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    De las chimeneas a la espiral de la vida

    Homenaje a Julio Alpuy (1919-2009) en el Museo Nacional de Artes Visuales

    Son cien años de vida y 70 de trayectoria artística en la que Julio Alpuy se expresó a través de la pintura, la escultura, el grabado y el relieve en madera. Discípulo directo de Joaquín Torres García, recibió de él su principal legado, pero siguió un camino propio, original y variado. Su itinerario tuvo etapas bien marcadas, en las que alternaron protagonismo la acuarela, el óleo, la piedra, el mosaico o la madera. “Ser artista no es un oficio especializado. Se siente el impulso de crear algo que lo genera la materia con que se trabaja. La materia se une a la idea, y he ahí el misterio del arte”, dijo en una entrevista el artista. Esas palabras le dan la bienvenida al visitante de la muestra Homenaje a Julio Alpuy (1919-2009), que se expone en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) hasta el 9 de febrero.

    Hace varios meses que la Fundación Julio Alpuy y el MNAV están trabajando en esta exposición a propósito de los cien años del nacimiento del artista. “Fue muy importante la investigación y también la selección, y en esto se destacó especialmente el trabajo de la fundación, a la que pertenece un 80% de las obras que ahora se exponen”, explicó a Búsqueda el arquitecto Rafael Lorente Mourelle, quien fue amigo del artista y ahora curador de la muestra. La Fundación Julio Alpuy surgió luego de su muerte, ocurrida en 2009, con la obra que donó su viuda, Joana Simoes, proveniente de Nueva York. “Ese es el origen de gran parte de la muestra. También hay otras obras excepcionales de instituciones públicas y de colecciones privadas”, agrega Lorente.

    Alpuy nació en Cerro Chato, Tacuarembó, y su infancia y adolescencia estuvieron vinculadas a la naturaleza y a los trabajos rurales. Su mamá falleció cuando tenía 18 meses, por lo tanto prácticamente no la conoció. También sintió la ausencia de su padre, que viajaba a menudo al sur de Brasil como carretero, transportando mercadería. Fue su abuela paterna la encargada de criarlo. “En las obras que comenzó a hacer de 1962 en adelante aparece el tema de la muerte, la vida, la fecundidad, la fertilidad. Estos temas surgen de ese origen, de la crianza a manos de su abuela, también del trabajo a edad temprana”, recuerda Lorente.

    A los 16 años llegó a Montevideo, y recién a los 20 años vio por primera vez una exposición. Hasta ese momento, no había tenido ningún contacto con el arte. Lorente cuenta que un día Alpuy estaba paseando por 18 de Julio y entró al Ateneo de Montevideo, donde había una exposición de José Cuneo de acuarelas de Venecia, perteneciente a su última estadía en Europa. Para el artista veinteañero aquello fue un descubrimiento que marcó su destino, porque se deslumbró con esas acuarelas y sintió que allí había nacido su vocación.

    “Cuando salió de la exposición dijo que le gustaría pintar y dibujar. Se compró unas acuarelas y comenzó a hacerlo de forma autodidacta en paralelo con su trabajo en una imprenta y con el liceo nocturno, que estaba cursando. Entonces su amigo Víctor Bachetta, que pertenecía a la Asociación de Arte Constructivo, se dio cuenta del interés de Alpuy por el dibujo y, como conocía a Torres García, se lo presentó. Eso fue en 1940, todavía no estaba creado el Taller que surgió en 1942, pero Alpuy quedó vinculado a Torres como maestro, que dictaba clases en su casa de la calle Abayubá, y al primer grupo de discípulos”.

    En la muestra del MNAV esta primera etapa está representada bajo el título Chimeneas 1943-1946, obras en acuarela sobre papel en las que refleja la ciudad y su arquitectura. Pertenecen a su momento de formación cuando adopta el constructivismo, pero tienen una impronta muy personal. “Utilizaría la palabra ‘deslumbrante’ para estas obras, porque trabaja con elementos de la ciudad, chimeneas, galpones, estructuras industriales. Las compone con una cuota de originalidad y un diferencial muy señalado. Incorpora elementos que ningún otro integrante del taller había incorporado”, explica Lorente.

    Cuando llegó a Montevideo, Alpuy fue al liceo nocturno y trabajó en varios lugares, el más recordado fue una imprenta donde contrajo plombemia, una enfermedad grave porque el polvo del plomo se instala en los pulmones. Lorente recuerda que tuvo que permanecer por mucho tiempo en cama, que tomaba leche para curarse y que no podía trabajar. “En ese momento lo ayudó un grupo de origen anarquista, libertario, al que pertenecía Bachetta, que todos los meses le pasaba un sobre con dinero con el que pudo mantenerse. Por eso el tema del trabajo y la solidaridad fue esencial para Alpuy en su obra, tanto como la naturaleza”.

    El muralista

    Fue uno de los grandes muralistas que tuvo el país, y esa segunda etapa de su trayectoria está presente en la muestra. Alpuy hizo su primer mural en 1944 con los artistas jóvenes del Taller Torres García para el Hospital Saint Bois, que hoy está bajo el cuidado de Antel. Su trabajo en muralismo lo desarrolló durante cuatro años, en los que fue dejando obras en instituciones y casas particulares. “Había visto en sus viajes el arte egipcio en el que se relataban historias. Entonces en su etapa muralista aparecen personajes como el alfarero, el ceramista, el pintor, el músico, el carpintero, el arquitecto, que también cuentan historias”. Justamente Oficios se llama el mural que pintó en 1955 para el liceo Dámaso Antonio Larrañaga, que aún se conserva y que fue recientemente restaurado (ver Búsqueda 2025).

    En 1951, el arquitecto Ernesto Leborgne, coleccionista, amigo personal del artista y muy vinculado al Taller Torres García, le pidió un mural para su jardín. Alpuy había viajado a Europa y había visitado Rávena, donde conoció sus mosaicos. Entonces el mural para Leborgne lo hizo con pequeños mármoles que él mismo iba cortando y también con pastillas venecianas. “Leborgne recibía las cartas que Alpuy le enviaba mientras viajaba por Extremo Oriente y Europa. En ellas dejó sus impresiones de Egipto, de los grandes murales y pinturas. No es casual que cuando regresó en 1953 haya trabajado en el muralismo con una gran dedicación”, dice Lorente.

    El viajero

    En 1957 Alpuy tuvo una crisis en su arte, y tal vez una crisis personal, que lo llevó a alejarse de Uruguay. En el catálogo que se hizo para la retrospectiva de su obra en el Subte (1999), se publicó una entrevista en la que explicaba que se fue del Uruguay porque hasta ese momento el estilo de sus obras no era el de él, sino el de Torres García. “Él se fue buscando el desarrollo de una obra personal. Con toda la herencia de Torres quería generar su propia obra, su propio legado”, dice Lorente, quien colaboró en aquella muestra de 1999.

    “Fui muy amigo de Alpuy, y siempre decía que Torres había sido como un padre para él. No solo un padre artístico, sino un padre real. Cada vez que iba a su casa tenía un plato de comida, lo alimentó en espíritu y en cuerpo. Él desmentía la imagen rígida y autoritaria que se tenía de Torres”. Años después, Torres García lo fue preparando para que fuera el profesor del taller. Se convirtió en un maestro exigente, y esa misma exigencia la tuvo con su propia obra.

    Alpuy se fue primero a Chile, después a Bogotá y a Venezuela. Tuvo un pequeño período en Europa, en Francia y Alemania, y de allí en 1961 se radicó en Nueva York, donde murió en 2009. La experiencia de esos viajes también la dejó registradas en las obras que integran esta muestra.

    Lorente junto a Oscar Prato y Gustavo Serra, de la Fundación Alpuy, y con el diseñador Rodolfo Fuentes, está trabajando en un nuevo catálogo que amplía el que se hizo en 1999, hasta ahora considerado el más completo sobre su obra.

    En el Soho

    “Hacía tiempo que no trabajaba con madera, ¿qué podía hacer con una tabla? Recorté una forma, hice un agujero, metí algo, surgió un mundo nuevo. Yo hacía lo que la madera me exigía, del caos salió lo que yo quería”. Esta cita de las palabras de Alpuy acompañan la última etapa de su obra, sus trabajos en madera. Muchos de ellos tienen forma de espiral, representan la vida y la muerte, el origen del ser, y son obras reflexivas, originales y bellísimas. “Él decía que a partir de 1961 dejó de mirar hacia afuera, a la ciudad y el paisaje, a los elementos de la figuración, y comenzó a expresar lo que tenía en su mundo interior”, explica Lorente.

    En Nueva York, Alpuy vivió en el Soho, en la avenida Lafayette y Spring, una zona donde se habían desarrollado fábricas textiles en edificios de hierro y ladrillo. Al quedar abandonados, el gobierno municipal los ofreció a precios muy convenientes como una manera de darle una nueva vida al barrio. “Se llenó de artistas, a tal punto que en el mismo edificio en el que vivía Alpuy, también vivía De Niro cuando joven con su mamá. Alpuy compró ese apartamento en condiciones muy favorables. Al mismo tiempo, su obra también se empezó a valorizar. En un principio tuvo el apoyo y la promoción de la galería de Cecilia Torres”.

    Para Lorente, las maderas son el punto más alto en la trayectoria de Alpuy. “Hizo esta obra en Nueva York, donde los movimientos artísticos pasaban vertiginosamente. Pero él nunca quedó enganchado a ningún ‘ismo’. Desarrolló su arte a partir de su creencia, de su sensibilidad. Nueva York no lo conmovió, lo que lo conmovía eran los museos y las grandes obras de la tradición”.

    En la muestra del MNAV se puede ver un video con una entrevista a Alpuy. Allí aparece como un hombre afable, que habla de su obra con gran naturalidad. “Tenía una capacidad de comunicación increíble. Te podías quedar horas dialogando con él, era pícaro, dicharachero, estaba lleno de anécdotas. La conversación con Alpuy era una maravilla. Muchos estuvimos muy cerca de él, más que de su obra. Algunos de sus alumnos triunfaron como artistas, pero otros recibimos su magisterio con la conversación, con la compañía y la visita a los museos”.

    Lorente vivió en Madrid muchos años con su esposa, y allí nació su hija. Alpuy lo visitaba con frecuencia y se quedaba en su casa. Ahora recuerda que se despertaba muy temprano, para los parámetros de la vida madrileña, y a las siete de la mañana se ponía a hacer gimnasia, a las ocho se iba a caminar una hora y a las nueve regresaba para desayunar. “Tenía una disciplina extraordinaria. Le encantaba caminar y era un muy buen cocinero. Fue un placer haberlo conocido en el plano artístico, pero sobre todo en el plano humano. Fue un gran amigo y un gran gustador de la vida y de los placeres de la vida”.

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