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    Daniel Sturla, un arzobispo de Montevideo que no se considera un “revolucionario” pero que despierta apoyos y “tensión” en la Iglesia

    “En un país en que la iglesia tradicionalmente no ha tenido un papel tan protagónico como en otros países de la región” la nueva autoridad católica “ha logrado despertar interés incluso en una sociedad tan ‘laica’ como la uruguaya”, según una encuesta de Cifra; entre los que opinan sobre su gestión la visión “es casi unánimemente positiva”

    Desde hacía dos años que Daniel Sturla integraba el grupo jesuita de los Castores de Emaús, un movimiento que desarrollaba tareas sociales en barrios pobres de Montevideo, cuando el viernes santo de 1975 los militares detuvieron a varios sacerdotes y laicos de la Iglesia Católica uruguaya, entre ellos al cura Luis “Perico” Pérez Aguirre.

    Eran épocas de tensión en todos los niveles de la sociedad, incluida la Iglesia Católica, donde la Teología de la Liberación era un parte aguas que llegó hasta la casa de los Sturla. Daniel tenía entonces 15 años, era huérfano de padre, y su madre, convaleciente de una enfermedad que acabaría con su vida al año siguiente, le pidió que abandonara los Castores. Sus cuatro hermanos habían dejado de ir porque en su familia consideraban que estaba “demasiado politizada” y con tendencia pro Frente Amplio. No quería hacerlo, pero la solicitud de su madre fue demasiado para él y accedió.

    “La tensión en la sociedad la sentí muy fuerte en mi familia”, recuerda hoy en su despacho ubicado en el primer piso del Arzobispado de Montevideo, institución que dirige desde marzo. “Esa división de la Iglesia era de algún modo la división que había en toda la sociedad, por eso cuando afloran elementos de polarización hoy lo sufro”.

    Con la partida de los Castores se cerraba una etapa que marcó al arzobispo y que, al menos en parte, explica las características que quiere dar a su gestión en la Iglesia de Montevideo. “Yo no es que sea el tal renovador”, dice Sturla al ser consultado por Búsqueda acerca de sus primeros meses en ese cargo. “Lo que aprendí en casa es el mayor respeto a los pobres, y en los Castores entendí que el ser cristiano implica amar a los pobres; eso lo tengo incorporado”.

    Los primeros gestos del arzobispo, elegido por el papa Francisco el 11 de febrero, le han granjeado apoyo a nivel de la opinión pública según una encuesta de la consultora Cifra, aunque también generan recelo en sectores conservadores de la Iglesia uruguaya.

    Infancia.

    Sturla tiene 54 años, la misma edad que su padre cuando murió de un infarto mientras caminaba por la calle Misiones. En ese momento, los dos hermanos mayores, Martín e Isabel, empezaron a trabajar para mantener a la familia. En su casa “no había un mango”. Su padre había sido un “abogado puntilloso, muy recto, que no hizo fortunas”.

    Tres años después moriría su madre, de 52 años, luego de una larga convalecencia. Cuando los cinco hermanos quedaron huérfanos Daniel, el menor, tenía 16. “A veces me pregunto cómo hicimos los cinco para salir tan bien todos”, dice con una media sonrisa orgullosa que no puede ocultar.

    No sabe si esos hechos incidieron en su opción por una vida religiosa, o al menos no se da cuenta. Lo cierto es que el arzobispo se decidió por la iglesia después de conocer al padre Félix Irureta en el colegio Juan XXIII, quien le planteó la idea de que se hiciera cura.

    “Cuando entré en el Juan XXIII como alumno había un clima distinto, no sentía el tironeo que viví antes, entre una Iglesia más comprometida con los pobres y de algún modo embanderada socialmente, y una Iglesia más tradicional, más espiritual”, añade. “En la congregación salesiana vi la síntesis que buscaba, me sentí sumamente identificado”.

    Sin embargo, no aceptó la propuesta del sacerdocio de inmediato. Entre los hermanos Sturla había una tradición de permitirle a los más chicos “el changüí” de un año sin trabajar después de culminar la Secundaria. Tenían que empezar los estudios terciarios en seguida y Daniel optó por Derecho y Profesorado de Historia, carreras que abandonó para entrar al seminario. “Siempre digo que antes que trabajar me metí a cura”, bromea al respecto.

    La política.

    No le gusta hipotetizar, pero sabe que si no se hacía sacerdote hubiese tenido mayor militancia política. Es que religión y política fueron las “dos pasiones” que instaló su padre en el hogar. Incluso su madre, hija de un batllista anticlerical, se convirtió al catolicismo al influjo de su esposo.

    El 10 de setiembre de 1978 Daniel Sturla participó en su último acto político partidario. Todavía recuerda la tensión que se vivía en ese momento como consecuencia del asesinato de Cecilia Fontana de Heber, quien murió envenenada cinco días antes al tomar vino de una botella que habían enviado a su esposo Mario Heber y a los otros dos integrantes del Triunvirato del Partido Nacional.

    Sturla tenía 19 años y sabía que los militares iban a fichar a todos los que ese día fueran a dejar una flor blanca a los pies del monumento a Aparicio Saravia, una tradición partidaria que tenía una simbología especial en dictadura. Sabía también que no iba a volver a tener militancia política activa porque ya había decidido seguir una vida religiosa.

    El que siguió en política fue su hermano mayor. Héctor Martín Sturla fue electo diputado en 1984 y todos le auguraban un futuro político excepcional. Con 33 años fue uno de los autores de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado. Cuando habla de su hermano, la admiración le sale por los poros. Lo defiende porque está convencido de que las cosas que hizo tenían el objetivo de “salvar al país”. “No es que lo hayan hecho con regocijo”, añade. Por eso, su única visita a Martín cuando era parlamentario, fue el día que se aprobó la polémica ley. “Fui a darle un abrazo”, recuerda Sturla.

    Héctor Martín Sturla murió en 1991, a los 37 años. Otra muerte prematura en la familia; “un dato de la realidad y nada más” para el jefe de la Iglesia capitalina.

    Dudas.

    Después de un año en el seminario, el actual arzobispo estaba repleto de dudas. Era novicio, todavía no había asumido “ningún compromiso”, dice, y le parecía que la “vocación” religiosa era “algo hermoso” para lo que no calzaba los puntos. “Un sacerdote me ayudó muchísimo”, recuerda. “Me hizo ver que no es que tengas que llegar a un grado de perfección para ser elegido por Dios, sino que Dios te elige entre la gente, y después te da la gracia para poder seguir adelante”.

    Ese no fue su único momento de vacilación. Los religiosos hacen sus votos por año en tres ocasiones, luego una vez por un período de tres años, y recién entonces se hacen los votos perpetuos. Cuando Sturla se enfrentó a la última etapa, en 1986, tuvo que pedir ayuda a un psicólogo para “despejar algunas dudas”. El 21 de noviembre de 1987 fue ordenado sacerdote en la Congregación Salesianos de Don Bosco y no se arrepiente.

    Como seminarista estuvo en los orígenes del Movimiento Tacurú, cuando con otros compañeros trataba de sacar a los niños de la calle. Corría el año 1981. “Los miércoles de tarde nos íbamos a Paso Molino, ahí había un quisco de venta de caramelos que ya estaban embolsados para que los chiquilines los vendieran en el ómnibus. Lo que hacíamos era contactar a los gurises, preguntarles dónde vivían y después visitarlos en sus casas”, relata. “Ahí vimos que los grandes núcleos estaban en Cerro Norte y Aparicio Saravia, dos barrios complicados”. Pese a las cosas duras que vio, recuerda esa época como “una experiencia lindísima”.

    Le hubiera gustado irse de misionero como lo han hecho otros salesianos —hay siete uruguayos en África: uno en Etiopía y seis en Angola—. Admite que no tuvo el valor de lanzarse a esa aventura entre otras cosas porque no quería estar lejos de su familia.

    Aun así, su carrera en la congregación fue sobre ruedas. Llegó a director del Instituto Preuniversitario Juan XXIII y en 2008 inspector salesiano para Uruguay. Su contacto con los jóvenes durante sus tareas en el colegio se notan en el tono condescendiente con el que da la homilía en las misas, pero no cuando tiene que evocar su pasado o definirse como pastor de la Iglesia. En esos casos su tono es más resuelto, aunque aún afable.

    El 10 de diciembre del 2011 Benedicto XVI lo designó obispo auxiliar de Montevideo, el último nombramiento papal para Uruguay antes de la llegada de Francisco al Vaticano.

    Y será Francisco quien lo elija arzobispo de Montevideo en sustitución de Nicolás Cotugno, que debió renunciar por alcanzar los 75 años de edad. La decisión fue una sorpresa en ámbitos de la Iglesia porque se trataba del obispo más nuevo de toda la Conferencia Episcopal Uruguaya.

    Pero más sorpresivas serían algunas actitudes que adoptó Sturla después que asumió el cargo.

    Apoyos y críticas.

    El domingo 18 por la mañana las nubes impedían que el sol aliviara uno de los primeros fríos otoñales. Con la puntualidad que lo caracteriza, Sturla llegó al cantero de Avenida Italia a la altura de Abacú. Allí lo esperaban casi un centenar de personas, algunos vestidos de traje y otros con uniforme militar. “Vengo para unirme con la oración al dolor de los familiares y los compañeros de estos soldados caídos en el cumplimiento de su deber”, dijo después de explicar que su presencia en el homenaje que el Círculo Militar a los cuatro militares asesinados por el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) en 1972 respondía a una invitación del presidente de la institución, Juan Córdoba. “La oración por los difuntos no tiene bandera, ni color; ni otro fin que ponernos delante de Dios y de su misericordia, con sentimientos de humildad, de justicia y de perdón”.

    Ni bien terminó, se subió a su auto, un Chevrolet Spark plateado, y partió presuroso a la Catedral de Montevideo para dar la misa de las 11. Sus citas del domingo incluían también visitas a varios enfermos y una celebración de confirmación en la parroquia San José de la Montaña, en Carrasco.

    La agenda del arzobispo ha estado tapada desde que asumió y por eso se levanta todos los días a las 6.25 de la mañana. Aclara que solo pidió entrevistas al presidente José Mujica, al vicepresidente Danilo Astori y a la intendenta de Montevideo, Ana Olivera. El resto han sido invitaciones que le llegan. Una lista no exhaustiva de sus actividades pasadas incluye visitas al PIT-CNT, a la Cámara de Comercio, a la sede de los Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay (Daecpu), una reunión con la Asociación de Familias de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans y Homoparentales del Uruguay, al homenaje a los ocho militantes comunistas en la seccional 20 y al de los militares asesinados por el MLN-T.

    Un conocido le dijo que a nivel político “hay hambre de diálogo” con la Iglesia Católica. Y Sturla no piensa desaprovechar la oportunidad. Su estrategia, según sus allegados, es mostrar una institución “de puertas abiertas” a la sociedad. En sus apariciones públicas ha mostrado un discurso más conciliador que su antecesor en temas como el aborto, la homosexualidad y la legalización del mercado de marihuana.

    Los planteos del arzobispo parecen granjearle apoyo en la opinión pública, a juzgar por una encuesta elaborada por Cifra para Búsqueda. Seis de cada diez uruguayos tienen opinión formada sobre el impacto del nombramiento del nuevo arzobispo de Montevideo para la Iglesia Católica en Uruguay. Opinan los católicos practicantes, pero también opina casi la mitad de los que no se consideran católicos. “En un país en que la Iglesia tradicionalmente no ha tenido un papel tan protagónico como en otros países de la región, Sturla ha logrado despertar interés incluso en una sociedad tan ‘laica’ como la uruguaya”, señala un informe de la consultora.

    Y entre los que opinan, “la visión es casi unánimemente positiva”, añade Cifra. “El 52% del conjunto de los uruguayos considera que el nombramiento de Sturla es positivo y apenas el 3% que es negativo. Si se analiza la opinión de diferentes grupos, parecería que los católicos están más a favor que el resto de la población, pero en realidad la diferencia se debe a que los más lejanos a la iglesia opinan menos, no a que tengan más juicios negativos”.

    “No es un personaje”, se apresura a aclarar Sturla cuando se le pregunta por sus actividades públicas. Cree que si actúa así es porque lo siente y porque tener un Papa como Francisco hace que me dé “más libertad”. “Benedicto era un teólogo, un pensador, pero se había instalado un pesimismo grande, mientras que Francisco trajo mucho optimismo”, opina.

    “El hecho de que primero está el anuncio de Cristo y después está la moral ya lo había dicho Benedicto en su primera carta, pero en un lenguaje complicado”, explica. “En cambio, Francisco lo dice de un modo más descarnado”. Por eso, Sturla no duda en decir que se “siente identificado” con el Papa argentino. “No soy un revolucionario y creo que Francisco tampoco”.

    El arzobispo es consciente de que algunas de sus opiniones (en varias entrevistas dijo que bautizaría a los hijos de parejas del mismo sexo, no condenó la ley que habilita la venta de marihuana y dijo que la despenalización del aborto es una herida que hay que sanar) han generado malestar entre los católicos más conservadores. “Hay tensión y se lo hacen notar”, relata uno de sus allegados. Consultado al respecto, Sturla dice que se ha reunido con sus críticos cada vez que se lo han pedido.

    En el Facebook de la Conferencia Episcopal Uruguaya y en el correo personal de Sturla ha recibido críticas —también algunos insultos— por su posicionamiento con respecto a varios de esos temas sociales, lo que despertó preocupación en el entorno del arzobispo. Algunos creen que es momento de que baje un poco su perfil.

    Un vegetariano y la carne.

    Pero sus apariciones públicas también le han traído dolores de cabeza fuera de la Iglesia. El arzobispo se pronunció en contra de la baja de la edad de imputabilidad a 16 años, una reforma constitucional que se pondrá a votación junto con las elecciones nacionales y que impulsan sectores del Partido Nacional y del Partido Colorado. Su opinión generó críticas de parte del precandidato Pedro Bordaberry (Vamos Uruguay) y el senador y ex presidente Luis Alberto Lacalle, ambos católicos practicantes.

    La encuesta de Cifra marca que “la mayoría absoluta de los votantes de todos los partidos expresa un juicio positivo sobre el nuevo arzobispo, y los más positivos son los votantes del Frente Amplio. Entre los grupos analizados, entre el 1 y el 4% de cada grupo piensa que Sturla es negativo para la Iglesia. En el único grupo en que alcanza el 5% de juicios negativos es entre las personas que se identifican con la derecha, pero incluso en ese grupo, donde visiones más liberales podrían despertar más resistencias, el 52% piensa que el nombramiento es positivo”.

    El informe de Cifra sostiene que la discusión por el tema de la reforma constitucional “algún impacto seguramente tuvo” sobre la postura de los encuestados ya que “Sturla es más popular entre quienes están en contra de bajar la edad de imputabilidad que entre los que están a favor (57% y 50%, respectivamente), pero inclusive en este último grupo apenas el 4% considera que su nombramiento perjudica a la Iglesia uruguaya”.

    Las discrepancias con Lacalle Herrera es más sorpresiva debido a que Sturla proviene de una familia blanca —su hermano Héctor Martín fue diputado por ese partido— y mantiene buena relación con los dirigentes nacionalistas. Incluso, casó a Luis Lacalle Pou, actual precandidato presidencial, y bautizó a todos sus hijos.

    Para el arzobispo la discusión con Bordaberry y Lacalle quedó atrás. Igual mantiene su opinión contra la baja en la edad de imputabilidad. Para reafirmar su posición, recurre a una comparación que le hizo un amigo: “Pedirle que esté de acuerdo con la reforma a un salesiano que ha trabajado con chicos de barrios complicados es como que le pidan a un vegetariano que coma carne”.

    Información Nacional
    2014-05-22T00:00:00

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