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    De vinilos, bichicomes y groupies portuarios

    Daniel Melingo canta hoy en la Zitarrosa

    Pocas horas después de que esta edición esté en los quioscos, Daniel Melingo se calzará una vez más su traje negro sobre camisa blanca, pasará el cepillo a los mocasines, entonará su instrumento con el licor de ocasión, descolgará el gacho del perchero y saldrá al escenario de la Sala Zitarrosa para recibir, como en tantas otras ocasiones, el aplauso montevideano.

    Viene con un disco recién horneado, “Corazón y hueso”, que suena mucho más campero que “Maldito tango”, “Santa milonga”, “Ufa!” y “Tangos bajos”, sus predecesores. El bandoneón cede buena parte del protagonismo al acordeón, encargado junto al violín de las melodías. Suena una mandolina, una viola caipira, guitarras con aires litoraleños y coros de varones que tararean bajito, volviendo a casa por una calle polvorienta un rato antes del amanecer. El corazón que bombea sobre el hueso de contrabajo, guitarrón y cuerdas pizzicatas.

    Melingo dice que ese cambio se debe en buena parte a Rodrigo Guerra, músico ex integrante de la Pequeña Orquesta Reincidentes, banda que bajo la influencia de Melingo y otros desarrolló una singular fusión entre tango, rock y folclores europeos. “Es mi brazo derecho, la pieza que le faltaba a Los Ramones del Tango (formación que lo acompaña desde hace más de una década)”, dijo Melingo a Búsqueda la semana pasada desde Buenos Aires.

    “Corazón y hueso” comienza con la icónica fritura de los viejos discos de vinilo, sonido asociado al tango en el imaginario rioplatense. El amor de Melingo por el viejo formato discográfico será recompensado por el sello francés que editará su próximo disco en vinilo.

    El cantor se explayó sobre el concepto musical definido por los discos de pasta y sobre cómo ha cambiado la escucha de música en la era digital: “Lo que aprendí en el rock y en el pop en los 80 es el balance que debe tener un disco. Venimos del formato vinilo, que marca la duración del disco y de las canciones para irradiar. De cada lado del vinilo teníamos un máximo de 20 minutos para grabar. Cortábamos los acetatos porque si usabas los 20 minutos por lado se te estrechaba el surco y si la calidad de la pasta de acetato era mala aumentaba el riesgo de que saltara la púa y se rayara el vinilo. Entonces, con 17 o 18 minutos, estabas bárbaro porque usabas la parte que te garantizaba más dinámica, más volumen sin que saltara. Esto permitía escuchar más frecuencias que hoy, porque el CD y el mp3 reducen el espectro de audición, más comprimido y saturado. Nos vamos acostumbrando a una audición más pareja, más chata, más pobre.

    En su obra tanguera, Melingo se ha plantado como un personaje maldito que más que cantar, dice los temas, los relata, los interpreta como un actor. Un dandy trash que hace “prototango”, resume en una y otra entrevista. Ha consolidado un mundo sonoro —mundillo se ajusta mejor— donde se respira el aire húmedo del puerto, un inframundo barriobajero, decadente, prostibular, con veredas que huelen a orín y alcohol fermentado, rostros resacosos que habitan interiores oscuros y humeantes. “No selecciono lo que me va saliendo”, asegura. “Voy generando el sonido que se me filtra por los oídos. No especulo. Soy de una ciudad con puerto. El link a ese mundo lo encuentro en los puertos. Ese contrabando cultural que se genera en las ciudades portuarias y sus alrededores genera un clima de intercambio, ya sea en Estambul, Amberes o Montevideo. Justamente el tango lleva esa bandera: el mosaico intercultural e interracial. Creo que ese es el futuro”.

    “Unos bichicomes desde el Uruguay, con sus tambores te van a llevar, Negrito”, canta papá Melingo en el segmento más tierno del disco, que prosigue con “Fábula”, una zambita sobre una orquesta de animalitos en la que canta un coro de niños, y “Pichona”, una tonadita que hubiera calzado justo en la banda sonora de “El viaje hacia el mar”. “Es una canción de cuna para mi hijo Félix a quien le dicen ‘Negrito’. El sonido dulce de los tambores puede arrullar y ‘bichicome’ es parte del lunfardo uruguayo. Ahí está el abrazo entre lo que a veces se separa: el rock, el tango y el candombe, Uruguay y Argentina”.

    En diciembre del año pasado Melingo estuvo en Montevideo en el rodaje de “Una noche sin luna”, ópera prima del uruguayo Germán Tejeira, autor (junto a Julián Goyoaga) de cortometrajes memorables como “Gol”, “Tanto tiempo” y “El hombre muerto”, cuento de Quiroga protagonizado por Roberto Suárez, quien actúa en una de las tres historias que narra esta película ambientada en Montevideo durante una noche de fin de año. Melingo cuenta entusiasmado que encarnó a Miguel Ángel Molgota, un cantor uruguayo de tango, y que compartió muchas horas con Suárez y su elenco. Fue a ver “Bienvenido a casa” —la obra teatral de Suárez— y quedó encantado. “Me dio vuelta. Durante todo el mes nos veíamos todos los días. Me hice fan. La fui a ver varias veces y luego íbamos a tomar una y a comer pizza a Girasoles con toda esa muchachada. Me hice groupie de esa barra que hace un laburo fantástico. Es un encanto la filosofía de Roberto y de su teatro. Tenemos la suerte de que venga a Buenos Aires este año”, celebra, y anuncia: “Así que después del concierto pasaremos por ahí a tomar otra”.