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    De ciencia ficción a temible realidad

    El desarrollo avasallador de la robótica, que venimos desgranando en las últimas columnas en este espacio, supera muy a menudo nuestra capacidad de comprensión y digestión de los escenarios que ya abandonaron el territorio del papel y el pizarrón académico y han comenzado a hacer camino en la vida real de algunas sociedades.

    Está comprobado científicamente, por parte de equipos independientes en diferentes países, que una persona puede controlar la mente de otra que se encuentre en otra parte del planeta. Para que ello sea posible es necesario conectar ambos cerebros a Internet mediante una serie de dispositivos.

    En este como en tantos otros campos de la robótica, los avances se dan a través del juego. Así fue una de las experiencias hechas en el departamento de neurociencia de la Universidad de Washington, en donde se armó un juego que suponía la defensa de una ciudad atacada.

    Un poderoso enemigo bombardeaba la ciudad con misiles mientras que dos personas, situadas a 1.500 metros de distancia entre sí, y conectadas mentalmente, la defendían. Pero solo uno de ellos veía el juego en la pantalla: él era el único que podía saber en qué dirección disparar la batería antiaérea para derribar los misiles.

    El defensor que veía el juego en la pantalla tenía en su cabeza un sistema de electroencefalografía que registraba las señales eléctricas de su cerebro. Su compañero, que no sabía lo que estaba sucediendo, tenía un aparato de estimulación magnética transcraneal sobre la zona cerebral que controla las señales motoras.

    Quien veía el juego le ordenaba mentalmente al otro dónde disparar. En menos de un segundo (¡más exactamente en 650 milisegundos!), el misil era derribado.

    Este proceso se saltea el pasaje de la información por la parte consciente del receptor. Más bien se trata de estímulos (la orden va de la mente de alguien a la mano de otro), lo cual explica la rapidez de respuesta del receptor, que actúa “sin pensar”. En otras universidades se experimenta haciendo pasar la información por el sector consciente del receptor. El objetivo en este caso no es transmitir órdenes sino que pensamientos (sensaciones, planteos, explicaciones científicas, etcétera).

    Quienes se encuentran en la vanguardia de este segundo tipo de experimentos sueñan con que un día no muy lejano “un genio de las ciencias” pueda transmitir sus conocimientos a alumnos en muchas partes del mundo, independientemente del idioma que hablen (también se piensa en desarrollar métodos de traducción).

    Sin embargo, la idea que surge cuando leemos estas cosas es el peligro que implica el control mental que un individuo (o un grupo de personas) puede llegar a tener sobre amplias masas. Imposible no recordar entonces aquellas películas de James Bond en las cuales un ser “malo” poseía un arma capaz de aniquilar a la humanidad. En un futuro no muy lejano el arma puede ser el control mental de millones de personas, que las aniquilaría como seres independientes.

    Hay otros juegos menos peligrosos, o por lo menos que presentan menos problemas éticos. Se trata de aquellos en los cuales un robot juega al ajedrez o a las damas (incluso varias partidas simultáneas) con humanos. En este caso, los humanos no tienen posibilidad alguna de ganar.

    A partir de estos avances de la robótica, el famoso físico británico Stephen Hawking ha comenzado una cruzada para advertir sobre el peligro que —según él— representa la inteligencia artificial para la humanidad.

    Hawking tiene una enfermedad que lo mantiene postrado en una silla de ruedas (en estos momentos se muestra justamente una película sobre su vida) y no puede hablar con su voz propia, sino que lo hace a través de una generada por computadora. En varias entrevistas ha señalado que el nuevo tipo de inteligencia artificial, mucho más sofisticado que lo conocido hasta el momento, tendrá capacidad de desarrollarse independientemente del hombre de carne y hueso, siguiendo tiempos cada vez más rápidos y procesos cada vez más complejos.

    Se plantea así una competencia entre la inteligencia natural, que se desarrolla lentamente debido a la lentitud propia del desarrollo biológico, y la inteligencia artificial, que no depende del desarrollo biológico del hombre sino que de su propia dinámica.

    Según Hawking, el resultado de esta competencia puede representar el fin de la humanidad. Las teorías de películas como Terminator, en donde los robots se independizan y toman el poder en el mundo, se harían realidad.

    Hay que aceptarlo: la robótica ya no es mera ciencia ficción.