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    Del expresidente Julio María Sanguinetti

    Sr. Director:

    En vuestra última edición, el Sr. Enrique Sayagués Areco, por quien tengo respeto intelectual y coincido en algunas apreciaciones, cuestiona afirmaciones del reportaje que Búsqueda me hiciera a propósito de La fuerza de las ideas, para plegarse a la peregrina tesis de que nuestro país es un “invento” inglés, despreciando a nuestros próceres, que lucharon denodadamente porque nuestra incuestionable voluntad de autodeterminación se conjugara en una confederación de provincias que preservara nuestra soberanía. Esa larga y soñada empresa resultó frustrada porque resultó incompatible con la hegemonía de Buenos Aires, del mismo modo que, a la inversa, fue un éxito nuestra separación, porque el Uruguay no era un “invento” de nadie ni una construcción artificial. De serlo, se habría desgajado en alguna de las tremendas crisis que sufrió en el XIX, como, entre tantos otros ejemplos, pasó en la Yugoeslavia y la Checoslovaquia creadas luego de la I Guerra Mundial, sumando nacionalidades diversas.

    Desde el primer día quedó claro que la adhesión de nuestra incipiente provincia a las que intentaban quedar unidas como herencia del virreinato era sobre la base de una clara autodeterminación. En aquel momento había un proyecto político poco definido, pero incuestionable en la voluntad de quienes participaban. Era un “pueblo en armas”, como dijera Artigas, y de ahí que, cuando Buenos Aires firmó el armisticio de 1811 con los españoles, ese pueblo dijo que allí “quedó roto el lazo —nunca expreso— que ligó a él nuestra obediencia”. Había recobrado sus “derechos primitivos”. Desde ese momento, se proclama independiente y celebra “el acto solemne, sacrosanto siempre de una constitución social”, nombra su “jefe” y termina protagonizando la formidable epopeya del éxodo, que inequívocamente enraiza ese sentimiento autonómico.

    Bastaría esto para reconocer que nuestra independencia, 17 años después, no fue invento de nadie. Pero a partir de aquel momento ese pueblo oriental reivindicará —una y otra vez, de un modo u otro— el derecho a decidir su destino. Así se enfrentará a los intentos de subordinar a su Ejército, como en la llamada Precisión del Yi del 8 de enero de 1813, cuestionando a Sarratea y ratificando la conducción militar de Artigas. Reincorporados al segundo sitio, la misión de García de Zúñiga a Buenos Aires establece claramente el criterio fundamental de que “la soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y juramentada como el objeto único de la revolución”. El Congreso de Abril explicita esa doctrina republicana y la inequívoca voluntad de que solo nos integrábamos a una confederación, no a un Estado federal en que las soberanías particulares se desvanecían. Se retenía todo poder que no fuera expresamente delegado. Como dice Artigas: “Hemos corrido 17 meses cubiertos de la gloria y la miseria, y tengo la honra de volver a hablaros en la segunda vez que hacéis uso de vuestra soberanía”. Era, como afirma Héctor Miranda, nuestro primer órgano constitucional, razón por la cual, al rechazarse los diputados que se enviaron y al haber fracasado la propia Asamblea Constituyente, ya la provincia recién constituida ejercía su soberanía. Se redactó un proyecto de Constitución. Se dictó el famoso Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña y Seguridad de los Hacendados y hasta se delineó un territorio, dividido en seis departamentos. La provincia actúa “en absoluta independencia bajo el gobierno personal de Artigas”, al punto que el 10 de enero de 1815, Rivera derrota en Guayabos a Dorrego, enviado por Alvear para liquidar esa tan formidable determinación.

    Por eso, cuando en 1816, el 9 de julio, recién las Provincias Unidas proclamen su independencia y Pueyrredón se lo comunique a Artigas, este le contestará que “ha más de un año que la Banda Oriental enarboló su Estandarte Tricolor y juró su independencia absoluta y respectiva”. Absoluta y respectiva.

    ¿Donde está el “invento inglés”? ¿Esta formidable gesta no existió?

    Vendrá luego la derrota del artiguismo, el dominio lusitano y el proceso de 1825, que una vez más demostrará el transitar independiente de nuestros caudillos. En Rincón y Sarandí estuvieron Rivera y Lavalleja, Flores y Oribe. Como repetía Don Juan Pivel, “no había ningún inglés”. Y si Buenos Aires se asocia a la lucha es luego de que acreditáramos nuestra fuerza. Por supuesto, se mantenía la idea de la confederación pero siempre sobre la base de retener nuestra soberanía particular frente a un Buenos Aires que en la Convención García hasta se allanó a que formáramos parte del Imperio de Brasil. Por supuesto, Rivera se había negado a la subordinación militar y por eso no estará en Ituzaingó, en que se ganó en el campo de batalla pero muy poco en el de las definiciones. Luego, el propio Rivera lanzará su formidable campaña de las Misiones, revolucionará Río Grande y llevará al imperio a resignarse, muy de mala gana, a una independencia que Buenos Aires ya reconocía como inevitable.

    El interés de Inglaterra en el Río de a Plata es incuestionable. Lord Strangford se involucra desde el comienzo de la revolución, apoyó a Buenos Aires porque su propósito era terminar de desmembrar el imperio español, expandir su comercio, y a nadie se le ha ocurrido decir que inventó la Argentina. Lord Ponsomby, años después, quería la paz, terminar con un enfrentamiento que dificultaba el comercio y el progreso de esta región. Su mediación fue pedida por los dos contendientes. Y si tuvo éxito fue porque Buenos Aires estaba en quiebra, al punto que Dorrego les dijo a sus negociadores que arreglaran la paz de cualquier manera porque no tenía plata ni para las balas de los fusiles. Al mismo tiempo, sus revueltas interiores y el barullo riverista de las Misiones debilitaron el orgullo del imperio en preservar su Provincia Cisplatina. El diplomático inglés se basaba en la realidad y lo dice claramente en sus luminosos informes: “Es una verdad indiscutible que a los orientales les disgusta estar sometidos a Buenos Aires casi tanto como al Brasil y que la independencia es su más ardiente anhelo”. Por eso fue un buen partero, pero de una larga gestación.

    Dicho de otro modo: nuestro “inventor” tenía claro el sueño de independencia de este pueblo que había atravesado sacrificios sin límites para preservar su capacidad de gobernarse a lo largo de azarosos 17 años de combates contra españoles, portugueses, brasileños y porteños, cada uno a su tiempo. Que la idea fue siempre la confederación, no hay duda. Pero ella no resultó viable ni en la Argentina. Como dirá Alberdi en 1847, “los unitarios han perdido pero ha triunfado la unidad. Los federales han vencido pero la federación ha sucumbido”.

    Un último párrafo: si la historia es a nuestro juicio rotunda, mucho más lo es la necesidad de que, en estos tiempos de globalización e incertidumbre, de desalientos e inseguridades laborales, de redes y vacíos existenciales, formemos jóvenes ciudadanos en el orgullo de pertenecer a una República digna en la que valga la pena vivir. Un país que se formó con el sacrificio de mucha gente en dos siglos y que no fue producto de la casualidad ni de decisiones ajenas a su voluntad.

    Julio María Sanguinetti

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