En España tuve que reaprender mi lengua materna. Aunque en mi casa se hablaba el castellano de España y el catalán, décadas después la lengua peninsular había mutado.
En España tuve que reaprender mi lengua materna. Aunque en mi casa se hablaba el castellano de España y el catalán, décadas después la lengua peninsular había mutado.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáYo ya era una sudamericana con su español del Río de la Plata. Así, aprendí no pedir jamás en una tienda un pantalón de talle mediano. Nadie me entendía. Porque en la península se dice talla y no talle.
Pero además, los españoles utilizan la palabra “talla” para variadas metáforas.

Almudena Grandes, en su conmovedora novela El lector de Julio Verne, usa esta metáfora con sabia habilidad: el protagonista es un niño petiso, no da la talla para ser guardia civil, es decir, policía torturador del franquismo. No le dan los centímetros. Pero la novela nos enseña que sí da la talla para ser un gran lector y una buena persona.
Hace poco, una persona muy poderosa del Uruguay de los últimos 25 años utilizó esta metáfora muy española para descalificar a un maestro de escuela: “no da la talla”, dijo.
Busco en el diccionario de la RAE y encuentro diferentes acepciones: 2. f Estatura o altura de las personas./3. f. Instrumento para medir la estatura de las personas./4. f. Medida convencional usada en la fabricación y venta de prendas de vestir.5. f. Altura moral o intelectual.
Y más adelante: loc. verb. Ser apto para algo.
Como docente, sentí el discurso repetido de los profesionales VIP, es decir, los que estudiaron las clásicas carreras criollas: medicina o abogacía, grupo al que se sumaron con los avances tecnológicos los ingenieros en todas sus ramas.
Huele a casta, a veces me digo. Y pienso en los dos meses en que traté de estudiar en la Facultad de Derecho, obligada por la familia, cuando era una adolescente que pesaba 45 kilos. Una estría me partía el pecho en dos cuando asistía a aquellas clases de Derecho Romano, de Derecho Constitucional. Los profesores eran de primera, por suerte no habían sido tocados por la dictadura.
Pero aquello no era lo mío: ¡no daba la talla! Lo mío era Dostoievsky, Poe, Balzac, Kafka.
Huí despavorida. Y entré al IPA. Ya no era el gran IPA de otrora. La dictadura había alegremente sumariado a muchos docentes. Pero el ambiente era de gente luchadora, laburante, convencida, vocacional. Nos reuníamos en grupos de estudio, nos comprábamos libros que compartíamos, nos matábamos estudiando para los exámenes obligatorios sin texto a la vista. Nos recitábamos mutuamente el capítulo 1 de don Quijote. Fue la única vez que tomé mate: quería quedarme despierta estudiando.
Dábamos la talla.
Hoy, los médicos y los abogados están en el Parlamento, en los ministerios. Algún profesor ha pedido pase en comisión para trabajar con ellos.
Allá su talla. Ahora soy una profe gordita, todos los días de mi vida estudio para mis clases, solo sé que no sé nada y por suerte, no doy la talla para directora, inspectora ni ministra.
Menos cuando escuelas y liceos están en el estado penoso que manifestaron los niños de San Gregorio y la delegada de Fenapes, Isabel Jaureguy.
Pero amo dar clase.