En su juventud estudió poesía y fue admirador de Virgilio y de la literatura latina. Para entender sus raíces artísticas, hay que detenerse en el dolce stil novo, un movimiento que integraron varios poetas italianos. De inspiración religiosa, este “dulce estilo nuevo”, tenía influencias de la tradición trovadoresca, con su concepción del amor cortés, que idealizaba a la mujer y a la experiencia amorosa noble y pura. También muchos stilnovistas tuvieron relación con la Universidad de Bologna, donde estaba muy arraigado el pensamiento aristotélico, y a la escuela siciliana de poesía que impulsaban un latín vulgar y fueron creadores del soneto.
Cuando tenía nueve años, vio a Beatriz Portinari, una joven florentina que vivía cerca de su casa. Al parecer se enamoró solo con mirarla. Otras versiones dicen que la vio de nuevo nueve años después y que reafirmó su amor. Si es parte de una leyenda o no, nunca se sabrá. Lo cierto es que el nueve se volvió uno de sus números simbólicos y que en Beatriz el poeta depositó todos los valores de aquel amor cortés de los trovadores. Y la hizo no solo protagonista de la La divina comedia, sino una mediadora con Dios, una especia de agente angelical de su salvación. La Beatriz real murió en 1290 y al año Dante se casó con una mujer llamada Gemma, con quien tuvo cinco hijos. Después comenzó a escribir La vida nueva, un libro autobiográfico cargado de alegoría y misticismo y del dulce estilo nuevo, del que se irá alejando para adoptar un lenguaje más enérgico en la Divina comedia. Con su máxima obra se convirtió en un autor de transición hacia el Renacimiento.
Dantesco
No hay que haber leído a Dante para entender el término dantesco, que enseguida remite a un mundo oscuro, lleno de dolor, de torturas interminables, de olores nauseabundos, de seres sumidos en la desgracia o el castigo. Es el mundo que más trascendió de La divina comedia, el del Infierno. Posiblemente el Purgatorio y el Paraíso sean menos recordados porque el submundo infernal está más cerca de los infiernos terrenales.
Jorge Luis Borges notó otros elementos que hacen más recordable al Infierno que a las otras partes de La divina comedia, y habla de “la variada y afortunada invención de rasgos precisos” y de la “severa topografía con la que Dante levantó su plano infernal”. Lo escribió en Nueve ensayos dantescos (1982), en el que desplegó toda su sabiduría, además de su admiración por Dante. “No le basta decir que, en la oscuridad del séptimo círculo, los condenados entrecierran los ojos para mirarlo; los compara con hombres que se miran bajo una luna incierta o con el viejo sastre que enhebra una aguja”, agrega el poeta para mostrar la maestría del gran poeta.
Este largo viaje imaginario por los tres mundos del más allá se ordena en torno a la simbología del tres. Cada parte tiene 33 cantos, compuestos en tercetos endecasílabos con rima encadenada, es decir, que se entrelazan a lo largo de toda la estrofa. Además de la alusión a la santa trinidad, tiene tres personajes principales: Dante, que representa al ser humano; Virgilio, que simboliza la razón, y Beatriz, símbolo de la fe. En el Infierno se ubica el vicio y el pecado, en el Purgatorio el camino hacia la virtud, en el Paraíso los seres perfectos.
“Es una catedral gótica. ¡Qué laburo de cabeza y de escritura! El endecasílabo con rima encadenada es muy difícil. La poesía no sale solo por inspiración, es trabajo y Dante sacó el poema adelante con una maestría que no parece de este mundo. Ahí hay una actitud frente al arte que he tratado de mostrar en mis clases. Siempre les decía a mis estudiantes: puede no gustarles La divina comedia, tienen todo el derecho, pero reconozcan el trabajo. El arte es laburo, no es ‘poder expresarte’, como muchos creen. Por supuesto que hay expresión, pero también una voluntad de forma”, dice el profesor Charles Ricciardi en conversación con Búsqueda. Jubilado desde 2020, Ricciardi se recibió como profesor de Literatura en 1980, enseñó en Secundaria durante más de 40 años, y también en el Instituto de Profesores Artigas (IPA).
Otros de sus recuerdos sobre Dante en el salón de clase: “Siempre les decía que si Dante fuera solo Edad Media, si La divina comedia fuera solo teocentrismo rimado, no habría por qué leerlo. Por supuesto que hay una impronta medioeval, si se quiere entender esa época está allí, pero Dante supera esa visión”.
La concepción del libro se apoya en la teología cristiana y en la astronomía ptolomeica, que concebía a la Tierra como una esfera inmóvil en el centro del universo. Dante pensó en el Infierno como un cono invertido con nueve círculos que se van estrechando a medida que se desciende y los siete pecados capitales empeoran. Hay despeñaderos, pozos, pantanos y alaridos. Un paisaje dantesco. En el extremo de este cono está “el gusano que horada el mundo”, Lucifer, incrustado en el hielo, igual que los peores traidores de la historia que están a su alrededor. Por ese cono invertido comienza a descender Dante guiado por su maestro Virgilio. El Purgatorio y el Paraíso se estructuran también en círculos según las virtudes, pero allí todo es en ascenso.
Un día Ricciardi en una prueba diagnóstica, antes de empezar el curso, les pidió a los estudiantes que ordenaran los pecados capitales según la importancia que para ellos tenían. “Una muchacha me dijo: ‘pero ninguno es un pecado capital’, y tenía razón. Lo que sucede es que todas las épocas tienen su versión de lo intolerable. Podrá no ser la cristiana medioeval, pero hay una idea moral de occidente que permanece. En toda la cultura occidental, desde muy antiguo, hay una vocación de buscar relaciones simbólicas entre las cosas. Pero no como un capricho del poeta, sino como si realmente hubiera una identidad medio secreta entre una fiera y un pecado. La alegoría no es una incrustación que le hicimos a Dante, es una manera de ver el mundo, te da herramientas para entender ese mundo. Estamos todo el tiempo en un bosque de símbolos. Eso les llega a los estudiantes y eso sedimenta”.
Para el profesor, Dante funciona muy bien en 5º año de Bachillerato, donde se dan autores clásicos en todas las orientaciones. “Los estudiantes ya tienen una fantasía con lo que puede pasar después de la muerte. Aunque no se lo crean, están proclives a reflexionar sobre esos temas”. Por otro lado, es un defensor de la enseñanza de los clásicos en Secundaria. “El primer aliado que tenemos ahí es el autor. El autor bueno se impone solo, y si no gana, deja un sedimento importante.
Ricciardi está convencido de que hay que formar buenos lectores. “Es cierto que los jóvenes no leen, pero tampoco leen los viejos”, dice, y recuerda que uno de los profesores que le enseñó a leer y a detenerse en los detalles fue Domingo Bordoli. Pone como ejemplo el Canto V del Infierno, cuando Dante se encuentra con Paolo y Francesca, dos enamorados que fueron infieles y están condenados con los lujuriosos. “Domingo paraba la lectura cuando Francesca dice que ‘la deseada sonrisa de la amada se interrumpió por el beso del amante’, y preguntaba, ‘¿cómo se besa una sonrisa?’, y nos dejaba pensando. Eso es un buen lector. Uno puede pasar cien veces con todo el bagaje intelectual del estructuralismo o de cualquier corriente literaria y no fijarse en esos detalles. O hay beso o hay sonrisa. Es algo muy sutil. Eso es Dante y eso es enseñar a leer”.
Dante ubicó en el Infierno a muchos de sus enemigos, a figuras literarias, a figuras mitológicas y también a los indiferentes, a esos que no fueron ni buenos ni malos, a los que pasaron por la vida sin dejar ninguna huella, sin ninguna pasión y los condena a correr tras una bandera que nada significa.
“¿Cuál es el Paraíso de Dante?”, se pregunta Ricciardi. “Realmente el Paraíso es que Beatriz lo lleve a ver a Dios o es que esa mujer que no le había dado ni la hora lo haya salvado en el más allá. Ahí tenés una pregunta que se haría un buen lector”.
Dante, el arte y el cine
Grandes artistas de la historia ilustraron La divina comedia, y, por supuesto, la principal fuente de inspiración fue el Infierno. El primero en ilustrar el libro fue Sandro Botticelli por encargo de su principal mecenas, Lorenzo de Pierfrancesco de Medici. Hizo cerca de 100 pinturas, entre ellas, un mapa del Infierno. El inglés William Blake también se inspiró en el mundo dantesco y pintó hacia el final de su vida unas 102 acuarelas.
Pero las ilustraciones más famosas sobre su obra son las del francés Gustavo Doré. La oscuridad y expresividad de su blanco y negro captan la atmósfera lúgubre y siniestra del Infierno. Cuando se cumplieron 700 años del nacimiento de Dante, el gobierno italiano le encargó ilustraciones a Dalí, que realizó 100 acuarelas.
Aunque La divina comedia tiene todo para ser llevada al cine, solo algunos directores se han atrevido a abordar algunos aspectos de la obra. “Podría ser una superproducción, pero es difícil que Hollywood pueda entrarle fácilmente”, dice Ricciardi. Él recuerda una miniserie que el director Peter Greenaway hizo para la BBC sobre el Infierno. “Había montones de cuerpos desnudos. Después continuó un director chileno, Raúl Ruiz, con personajes de traje y corbata. Muy diferentes, pero las referencias estaban allí, es parte de la vigencia”.
Las referencias a los siete pecados capitales aparecen en varias películas, sobre todo relacionadas con asesinos en serie. La más explícita tal vez sea Seven (1995), dirigida por David Fincher. Dos detectives, interpretados por Brad Pitt y Morgan Freeman, deben investigar una serie de terribles asesinatos. Las víctimas habían cometido alguno de los siete pecados y el asesino los había condenado a muertes crueles.
Tal vez quien se acercó más a la topografía infernal de Dante fue el director danés Lars von Trier con La casa de Jack (2018). Matt Dillon es un asesino en serie, pero en “el medio del camino” de su vida de crímenes y sangre, se encuentra con Verge (Bruno Ganz), que lo guía hacia el ultramundo infernal. Es una película escalofriante y al mismo tiempo poética, como la obra que le sirve de inspiración.
Sería muy difícil rastrear la influencia de Dante en otros autores. Ricciardi recuerda a un escritor uruguayo y uno de sus cuentos: Regreso al Aqueronte, de Héctor Galmés. Hay un hombre que busca a su amada, hay un barquero que la recuerda porque está obligado a recordar a todos quienes cruzó. Hay una barca convertida en barco a vapor y cuerpos que vienen de la I Guerra Mundial. Hay un paisaje plano, casi existencialista. Y está Galmés, que se permite cierta ironía hacia un clásico. “Ahí tenés a otro gran lector”, dice Ricciardi.
Hace siete siglos que Dante, desdoblado en personaje, se encontró en una selva oscura y con una puerta que anunciaba: “Abandonen toda esperanza”. Hace siete siglos que la puerta sigue ahí para atravesarla, reflexionar y tal vez inspirar alguna otra obra de arte.