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    Desafortunada elección

    Capuletos y Montescos

    El miércoles 14 subió a escena la segunda y última ópera de la temporada lírica del Solís, que fue Capuletos y Montescos, de Vincenzo Bellini (1801-1835). Compuesta de apuro en menos de un mes, Bellini reutilizó varias partes de su ópera Zaira, estrenada con ruidoso fracaso un año antes, en 1829. Capuletos, en cambio fue exitosa en su estreno de 1830, aunque hoy, casi 200 años después, aparece poco favorecida en las estadísticas de Operabase, como la ópera número 118 entre las más representadas en el quinquenio 2005-2010.

    Su mentado parentesco con el Romeo y Julieta de Shakespeare es más bien lejano. En el libreto de Felice Romani la tragedia de amor entre los dos jóvenes pasa a un segundo plano, desplazada por la rivalidad de las dos familias y el clima de guerra instalado en Verona por esa pelea. Este es un primer ingrediente que quita credibilidad y fuerza dramática a la obra: haber desperdiciado o desechado la imperecedera tragedia de amor entre los dos jóvenes, para poner en su lugar el acento en la belicosidad entre las familias rivales, una historia que no parece muy digerible en la actualidad.

    El segundo ingrediente que hace de Capuletos un título prescindible es que musicalmente unos pocos pentagramas con algunos segundos de belleza no alcanzan a compensar la general aridez de la partitura. Hay muchísimos ejemplos en la lírica de arias al mismo tiempo difíciles y bellísimas; el propio Bellini tiene buenos ejemplos de ello. Sin embargo, aquí parece haberse ocupado más en complicarles la vida a los cantantes que en extraer belleza de la línea de canto. Tampoco hay líneas inspiradas para el coro.

    La puesta no mejoró mucho las cosas. Salvo un diseño de luces sugerente que dio vida a la escenografía, la dirección de escena no aportó demasiado con los protagonistas y permitió la presencia de un coro tieso, parado inexpresivo frente al público, cuando no tenía que cantar. Salvo el olvidable Tebaldo del tenor mexicano Enrique Guzmán, el resto de las voces solistas fueron en general correctas.

    Ni siquiera la orquesta sonó con todas las luces. Alguna impureza de afinación y algún desbalance con las voces impidieron apreciar las anunciadas credenciales del director brasileño Luis Fernando Malheiro.

    No parece razonable que en una temporada lírica con solo dos títulos, uno de ellos sea este, con el esfuerzo y el gasto que seguramente insumió. Hay que atraer público a la ópera, no ahuyentarlo.

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