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    De grietas y fisuras

    No es broma

    El cambio de gobierno le había dado a Fortunato una gran alegría.

    No tanto por la alternancia político-partidaria, sino sobre todo por los gestos de republicanismo y amor a la democracia exhibidos tanto por el presidente saliente como por el entrante.

    Los abrazos cuasi paterno-filiales, el emotivo cambio de la banda presidencial, los cortos pero afectuosos pasos de entrada del entrante y salida del saliente, del brazo y con sincero respeto mutuo.

    Igual, Fortunato no se conformaba con esto. Los anuncios anticipados de los gremios docentes de hacer paros contra una ley que ni siquiera todavía es anteproyecto, las amenazantes reticencias de los indios pisenetés, atrincherados en sus confortables tolderías y pintados para la guerra, las agresiones (verbales y urinarias) contra la multitudinaria caballada criolla por parte de los esbirros de la inefable Irma Leite Hervida, el agresivo video de los libreros de Tristán Narvaja gritando obscenidades contra los “alcahuetes del patrón” tuvieron una tan rápida como indeseable respuesta.

    Las amenazas de muerte contra los libreros y contra el disfrazado diputado comunista que se puso una remera con la bandera de Cuba el día del traspaso del poder en la Asamblea General (un episodio pendiente en Cuba desde 1959), la huida de Mujica y Topolansky del recinto mientras el presidente pronunciaba su discurso inaugural, tras un himno-libreto de culebrón cantado por una desafiante soprano militante y por un incompleto coro rebelde enfrentados por un quítame allá un si bemol mayor y colócame un mi sostenido menor, huyendo luego tras las bambalinas para cantarle un tango al Pepe y a su consorte (que en vez de El día que me quieras debió haber sido Adiós muchachos), no permitían augurar nada bueno.

    Fortunato se instaló tras la cena frente al televisor, para ver cómo venía este clima medio enrarecido entre vencidos y vencedores, tan diferente al de la Paz de Octubre de 1851, con la que terminó la cruel y desgastante Guerra Grande, “sin vencidos ni vencedores”.

    El informativista, después de mostrar las imágenes de decenas de tomas de posesión de cargos ministeriales, subsecretariales, directorgenerales, subdirectorgenerales, asesorprincipales y demás jerarquías de estreno, sazonadas por miles de besos y abrazos, ostensibles “jeteos” de aspirantes a salir en las fotos de galería, y demás vanidades tradicionales, seguidas de las habituales promesas y propuestas, proyectos y aspiraciones, planes y deseos, procedió a exhibir y comentar algunos otros chisporroteos pos-transmisionales.

    —Un grupo de desubicados lanzaba piedras contra un patrullero en la zona de Casavalle, cuando de un patrullero descendieron varios efectivos policiales acompañados del ministro Bartol, quien intentó disuadir a los violentos informándoles que los recibiría al día siguiente en su recientemente inaugurado despacho ministerial ubicado en Capitán Tula esquina avenida Veinte Metros, para conversar acerca del espíritu de convivencia pacífica y la necesaria armonía barrial. Como algunos de ellos persistían en una actitud hostil, desde otro patrullero descendieron varios policías más, junto al ministro Larrañaga, quien tomó por el cuello a uno de los revoltosos y le dijo en forma enérgica “no sé si entendiste que Bartol los recibe mañana para conversar, pelotudo, déjate de joder y ándate para tu casa a darte un baño de agua fría”, tras lo cual los jóvenes se retiraron pacíficamente del lugar.

    —Todo bien —reflexionó Fortunato para sus adentros—, pero se ve que la cosa sigue picada; aunque no estaba seguro de haber visto esas imágenes, o de haber deseado, casi dormido, que las medidas pacificadoras empezaran cuanto antes a dar resultados.

    —Los incidentes, sin embargo, no quedaron allí —prosiguió el informativista, o al menos eso pensaba (¿o soñaba?) Fortunato—. Un grupo de jóvenes estudiantes visitó la librería de los protagonistas de los insultos a la caravana de caballos y jinetes que acompañó al presidente el primero de marzo, con el fin de adquirir textos de estudio. –Sabemos que ustedes no simpatizan mucho con la libertad, pero igual venimos a comprar unos libros –dijo una joven, solicitando Camino de Servidumbre, de Von Hayek—. Indignado por lo que creyó ser una ironía —prosiguió el informativista— el librero increpó a la joven diciéndole ¡servidumbre es la de ustedes, que se hincan ante el neoliberalismo para destruir las conquistas de los derechos de los más desfavorecidos, vendiendo la patria al capitalismo disolvente y apátrida!, lo cual motivó la reacción de otro de los jóvenes estudiantes, que le calzó terrible golpe de puño al librero, derribándolo sobre uno de los anaqueles que contenía la colección completa de las obras de Marx y Engels, en oferta con 25% de descuento si se paga con la tarjeta de crédito del Bank of California. En medio de la esperable trifulca, irrumpieron en escena un piquete policial encabezado por lo ministros Larrañaga y Pablo da Silveira, quienes restablecieron el orden. Mientras el ministro de Educación les explicaba a todos que la manera de convivir en paz era respetar las ideas de todos, dedicarse a leer todos los libros en vez de desparramarlos por el piso, el ministro Larrañaga retenía al librero presionándolo contra la pared, arriesgando que se cayera un poster del Che Guevara contra el cual lo tenía apretado. “A ver si nos entendemos” –dice el informativista que dijo el ministro del Interior–, “menos blablá injuriante y más respeto por lo que piensan los demás, ¿me entendiste?”, tras lo cual lo dejó retomar el resuello.

    Fortunato ya estaba convencido de que todo esto era un sueño, pero siguió frente a la tele.

    —Estos episodios –dijo el informativista–reflejan evidentemente un cambio de actitud de las fuerzas del orden y de los integrantes del gobierno, pero no dejan de ser preocupantes al reflejar la grieta que existe en nuestra sociedad, que seguramente volverá a notarse en otros casos similares.

    —Vieja –dijo Fortunato refregándose los ojos– me parece que el Guapo entró en acción, con un sistema bastante convincente…

    —Puede ser –dijo la esposa– pero el informativo terminó hace una hora. Capaz que el sueño se te vuelve realidad…

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