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    Cuatro miradas a una puerta giratoria

    Galería de la Ciudadela celebra sus 30 años en el World Trade Center

    El lugar está concurrido. Entra y sale gente todo el tiempo. Es amplio, moderno y luminoso. En el medio, un mostrador resguarda a dos chicas que amablemente ofrecen información sobre la muestra o sobre cualquier asunto vinculado al mundo de oficinas y empresas que conviven gratamente en la torre 3 del World Trade Center, ubicada en un punto privilegiado, a pocos metros de 26 de Marzo y la Rambla. Se trata de un complejo de edificios que encierra un micromundo entre locales comerciales, restaurantes y una amplia plaza llena de esculturas coloridas, diversas, diseñadas para marcar presencia y dialogar en ese entorno tan particular.

    De nochecita, el sitio hierve, en especial este hall al que uno debe entrar a contramano, cuando todo el mundo sale. A un lado, un ascensor que no para de encender las luces, va y viene de la planta baja hasta el piso más alto, que es muy alto. En ese entorno, una figura con palomas en la cabeza parece observar el movimiento con ojos divertidos. Es un retrato que ocupa la superficie de un cuadro, un dibujo atractivo en tonos grises, de líneas sueltas, livianas. Describen un rostro especial, cargado de sentido, rápidamente identificable. Son líneas que se enroscan, que arman círculos, que juegan con algún detalle cubista, con la idea de una cara muy especial. Es Pablo Picasso, o mejor, un homenaje a Picasso recreado por la mano precisa que posee un gran dibujante: el artista uruguayo Carlos Barea. Hay varias obras en esa planta baja transitada, en ese edificio de oficinistas apurados por volver a casa. Piezas de Barea (1954), de Ernesto Vila (1936), de Carlos Seveso (1954) y de Carlos Musso (1954).

    Uno de los cuadros de Carlos Seveso

    Apenas uno ingresa a ese sitio, en cierta forma intervenido por el color y las formas, no puede pensar en otra cosa que en el encuentro de mundos tan dispares y en cómo el arte puede provocar más allá de su primera intención. La propuesta, organizada por Galería de la Ciudadela (Peatonal Sarandí, a pocos pasos de la Plaza Independencia) como celebración de sus 30 años de historia, no sólo reúne a cuatro creadores de gran nivel aunque de miradas distintas, sino que incluye un “bonus track” seguramente impensado. Es el lugar, donde ya existe una cierta tradición de exposiciones. Y el problema es que, debido a las características del espacio, el hall de un edificio puede convertirse, paradójicamente, en el lugar menos indicado para una muestra con estas características.

    Pero estos artistas potentes, diversos, notables en muchos sentidos, invaden y conquistan un sitio casi público, abierto, ruidoso e imprevisible. Y lo hacen con los trazos sutiles del dibujo de Barea o de sus obras que exploran técnicas y oficios, con los juegos envidiables de precisión y delicadeza en el trabajo con y sobre el papel de Vila, en las figuras inquietantes de Seveso o en la carga poderosa de colores, formas y sugerencias de Musso.

    Son tres pintores y un dibujante de gran porte, tres de la misma generación (Barea, Seveso, Musso) unidos por muchas razones, entre ellas, la amistad y el tiempo en que les tocó forjarse. Años muy especiales los setenta y ochenta, décadas que seguramente marcaron a fuego su historia personal y su periplo. Son artistas de un perfil muy especial, en muchos casos, de una construcción narrativa determinante, finamente dedicados a ubicarse en un proceso contemporáneo que trabaja sobre la memoria, sobre un imaginario complejo, cargado de referentes sociales pero, sobre todo, culturales.

    Así es que se destacan el ya mencionado Picasso de Barea, otro cuadro suyo con cierto corte surrealista que pone a volar el Submarino Amarillo de los Beatles, las obras de Seveso donde aparece una “diana cazadora”, pequeña, en cuclillas, en tono rojizo con una fina y apenas iluminada silueta en amarillo, con un arma en la mano en medio de un bosque amenazante, o el propio trabajo de Musso, más complejo en su construcción, donde se impone la pintura en estado más puro. Sus cuadros impresionan por la imponente fortaleza de su trazo: pinceladas cargadas, tonos que de lejos impactan por su crudeza y originalidad pero que terminan conquistando por la composición, de impactante belleza. Entre esos colores que parecen organizar las formas, se descubren algunas tazas humeantes, apenas delineadas, perdidas entre imágenes pesadas, indefinibles, entre brumas o en el velo impuesto por la propia materia que permite imaginar un cuerpo casi construido sin querer con el propio empuje pictórico. Algo que parece una mesa, aunque no importe demasiado. Importa, sí, esa contundencia compositiva en un límite impreciso, por momentos descriptivo y por momentos profundamente sugerente.

    En cambio, lo que importa en Barea es el dibujo, la exploración de límites, sus construcciones referenciales. Y, desde allí, el manejo confiado del color, de la materia desplegada en líneas como si el pincel fuera un lápiz. En Seveso, la pintura en tonos más suaves, entre luces y sombras, provoca una sensación de inquietud profunda y de riquísimo vuelo espiritual.

    Pero entre ellos también está Ernesto Vila. De otro rumbo. Un artista que atraviesa estos tiempos con la precisión y certeza de un maestro, con la entereza de alguien que construye desde otro lado. Podría decirse que enfrentó la contemporaneidad desde la prosaica belleza de un papel arrugado, recortado sobre cartones y apenas coloreado. Vila construye retratos o historias pero, sobre todo, parece descubrir lo que nadie podría descubrir, desde la materia cotidiana, desde el collage, siempre peligroso, siempre arriesgado. En definitiva, cuatro artistas, cuatro miradas profundamente personales sobre este mundo tan parecido a una puerta giratoria.

    30 años de Galería de la Ciudadela: Carlos Barea, Carlos Musso, Carlos Seveso y Ernesto Vila. Torre 3 del WTC. Luis A. de Herrera y 26 de Marzo. De lunes a viernes de 8 a 20 horas, hasta el 12 de junio.