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Damos hoy por cosa cierta, explicable y hasta inevitable, que un Homero Simpson marque el patrón del discurso social. Pero hace un siglo, cuando Ortega y Gasset publicó las ideas que forman la columna vertebral de mis últimos textos en Búsqueda, muchos creyeron estar leyendo ciencia ficción. ¿Cómo había sido posible que las masas lograsen ocupar tanto espacio y hubiesen acumulado tanto poder? ¿Cuáles fueron los motivos de ese avance arrollador del hombre mediocre?
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Ortega ubicó el origen de este fenómeno en las postrimerías del siglo XIX, cuando se echaron las bases para una civilización nueva y radicalmente diversa a todo lo conocido anteriormente: la sociedad democrática. Pero también aclaró que la técnica había sido responsable, pues al mejorar las condiciones de vida había multiplicado la población. Por eso, detrás del avance incontenible del hombre masa, encontramos la combinación de estos dos factores: el triunfo del sistema democrático y el desarrollo tecnológico y científico.
Una vez dicho esto es menester hacer una aclaración: la democracia liberal, que Ortega denomina “vieja democracia”, estaba caracterizada por el respeto a la ley y al equilibrio. Bajo la égida de los principios liberales y las normas jurídicas las minorías tenían su espacio garantizado y la acción directa había sido reducida a su mínima expresión. En consecuencia, democracia, ley, equilibrio social y convivencia legal eran sinónimos. Pero el avance de las masas y su conquista del espacio público habían llevado, según Ortega, al triunfo de “una hiperdemocracia”. Éste era un sistema dentro del cual la masa, a través de las presiones que ejercía, anulaba la ley, desempolvaba el arma de la acción directa y eliminaba el frágil equilibrio social.
Digámoslo de una manera más nítida: gracias al voto universal, el hombre mediocre pudo elegir y ser elegido; siendo mayoría, muy pronto desplazó al hombre selecto del poder, poniendo en su lugar a un primus inter pares, es decir a alguien como él, a alguien que razonaba como él, a alguien que hablaba como él y que veía el mundo como él. “Yo dudo”, escribió Ortega, “que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia”.
El análisis del filósofo español resultó completamente certero pues a 80 años de ser formulado vemos cómo la acción directa ejercida por los grupos de intereses ha enterrado al viejo ejercicio parlamentario y liquidado todo atisbo de equilibrio, de norma jurídica y de convivencia social. La explicación básica al creciente autoritarismo por parte del hombre masa es que la mediocridad no tolera lo que es diferente a ella. Por eso, la oposición (política o cultural) no es respetada. América Latina, falsamente progresista, es una prueba brutal del acierto de Ortega y Gasset.
Atemos el siguiente cabo antes de seguir: a comienzos del siglo XX se estableció “el brutal imperio de las masas”; dentro del mismo se produjo una larga serie de nivelaciones; todos pasaron a parecerse cada vez más, a leer las mismas cosas, a hablar de la misma manera, a acudir a los mismos espectáculos y a compartir las mismas ideas. Humboldt, el científico alemán, había dicho que para que lo humano se enriqueciese y se perfeccionase era necesario que existiese “variedad de situaciones”. Según esta idea (compartida por Ortega), el avance de la masa había empobrecido a la sociedad pues se había entrado en el campo del pensamiento único, no porque no hubiese otros pero sí porque esos otros pensamientos no tenían posibilidad de hacerse oir, no pesaban, no decidían, no contaban.
El Calibán de Shakespeare se había comido al bueno e ilustrado Ariel. José Enrique Rodó había equivocado su pronóstico, o entonces (¿por qué no?) en el fondo siempre había sabido que su mensaje sólo era el canto de cisne de una época.
Encaramado en el poder, el hombre masa impuso un gobierno que sólo apuntaba a evitar escollos. No había (no la hay en el universo de la mediocridad) la ambición de superar obstáculos o el interés por el largo plazo, pues en su mundo lo único que cuenta es el momento. Al quedar controlada por el hombre masa, la sociedad perdió todo proyecto de porvenir y quedó suspendida en un constante hoy, flotando en el instante sin hilo conductor.
Mediocridad generalizada, supersticiones en vez de ideales, combate sórdido a la originalidad, desinterés absoluto por explotar las potencialidades inherentes y miedo a perder lo que ya se tiene: he aquí el documento de identidad del hombre masa.
Estas consideraciones generan un repertorio de inquietantes conclusiones. Una de ellas es que el progreso no es algo seguro. Es más: la ocupación por parte de las masas de todos los espacios públicos, sociales y políticos (no así el económico, en donde la necesidad de la excelencia funciona como un efectivo antídoto) amenaza impulsar una regresión, si bien no necesariamente en todos los sectores.
Podríamos jugar un poco con la fórmula de Darwin, ponerla boca abajo y decir que en una sociedad de mediocres la lucha por la supervivencia la ganan los menos aptos. Es para pensarlo.