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    Democracia y sufragio universal

    Sr. Director:

    No hace tanto tiempo, lo que llenaba las calles de gente embroncada y el aire de humo y piedras, eran los reclamos por el voto universal.

    Pensar que Brasil lo alcanzó recién a mediados de los 80, Chile y Suiza en los 70, México y Argentina a comienzos de los 50 y, en Europa, Italia, Bélgica y Francia en los 40 (nosotros en 1918, a mucha honra).

    Fue particularmente estruendosa la lucha de las mujeres (las famosas suffragettes) para que les permitieran votar a la par de los hombres.

    El sufragio universal era visto (y sentido) como un derecho básico, elemental.

    Hoy, en cambio, allí donde el voto es libre (la mayor parte de los países), cada vez lo ejerce menos gente. No son pocos los países en los que los gobiernos son elegidos por francas minorías y se dan casos, como el reciente de Chile, donde tras cartón de invadir las calles y prenderle fuego a todo, muchísima gente ni se molestó en votar cuando la elección para constituyentes y luego, gobernadores.

    ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es que del furor reclamando el voto, nos vinimos a la apatía y el desinterés en votar?

    El reclamo por el sufragio universal estaba motivado en la convicción de que era la herramienta para la defensa de los derechos básicos frente al poder y la exclusión.

    Hoy, los derechos básicos (vida, libertad, propiedad...) están bastante asegurados y los reclamos van más por la línea del bienestar y de la seguridad. Pasamos de la libertad “de” a la libertad “para”.

    Las expectativas y los reclamos son por temas que están más en la órbita del Estado, (dícese del sujeto obligado a proporcionar bienestar), que del funcionamiento del régimen democrático (que no está claro, al final de cuentas, para qué sirve).

    La macana es que el Estado no funca. En algunos lados menos, en otros, menos que menos.

    Por lo general, las estructuras estatales han entrado en una etapa de rendimientos decrecientes (justo cuando las listas de expectativas y reclamos son crecientes).

    La gente lee esto como que votando no va a conseguir nada. Como que “son todos iguales”. Ya cambiamos más de una vez de gobierno y nada (al menos de lo que yo quiero), cambió.

    Por eso, en vez de votar, muchos prefieren salir a romper todo. Resulta claramente absurdo, pero el punto está en que ocurre. A la hora de escribir estas líneas, le tocó a Colombia y, como siempre, el gobierno no encuentra con qué calmar a no se sabe bien quién.

    Da para pensar. No parece que el Uruguay esté cerca de situaciones como las de Chile y Colombia, pero no es cuestión de esperar a que se den. Pocos meses atrás nadie en los EE.UU. hubiera imaginado una toma del Capitolio.

    ¿Las soluciones pasan por salir de antemano a satisfacer expectativas? El problema con eso es que son inagotables. La historia lo prueba abundantemente.

    Quizás haya que empezar –ya– a decirle a la gente la verdad, mientras la temperatura todavía esté baja. Y la verdad es que el paradigma del Estado benefactor se agotó. No es neoliberalismo. Es realismo contemporáneo.

    ¡Ah! También mantengamos la obligatoriedad del voto. Por lo menos achica el paño de la indiferencia. Que después deviene escepticismo, desencanto, anomia... y bronca.

    Ignacio De Posadas

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