que se vuelve inaguantable hasta que explota. La explosión se produce en Manana, una profesora de literatura tranquila y discreta, que exactamente el día que cumple 52 años les informa a todos que se va a vivir sola en un apartamento alquilado. Su decisión primero produce asombro, después griterío y reproches. Pero Manana se va sin demasiadas explicaciones, en silencio, como el que guardó durante mucho tiempo.

    My Happy Family es una de esas joyitas de cine de autor difícil de encontrar en Netflix, pero allí está. Sus directores son la georgiana Nana Ekvtimishvili y el alemán Simon Grob, quienes siguen a su protagonista con la cámara bien de cerca para mostrar a una mujer de rostro cansado y ojeroso, pero que nunca pierde la calma ni su decisión. No le importa alquilar un apartamento viejo, con paredes descascaradas y gotera en el baño, en un barrio supuestamente peligroso, lo prefiere a la asfixia familiar. A los pocos días de instalada, lo que parecía una pocilga se vuelve un lugar habitable y hasta acogedor. Manana llega de trabajar, se hace un café y se sienta frente a la ventana abierta a escuchar el sonido del viento entre los árboles.

    Hasta allí lo placentero. Lo desagradable es lo que dejó atrás, que incluye la reacción de algunos miembros de la familia, sobre todo de su madre, Lamara (gran actuación de Berta Khapava), una señora tradicional e insoportable que vive marcando a los demás con su voz chillona. “¿Hago la cena y estás comiendo torta?”, le dice a su hija de 52 años como si fuera una escolar. “¡Nos deshonras a todos!”, le grita cuando se entera de su decisión de abandonar el hogar.

    Y después está el resto de la familia (tíos, tías, primos, la cuñada, un hermano sobreprotector), que la convocan a una especie de “intervención” para tratar de convencerla de su error. “No necesito que nadie me proteja ni controle. Soy una mujer adulta”, repite ella. Le responden con gritos cruzados (al parecer los georgianos cuando se juntan gritan mucho) y todo el episodio termina en algo parecido a un sainete y con la sensación de que a veces la familia puede ser un infierno.

    Pero más que en las palabras, los realizadores se detienen en los detalles: en el paseo por una feria vecinal, en el encuentro con viejos amigos del liceo, en el desconcierto de Soso, el marido, que igual que su nombre parece un ser insulso, aunque algunos hechos de su pasado lo vuelven un personaje más complejo, más cuestionable y también más real.

    My Happy Family está narrada con un tono de tal naturalismo que los personajes no parecen estar interpretados por actores. En su historia es tan importante lo que se dice como lo que se calla, y tan expresivos los golpes en la mesa como los pequeños gestos. “En este mundo no hay familias sin ningún problema”, le dice en la “intervención” familiar uno de los familiares viejos a la protagonista para convencerla de que tiene que asumirlos y aguantar. Pero ella no elude los problemas, solo quiere sobrellevarlos sentada frente a su ventana, mientras come un buen pedazo de torta con el sonido del viento o afina después de años su vieja guitarra.

    En esta sutileza para contar la historia está lo mejor de la película, que no necesita de grandes discursos sobre la situación de la mujer para que se entienda cuál es el conflicto de la protagonista ni cuáles son los mandatos sociales en los que vive. Hay dos breves diálogos de Manana, uno con una de sus alumnas liceales y otro con su hija, que muestran lo que significa para la sociedad el matrimonio y el rol femenino. En el primero hay una tibia rebeldía; en el segundo queda claro que la condición humana es porfiada y difícil de torcer.

    My Happy Family no cae en la manipulación emotiva, aunque tendría sobrados elementos para hacerlo. Hay mucho talento en los cineastas y en los actores que durante dos horas mantienen una historia a buen ritmo, muy parecido al ritmo de la vida.

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