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    Demasiado joven para morir

    Carlos Federico Sáez en el MNAV?

    Hay hombres y mujeres, de frente y perfil, en actitud displicente o en pose más formal, estáticas o con cierto movimiento, curtidos o lánguidos, vestidos prolijamente o en ropa callejera, sin mucho afeite. Hay rostros y cuerpos que observan, que miran al espectador o el mundo con cierto misterio. La pintura es evidente, los trazos fuertes, el enfoque impresionista, las pinceladas gruesas y rápidas, al estilo que imperaba en la Europa modernista de fines del siglo XIX. Se ve la materia, se siente, dan ganas de tocarla. No hay líneas cuidadas o que marquen prolijamente los rasgos. Hay muchos personajes, algunos apenas titulados con un nombre vago o un toque personal (Retrato del Sr. J.C.M., El romano, Interior, El chal rojo), muchos sin fecha, pintados en estudio, otros presentan su propio rostro o el de su familia. La mayoría de su estadía en Europa.

    Hay varios conocidos por el público o, al menos, remiten a interminables tardes de recorrida por el museo, casi como una marca de fábrica del arte nacional. El rostro curtido y poderoso de un viejo, por ejemplo. Es la legendaria Cabeza de viejo (1899) de Carlos F. Sáez (1878-1901), impactante, seductora. Más allá de su calidad técnica, este cuadro tiene algo especial, hondura, fuerza poderosa que se vuelca en los ojos entrecerrados que apuntan al espectador, casi en un primer plano avasallante. En ese rostro hay mucha vida, mucha historia envuelta en secretos y recovecos tal vez inconfesables, hay firmeza y extrañeza; hay un pasado que planta al ser humano en la vida con todo su misterio. Lo muestran los pliegues de su rostro, el ceño fruncido, la boca apretada, las sombras y el rastro de luz que apenas ilumina desde la derecha la cabeza con pocos pelos despeinados. Es un hombre añoso pero fuerte, pintado en tonos sombríos, colores aferrados a la tierra, con rasgos apenas marcados por el pincel. Es un cuadro bellísimo, que atrapa, que exige detenerse por un rato. Ahora es uno de los que presiden la muestra Sáez, un mirar habitado en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) del Parque Rodó, una completísima mirada al pintor del 900 uruguayo, una de las bisagras fundamentales para el paso al modernismo que Montevideo abrazaba con tanto entusiasmo.

    Hay mucha gente. Retratos de amigos, familiares, modelos desconocidos que ofrecen una reconstrucción silenciosa de una época. El autor los pintó en poco tiempo, apenas unos siete u ocho años, sus primeros y últimos años de vida. Murió a los 22 de “tuberculosis intestinal”, en 1901, a poco de llegar a Montevideo de un largo viaje a Italia que lo convirtió en un dandy y lo enfermó. Lo enviaron sus padres impulsados por la expectativa que ofrecía el talento precoz de ese niño de 14 años, nacido en Mercedes en 1878, segundo hijo de una familia acomodada. El juicio del maestro Juan Manuel Blanes fue categórico: “No tengo nada que enseñarle”. El chico delgado, morocho, de buena familia, fue enviado a Roma, acompañado por un cura. Hay que imaginarse el salto brutal, el desprendimiento afectivo, la distancia y el nuevo mundo de vivencias y aprendizajes a una edad tan temprana; la soledad.

    El resultado está a la vista: acaba de inaugurarse en una exposición con más de 200 trabajos donde destacan sus retratos, legendarios retratos de un momento muy particular del mundo y su comarca. Una exposición completísima, con bocetos, dibujos, pequeños ensayos, algunos trazos a lápiz otros más completos con pincelazos de acuarelas que rodean y enmarcan su obra mayor, su legado de figuras del 900, de esta ciudad naciente, madura, de esta sociedad cargada de contradicciones. Y de Roma y sus amigos uruguayos o italianos, la ciudad donde se instaló en sus años de crecimiento adolescente y artístico.

    Se fue niño y volvió joven en plena facultad de su talento pictórico, con un camino recorrido, con imágenes de un arte a punto de explotar. Su obra es acotada a unas decenas de retratos porque no pudo seguir. Le bastó para mostrar una madurez que a otros les lleva años de larga vida y experimentación. Se ha dicho que pintó “apurado”, como si tuviera que liquidar sus cuentas a tiempo. Es posible. Sus pinceladas delatan un estilo vigente en la Italia finisecular, un estilo que el artista no podía rechazar. Desde el impresionismo, la mirada se posa en otro lado. La luz invade todo, hasta los oscuros rincones del alma. Se ve diferente, se percibe distinto, la vida se desdibuja. La revolución industrial desajusta la forma establecida, la academia ya no puede decir mucho frente a los cambios brutales de una sociedad donde la imagen se vuelve borrosa, desconcertante, llena de sospechas, tremendamente cambiante. La máquina se impone. Todo es movimiento, desde el paisaje hasta el rostro de un anciano. El arte lo pinta a todo trapo, a fuerza de ansiedad y esfuerzo y obsesión.

    Es imprescindible establecer otro vínculo con la realidad, la otra, la oculta, la movediza, la intangible, casi inasible. Comienza una nueva forma de conocimiento. Las pinceladas gruesas, apuradas, los bocetos, la sensación de no terminar nunca o dejar a medias las imágenes, todo parece apuntar a la nueva sensibilidad, a la urgencia por captar la vida que se escapa, fuera y dentro del artista.

    La muestra de Sáez está llena de estos momentos aparentemente efímeros, contradictorios, con la materia como único testigo del intento de permanencia del artista. Y el alma o el misterio del alma. Es un momento mágico que logra Sáez a través de sus modelos, algunos sentados en su estudio con su famoso “biombo” detrás, una joyita de telón de fondo, abstracto en un mundo diluido en manchas y chorros de pintura. Un artista especial, jovencísimo en un mundo en transición, entre la historia, pesada, dura, cargada de belleza sustancial y el nuevo siglo que se avecina. El jovencito que no tuvo tiempo para otra cosa que pintar, que escribía con faltas de ortografía (“abrazo de su hijo que lo quiere y decea berlos muy pronto”), que volvió, tuvo tiempo de mostrar sus trabajos, ganar un concurso y poco más. El joven bohemio, cargado de anillos, que volvió con su estudio y obras a cuestas (“como un joven príncipe oriental que transportó su suntuosa tienda del desierto”).

    En el MNAV permanece esta sensación de artista apurado por el tiempo, con la reconstrucción de su estudio en una delicadísima escenografía montada por Osvaldo Reyno, con sus cartas, con sus autorretratos, con el aire de ese 900 montevideano tan creativo y transgresor. Un paseo por una de las épocas más motivadoras que legó artistas tan portentosos y universales, muertos demasiado pronto.

    Sáez, un mirar habitado. En el MNAV del Parque Rodó. De martes a domingos de 14 a 19 horas. Hasta marzo del 2015.