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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el curso del debate sobre eutanasia y suicidio asistido, sometido a mi modo de ver a un enigmático apuro —mientras aún resta aprobar en el Senado la imprescindible ley de cuidados paliativos (en adelante, CC.PP.), que cuenta ya con media sanción—, han aparecido en la palestra pública ciertos recursos bastante non sanctos en su uso, distantes al comprensible y humano intento de los sufrientes en el procesamiento afectivo de las duras circunstancias que deben enfrentar.
Uno es la búsqueda de anécdotas que ilustran situaciones en que al parecer fallaron los recursos humanos en lograr una adecuada mitigación o supresión del sufrimiento. El agregado testimonial parece dar credenciales al recurso, en lugar de despertar una sana crítica. Esta debería, en cambio, señalar la insuficiente cobertura de los CC.PP. en vista de la cual el sufrimiento puede no haberse tratado adecuadamente. A esto se suma la burocracia interna en dar cuenta de una necesidad a la que poco le competen demoras o trámites. Otra razón de este sufrimiento es la falta de formación en paliar el dolor mediante uso de fármacos u otros recursos de parte de muchos médicos no paliativistas o de quienes no realizan un ágil y oportuno pase al equipo de CC.PP. Tales reclamos, no satisfechos, suelen plasmarse en testimonios de inevitable publicidad que los presenta a modo de sentimentalismo muy ajeno al respeto debido a todo aquel que sufre. Se ha hecho hincapié en que el paciente es libre de decidir el no autopresenciar su deterioro, pero la solución residiría más bien en ayudarlo psicoterapéuticamente a intentar desvincularse de los parámetros estéticos, hechos propios que marginan culturalmente a quien no es fuerte y sano, del mismo modo que es menospreciado quien no es rentable en términos socioeconómicos.
El otro recurso es la repetición de conceptos que descargan todo el peso de la situación en la autonomía, principio no absoluto, ignorando sus cauces y su limitación —limitación que para todos es al menos parcialmente inevitable en ciertas etapas de la vida de inmadurez o enfermedad— en perjuicio de la dignidad de la persona, bien básico que el equipo de salud debe respetar.
El apuro, que de prosperar coadyuvará al ya iniciado proceso de disminución demográfica, so pretexto de ampliar la “agenda de derechos”, apunta a abreviar los debates y negociar posiciones próximas. Se ha esgrimido que “mucha gente sufre mientras debatimos”, mientras que habría que pensar si “muchos morirán si no les damos otra opción”.
Otro ardid es que a los promotores del respeto a la vida ante estos proyectos se nos tilde de querer imponer nuestra postura, lo que constituye una falacia, puesto que ex profeso se confunde intolerancia con expresión de la discrepancia. Discrepar sí es un derecho que todos tenemos, máxime si se trata de no definirnos por oposición: es decir, no somos quienes están en contra de la eutanasia sino los que estamos a favor de priorizar la vida como valor inherente e inviolable de la persona.
Un grave inconveniente es promover el suicidio asistido en un país donde las cifras de suicidio son excesivamente altas, lo que denuncia la existencia de cuadros depresivos muchas veces tratables y no siempre detectados, que pueden estar en la base de no pocos solicitantes de un fin para su existencia.
Finalmente se ha esgrimido que los promotores de la discusión y del respeto a la dignidad estamos movidos por razones religiosas, ignorando que existen creyentes a favor de la eutanasia y ateos que no lo están. La religión agrega un modelo y otro tipo de convicciones para quienes las tienen y no debe discriminarse a los creyentes, pues quienes no lo son parten de una convicción (la de la no existencia de Dios) que constituye una postura respetable, pero para nada “neutral” a la hora del debate.
Por todo esto, dar sanción completa al proyecto de ley de CC.PP., aprobado en la Cámara de Representantes, parece ser una imperiosa necesidad. Es decir, una vez en vigencia la ley de CC.PP., con los debidos recursos que posibiliten su universalización, podrá continuar el debate, sin tanta prisa, sobre el tema crucial de la eutanasia y el suicidio asistido, dándole el tiempo de profundización que merece. No es sano ni ético proponer el atajo de la eutanasia a quien no ha tenido acceso a CC.PP. para la mitigación del dolor de todo tipo y para un acompañamiento integral. Este proceder ignora justamente la libertad del sujeto, pues este debería forzosamente elegir la única opción que se le ofrece para evitar el sufrimiento: morir.
(*) Dr. Marco di Segni
Médico psiquiatra (retirado)
Exdocente de Psiquiatría de Facultad de Medicina