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Con el Ballet Nacional del Sodre está ocurriendo algo extraordinario. Desde que asumió Julio Bocca como director artístico, se han puesto en escena nueve espectáculos: cinco obras clásicas (“Giselle”, “El Lago de los Cisnes”, “El Corsario”, “El Cascanueces” y “La Bayadera”), otra moderna con música de Bela Bartok (“Un tranvía llamado Deseo”) y tres galas de Ballet con diversas muestras de estilos coreográficos en obras cortas de variado espectro musical. Pues bien: en ningún caso el Ballet Nacional ha defraudado y nunca tuvo un tropezón ni ha sido objeto de serios reparos. Al contrario. Ha crecido paso a paso, ha llenado salas en todas las funciones, ha logrado entusiasmar a un público generoso en el aplauso y pródigo en el elogio y se ha convertido por méritos propios en una compañía solvente y confiable.
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Por supuesto que el responsable directo es Bocca, pero el cuerpo de baile ha respondido con entrega, sacrificio y devoción. El talismán para todo ello es saber que se están haciendo las cosas bien y creer en un conductor, amén de trabajar en condiciones satisfactorias y tener a disposición el espléndido Auditorio Adela Reta, sin desmerecer la experiencia de poder hacer giras nacionales e internacionales y cumplir puntualmente con temporadas cuidadosamente planificadas donde no caben el desorden ni la improvisación. Eso, que se llama disciplina en la conducción, tiene un único e inevitable resultado en los hechos: la profesionalización. No es una compañía que baila. Es un cuerpo de baile de primera línea.
Entonces, esta trilogía ofrecida en Gala de Ballet III debe ser objeto de una mirada rigurosa y nada complaciente. La primera obra es “Leaves Are Fading”, estrenada en 1975 por el coreógrafo británico Antony Tudor sobre temas de Anton Dvorak. En un escenario despojado, solamente un panorama enmarca las hojas verdosas de un bosque, porque al final del verano ya no tienen ese verde intenso ni todavía se han tornado amarillentas, sino que, como dice el título, su color apenas comienza a desvanecerse.
Así se recrea una atmósfera melancólica y poética donde el mismo vestuario de los bailarines, en tonos verdes y ocres, procura reflejar un mismo clima. La música es leve (solamente cuerdas), la danza es sutil y clásica y la figura principal atraviesa ensimismada el escenario mientras ocho mujeres y cuatro hombres van apareciendo y evolucionan a su alrededor. Las parejas se arman y se desarman, hay varios pas-de-deux y solos, tríos y cuartetos que siempre mantienen la suavidad de la propuesta, que requiere gracia y destreza pero que no exige desplazamientos espectaculares.
Todo lo contrario ocurre en “Without Words”, enérgica apuesta del coreógrafo español Nacho Duato estrenada en 1998 por el American Ballet Theater. En un escenario oscuro y vacío, iluminado solamente por tenues luces laterales y donde se observa al fondo una pálida y cambiante fotografía de los protagonistas, los cuerpos semidesnudos de los bailarines evolucionan gimnásticamente al ritmo de la música de Franz Schubert, ejecutada por Élida Giancarelli al piano, con acompañamiento de Roberto Martínez del Puerto en cello. Frente a la delicadeza clásica de la obra previa, esta transmite fuerza vital y una sensualidad alejada de todo romanticismo. Los intérpretes rinden con pareja eficiencia y hay lucimientos varios en los complicados movimientos diseñados por Duato, poniendo de manifiesto no solamente físicos bien trabajados sino una plástica elasticidad corporal. Las figuras recortadas sobre fondo negro enfatizan un trabajo despojado de toda ornamentación, donde nada distrae al espectador ni le hace percibir la extensión del escenario contra el espacio siempre reducido donde se desarrolla la acción principal.
Pero la mayor expectativa recae naturalmente en “Tres hologramas”, colaboración entre Martín Inthamoussú y Jorge Drexler. Está colocada estratégicamente al final, y luego de observar el resultado hay que decir que este trío vale por cuatro, porque muchos podrían conocer el trabajo de Inthamoussú como coreógrafo e intérprete (aunque gran parte de este se ha desarrollado en el exterior) pero el de Drexler es absolutamente sorprendente, pues compone una partitura de 23 minutos en base a guitarra y percusión con fusión de ritmos tropicales, bossa nova y candombe.
Esta vez, el escenario se llena de luz y color, poblado de bailarines que aprovechan los espacios generosamente con una tónica moderna. El tema toca el dilema de un hombre que evoca sus recuerdos (o tal vez invoca sus propios deseos): mujer, madre, padre, novia, niño, amiga, amigo, son todos personajes que se superponen e interactúan ágilmente, con una vivacidad y un dinamismo que el público sabe apreciar con una cerrada ovación. Gala de Ballet III es un espectáculo sólido, variado y, sobre todo, de exquisita calidad. Un paso más en los terrenos de un recorrido muy exitoso.