N° 1942 - 02 al 08 de Noviembre de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos mercados financieros internacionales han mostrado un comportamiento sumamente positivo en lo que va de 2017, con subas generalizadas de precios y una ausencia prácticamente total de volatilidad.
En muchos sentidos, este año está siendo uno en que se está haciendo historia. A vía de ejemplo, el índice Standard & Poor‘s 500 (SPX), de referencia para la Bolsa de Nueva York, no ha mostrado una caída de 3% o más desde el 7 de noviembre de 2016 —antes de la elección de Donald Trump—, marcando el período de alza más extenso de la historia (el anterior había sido entre el 26 de enero de 1995 y el nueve de enero de 1996). Por su parte, el índice Dow Jones no ha tenido un movimiento “intra-day” de más de 1% desde el pasado 18 de agosto, el período más extenso desde 1930.
Esa ausencia de volatilidad en los precios de las acciones ha llevado a que el índice VIX (que se calcula a partir de los precios de las opciones del índice SPX y que refleja la volatilidad esperada por los inversores, donde a mayor VIX mayor volatilidad y viceversa) cerrara en 2017 por debajo de 10 en 34 oportunidades, cuando desde el inicio de este índice —en 1990— y hasta 2016, lo había hecho en tan solo nueve oportunidades. Indicadores que miden la volatilidad a nivel de las tasas de interés y de las monedas muestran un panorama similar de tranquilidad.
Cuando fue consultado sobre la situación de los mercados al momento que se supo que había ganado el premio Nobel por sus trabajos sobre behavioral economics, Richard Thaler dijo: “Puede señalarse que estamos en el momento más incierto de nuestra existencia, y los mercados parecen estar durmiendo la siesta”.
Y no cabe ninguna duda de que hay numerosos factores de incertidumbre que potencialmente pueden complicar la marcha de la economía y de los mercados financieros, más allá de que por ahora los inversores parecen no estar prestando ninguna atención a los mismos.
La lista de potenciales factores de incertidumbre es extensa, e incluye temas tales como la posibilidad o no de que el presidente Trump logre impulsar la reforma impositiva y otros aspectos de su agenda “procrecimiento”, habida cuenta de su debilidad política y del fiasco que fue el intento por eliminar y modificar el “Obamacare”; la discusión que habrá que dar en diciembre para subir el límite de endeudamiento y financiar el presupuesto para el año entrante; el impacto que tendrá el comienzo del proceso de quantitative tightening que inició la Reserva Federal (Fed, por su abreviación en inglés) y que será seguido seguramente por el fin del estímulo monetario por parte del Banco Central Europeo hacia fines de 2018; la discusión y formalización del Brexit; si prosperarán o no las anunciadas tendencias proteccionistas de la administración Trump o continuará la globalización que ha estado vigente desde comienzos de los noventa; si China será capaz de “rebalancear” su economía sin sufrir una recesión o una crisis financiera; el impacto potencialmente disruptivo a corto plazo de las nuevas tecnologías (robotización, inteligencia artificial, impresión 3D, desarrollos en el área de genética y biotecnología, etc.) sobre el mercado laboral y la economía en general; los riesgos geopolíticos (Corea del Norte, ISIS, etc.), entre otros factores.
Ciertamente que la recuperación cíclica que está experimentando la economía mundial —donde por primera vez desde la crisis financiera del 2008 estamos asistiendo a un crecimiento sincronizado de casi todas las economías principales—, así como la abundante liquidez que en términos netos siguen inyectando los principales bancos centrales del mundo, ayuda a mantener el optimismo de los inversores y a que estos minimicen los potenciales factores de riesgo, aunque los mismos no desaparezcan.
Es difícil pensar que la actual calma y ausencia de volatilidad a nivel de los mercados financieros se va a mantener indefinidamente, y lo más probable es que el año que viene volvamos a una situación más normal. De hecho, si la tasa de desempleo en Estados Unidos continúa cayendo y ello comienza a reflejarse de manera sostenida en un aumento de los salarios nominales, el “despertar” de los inversores puede llegar a ser muy violento, ya que en ese caso la Fed se vería forzada a subir las tasas de interés de manera más fuerte, y a “normalizar” más rápido su política monetaria.