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    Del canto al violín

    El barbero de Sevilla y la visita de un maestro de las cuerdas

    Una enorme pantalla ocupa todo el escenario del Teatro Solís. Mientras se espera que comience la función se proyecta allí un dibujo animado en blanco y negro que nos muestra a un voluminoso Gioacchino Rossini en su cama. A un costado, una mesa con una botella de vino y una copa. Al otro costado, un atril con hojas de música. El hombre toma una hoja, escribe unas notas, mira, no le gusta, tira la hoja, saca de abajo de la cama un plato de comida, come, toma vino, toma otra hoja y vuelve a escribir. La escena se repite una y otra vez. Cuando la directora Ligia Amadio sube al podio los músicos se quejan de que no tienen partitura. Entonces ella sale del foso, sube al proscenio y estira la mano hacia la pantalla. Rossini le entrega las hojas con la música que de apuro acaba de escribir. Aplausos. Amadio vuelve al foso, entrega las hojas a los músicos y comienza la obertura de El barbero de Sevilla. Este es el primer y bienvenido impacto de esta producción de la Fundación Arena de Verona de 2015 que trajeron la Filarmónica de Montevideo y el Solís. La conjunción de los dos artistas y amigos florentinos Pier Francesco Maestrini (dirección escénica, escenografía y vestuario) y Joshua Held (escenografía, vestuario e animaciones proyectadas en video) hace que la transitada obra gane en gracia y vigor.

    Es perfecta la interacción de la caricatura en la pantalla y los cantantes en el escenario. La animación complementa y comenta la acción siempre con fino humor. El efecto de comic se ve reforzado por un vestuario que confiere a los protagonistas masculinos una forma ovoide que los caricaturiza. Rosina, la bella secuestrada por Bártolo y pretendida por el Conde Almaviva es aquí, rellenos mediante, una gordita infame que la caricatura en pantalla agranda aún más. La dirección de escena es impecable y logra que el elenco se compenetre del espíritu buffo, se divierta actuando y transmita esa diversión al público. La argentina Jaquelina Livieri fue una Rosina opulenta en lo vocal y con un desparpajo infalible en escena. El tenor brasileño Aníbal Mancini (Conde) mostró un bellísimo timbre y muy buen caudal. El barítono argentino Gustavo Gibert (Bartolo) y el bajo barítono uruguayo Enzo Romano (Basilio) manejaron sus personajes con solvencia vocal y escénica. El barítono brasileño Homero Velho (Fígaro) lució en general una emisión forzada y cierta incomodidad en las agilidades rossinianas. Ligia Amadio condujo con mano segura a la Filarmónica, que la siguió con desempeño irreprochable.

     

    La musicalidad de los rusos se fue abriendo paso de manera gloriosa a través de los cuatro movimientos de la Sonata Nº 3 opus 108.

     

    Dos rusos.

    El Centro Cultural de Música presentó en el Auditorio del Sodre al violinista Maxim Vengerov acompañado al piano por Vag Papian. Este dúo de músicos rusos venía precedido por comentarios muy laudatorios y su pasaje por Montevideo justificó con creces esas opiniones. Ambos ostentan una formación musical que no se queda solo en la ejecución instrumental, ya que han dirigido varias orquestas por el mundo y Vengerov además tiene una marcada inclinación por la docencia del violín. Si a todos estos antecedentes agregamos el hecho de que han hecho varias giras y han grabado juntos, el cóctel estaba hecho para que lucieran sobre el escenario una verdadera comunión musical. Y eso fue lo que hicieron.

    El programa no era fácil. La maravillosa música de cámara de Brahms necesita de una concentración especial, sin respiro, que quizás no encontró al público pronto para absorber todo lo que brotaba de los dos instrumentos, a juzgar por una reacción de aplausos más bien de compromiso. Aun así, la musicalidad de los rusos se fue abriendo paso de manera gloriosa a través de los cuatro movimientos de la Sonata Nº 3 opus 108. Y a esta obra de madurez del alemán siguió una obra de juventud del rumano George Enescu (1881-1995). Su Sonata Nº 2 opus 6, compuesta a los 18 años, es una página audaz, escabrosa, inspirada a horcajadas sobre los siglos XIX y XX. En ambas obras el violín de Vengerov por momentos sonó como una viola, por momentos como un chelo, a veces como un órgano. Tiene un timbre aterciopelado, aun en pasajes de bravura, canta igual sobre una cuerda que sobre las cuerdas dobles. Mostró una matización infinita desde el sotto voce del comienzo de Brahms hasta la danza salvaje del final de Enescu. Vag Papian, encorvado sobre el piano, no se queda atrás. Tiene un sonido lleno de inflexiones, con una poderosa mano izquierda que hace aún más suntuoso el canto del violín. Con una canción de Fauré (Aprés un rêve) fuera de programa, Vengerov mostró que además de sonar como una viola, un chelo y un órgano, puede también sonar como la mismísima voz humana.