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    De asombro en asombro

    El Centro Cultural de Música trajo a joven pianista británico

    La presentación del pianista británico Benjamin Grosvenor el viernes 26 en el Teatro Solís, dentro de la temporada del Centro Cultural de Música, superó las expectativas de muchos asistentes al recital, incluido las de quien escribe estas líneas.

    Hoy por hoy, con YouTube y Spotify, o con una discoteca al día, más de un aficionado puede saber de antemano quién es y qué puntos calza el músico que se le pone delante en un escenario. Pero ya se sabe que, ni mejor ni peor, la experiencia de un recital en vivo es diferente.

    Una audición selecta de la discografía de Grosvenor permite constatar que en las grabaciones más recientes —la última es de 2016— su poder de comunicación ha crecido respecto a las anteriores. Pero tengamos en cuenta que Grosvenor tiene hoy 24 años de edad y que lo que uno puede considerar subjetivamente menos comunicativo, es algo que grabó cuando tenía veinte años o aun menos. El repertorio que tocó en el Solís —Mozart, Schumann, Beethoven, Scriabin, Granados y Liszt—, sabiendo la edad del solista, hizo que muchos esbozaran una mueca de duda antes del concierto. Sin embargo fuimos, paso a paso, de asombro en asombro.

    El fuego se abrió con el Arabeske opus 18 de Schumann (1810-1856), cantado en toda la línea por Grosvenor en una media voz de extrema delicadeza. Diría que bajó un escalón dinámico, y donde otros pianistas hacen mezzoforte y piano, él hizo piano y pianissimo. Los ritardandos y de tanto en tanto unos brevísimos silencios, aumentaron más la intensidad emocional del discurso en esta pequeña joya schumanniana. Siguió Mozart (1756-1791) con la Sonata I.K.333, en lo que quizás fue lo menos lucido de la noche. Un allegro inicial y un allegreto grazioso final con dedos infalibles y parejos. En el medio el andante expuesto de manera plana, sin relieves de matiz, con escasa hondura expresiva. Para usar una expresión inglesa con el pianista británico, quizás Mozart no sea su cup of tea. Pero es prematuro afirmarlo; tiene 24 años.

    La sonata Claro de Luna de Beethoven (1770-1827) fue uno de los puntos más altos de la noche. El adagio del comienzo fue escuchado como en misa por un auditorio que hasta se olvidó de toser. Aquí, una vez más el artista hizo gala de magníficos ligados y gran delicadeza de toque. El breve allegretto intermedio fue un remanso de gracia y buen gusto previo al aterrizaje en el torbellino del presto agitato del final, página difícil si las hay, donde las manos de Grosvenor no solo volaron sino que lograron hacer crecer en oleadas de intensidad expresiva la música hasta una culminación que dejó sin aire a los espectadores. No recuerdo haber escuchado en los últimos años otra versión de esta obra con la limpieza, la musicalidad y el impacto emocional logrados por Grovesnor.

    La segunda parte incluyó la Sonata Nº 2 del ruso Alexander Scriabin (1892-1915), dos movimientos de Goyescas, del español Enrique Granados (1867-1916) y la Rapsodia española de Franz Liszt (1811-1886). Scriabin es un compositor injustamente postergado en los programas. Autor de importantes composiciones para piano, aunque la Sonata Nº 2 no está entre sus obras más atractivas, muestra ya su atrevimiento innovador para la época (1897), transitando entre la estética del romanticismo y algunos brotes del atonalismo que habría de llegar unos años después. Las Goyescas de Granados, compuestas en 1911, son un excelente ejemplo de la fusión tan empleada por el autor, entre la tradición netamente romántica (Chopin, Schubert, Schumann) con el nacionalismo y folclore español. Por último, la Rapsodia española de Liszt, compuesta en 1863, es una suerte de fantasía sobre aires españoles.

    Las tres obras son de enorme demanda técnica para el solista. Grosvenor hizo Scriabin con una transparencia envidiable entre las dos manos; transitó por Granados con gracejo y matices de color y terminó con un Liszt explosivo, donde el inevitable virtuosismo nunca impidió que entre esa maraña de notas emergiera siempre enhiesto el canto.

    Tuvimos entonces el privilegio de escuchar a un excepcional pianista dotado de un impresionante bagaje técnico y con una versatilidad y una madurez expresiva inusuales para su edad. Como los buenos vinos, con el tiempo va a mejorar aún más. Ojalá podamos volver a disfrutarlo y comprobar que sigue creciendo.