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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMisterios de vida y muerte
Entre otras cosas, dice el Eclesiastés que “todo tiene su tiempo y que todo lo que hay bajo el cielo tiene su momento; que hay tiempo de nacer y tiempo de morir…”.
Estos asertos pueden ser tomados como la convergencia religiosa a favor de quienes estiman oportuno decidir si una vida que se desarrolla dentro del útero materno puede proseguir su camino de vida o si el ser humano está facultado para cortar ese proceso natural a través del aborto.
También les puede servir para asumir (por nosotros mismos o por los demás) la decisión de cortar un proceso natural de los finales de la vida, pero aún con vida, a través de actos médicos como la eutanasia o el llamado “suicidio asistido”.
Si admitimos analizar de esta manera el inicio de esta nota, seremos legítimamente acusados de actuar solo por influencias religiosas.
Para evitar esa parcialización, me voy a permitir evadir ese enfoque, que de todos modos es legítimo, para encararlo en un plano que englobe a la ciencia y a la simple ética humana.
En estos tiempos modernos de lo “políticamente correcto” (que en definitiva implica ser esclavo de la opinión ideológicamente mayoritaria), acudo a obligarme a una circunscripción más materialista pero sin esconder lo espiritualmente humano de nuestras convicciones.
Han surgido un par de proyectos que tienden a habilitar como válida la decisión de finalizar nuestras vidas cuando se nos place porque algo nos molesta.
Y así es como, curiosamente, se confunde la terminología, a pesar de la riqueza que tiene el idioma español para definir correctamente las acciones humanas.
¿A alguien le gusta sufrir? No, a nadie; y por eso es que, espontáneamente, todos, en algún momento de la vida, hemos pensado: “me quiero morir”, como forma de evitar un sufrimiento.
Y amparados en tal espontánea expresión un par de grupos políticos uruguayos han presentado sendos proyectos de ley tendientes tanto a legitimar la eutanasia como a despenalizar la actitud de un médico que colabore en el suicidio de un paciente.
¿Dónde habrá un error que lleva a tales extremos?
En la desconceptualización de las verdaderas definiciones de diferentes actos.
La Organización Mundial de la Salud ha definido claramente a la eutanasia como aquella “acción del médico que deliberadamente provoca la muerte del paciente”, lo cual, sin más ni menos, es un homicidio.
Y ¿si el enfermo de lo pide? El llamado “homicidio asistido” no modifica que sea un homicidio, ya que lo que se propone entra en grave conflicto con los principios rectores del Derecho y de la Medicina desde la antigüedad hasta nuestros días.
La despenalización del médico en tal episodio lo podrá liberar de la sanción jurídico-penal, pero no libera su conciencia.
¿Qué hacemos ante la insistente petición de un enfermo consciente de su muerte, pero especialmente sufriente de sus dolores?
En ese memento entra a tallar lo que los interesados en la muerte dejan de lado cuando se evita otear la conciencia de la verdadera impetración de un enfermo terminal: la eliminación del sufrimiento.
¡Aquí está el quid de la cuestión!:
Lo que todos pediremos en el instante de nuestro pasaje de la vida física a la vida no material es la inexistencia del sufrimiento.
Y para eso tenemos en nuestro favor las posibilidades que la medicina nos ofrece a través de la “asistencia paliativa”: vivir y morir sin sufrimiento material y sin sufrimiento espiritual.
Aspiramos y deseamos que la ciencia continúe avanzando en ese aspecto: aventar el sufrimiento, y permitir que nuestra vida sea el receptáculo de la felicidad que implica tanto la vivencia satisfactoria del espíritu como la satisfacción de la presencia de un grupo humano (familiar, de amigos, de allegados) con los que podemos realizar con normalidad y sin sufrimiento el inevitable tránsito hacia el misterio del pasaje de la vida material hacia la permanencia del espíritu.
Esc. Carmelo Curbelo Soria