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El día en que se escriba la historia de los uruguayos con prestigio y reconocimiento internacional, no deberá omitirse el nombre de Federico Juan Sebastián Britos Ruiz (Montevideo, 1939), quien empezó a tocar el violín a los 5 años. Cuando en 1959 lo escuchó Jascha Heifetz, dijo: “Estoy sorprendido de escuchar a un violinista tan joven improvisar de esa manera. Yo no soy capaz de hacer eso”. A este categórico juicio de un virtuoso del violín clásico, se puede sumar, entre muchos otros, el de de un músico con formación clásica pero emblemático en el tango, como Astor Piazzolla, quien en 1955 opinó: “Es capaz de tocar cualquier tipo de música con un precioso sonido”.
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La carrera de Britos acredita que esos juicios no eran exagerados. Vivió en Perú, Venezuela y Miami. Tocó con todas las orquestas sinfónicas de las ciudades donde estuvo. Fue durante 7 años concertino de la Orquesta Sinfónica de Miami. Escribió obras para orquestas sinfónicas y conjuntos de cámara, para teatro, jingles para televisión y temas populares de todo tipo y color. Trabajó junto a Piazzolla, João Gilberto, Vinicius de Moraes, Dorival Caymmi, Bola de Nieve, Bebo Valdés, Diego “El Cigala”, Eddie Gomez, Kenny Barron, Michel Camilo, Dizzy Gillespie, Dexter Gordon, Duke Ellington, Nat “King” Cole, Woody Herman y Benny Goodman.
Y aunque es un violinista capaz de tocar cualquier cosa, su arte resplandece en el jazz y en la improvisación. Por eso, el jueves 13 de setiembre fue un privilegio ser testigo de la maestría de este uruguayo formado en el subsuelo de la calle Guayabo, donde funcionaba el Hot Club de Montevideo. Este compatriota que hoy vive, da conciertos y graba en Estados Unidos y que se abrió paso con éxito en un terreno reservado a pocos elegidos, como es el de ser violinista de jazz.
Él mismo se emocionó con legítimo orgullo cuando relató que solo cuatro violinistas fueron invitados en 1998 a participar en el Carnegie Hall en un homenaje al legendario Stepháne Grappelli, muerto en 1997: Jean Luc Ponty, Regina Carter, Mark O’Connor y el propio Britos.
La clase de
un maestro
Fue una noche única. Cuatro instrumentistas de lujo. El jazz en su esplendor con el swing siempre presente, por momentos con un ritmo frenético plagado de breaks y siempre con esa connivencia que se da entre los músicos que saben de qué se trata. Con su majestad la improvisación vestida de luces. Esta maravilla ocurrió con el cuarteto integrado por Britos (violín) John Paul “Bucky” Pizzarelli (guitarra), Jorge García (guitarra) y Don Wilner (contrabajo).
El sonido de Britos está a medio camino entre la dulzura de Grappelli y la deliberada aspereza de Ray Nance. Es un notable improvisador que jamás se pierde en el laberinto de modulaciones y que sabe volver al rastro melódico. Por otro lado, Pizzarelli es un mito viviente. Tiene 86 años y una sonrisa constante. Toca desde siempre una guitarra de siete cuerdas (la séptima es un La grave) que le permite, cuando no tiene un bajista acompañándolo, hacer él mismo el bajo mientras también ejecuta la melodía y la armonía con las seis cuerdas restantes. Esto pudo apreciarse en su performance en solitario del standard “It’s Easy to Remember”, de Rodgers y Hart. El estadounidense muestra un gusto infalible en cada punteo, en cada sucesión de acordes y en las notas pisadas a las que les arranca un cuarto de tono.
En el contrabajo, Don Wilner es otro fenómeno de sonido, de afinación, de ritmo y de sabia complicidad para el seguimiento de esos monstruos que son Britos y Pizzarelli. Y el cubano Jorge García, en la segunda guitarra, siendo el menos brillante del cuarteto, es, de todos modos, un artista solvente con muy buen destaque en el “I Got Rhythm” del final.
Si de elegir se trata, entre las maravillosas versiones que se hicieron en estos 90 minutos de música, este cronista opta por los temas más sosegados, donde el tempo elegido dio margen a un swing igualmente contagioso pero a un mayor regodeo en el fraseo.
Elijo, entonces, “Moonglow” “Confessin’” y “Nuages”. Este notable tema de Django Reinhardt permitió apreciar más que ningún otro la real estatura de estos músicos. Y dio lugar a ese momento mágico de improvisación donde el propio Pizzarelli pidió cancha para un tercer “coro” no previsto y avisó después, gesticulándole a Britos, que él cerraría el tema, lo que pareció otra genialidad fuera del libreto.