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    Desde Rusia con amor

    Arte eterno: las tres últimas sinfonías de Chaikovski en una grabación definitiva

    Valery Gergiev nació en Moscú hace 60 años, de padres nativos de Osetia, en el Cáucaso Norte. Se formó en el Conservatorio de San Petersburgo, adonde llegó después de haber pasado por la escuela secundaria, época en la que también estudiaba piano. No era un niño prodigio sino un adolescente común, apasionado del fútbol, que practicó hasta los 16 años. A esa edad su gusto por la música dio un salto cualitativo cuando escuchó ópera. A partir de ese momento supo que la música sería en su vida algo más de lo que había sido hasta ese momento.

    Fue director invitado de la Ópera Metropolitana de Nueva York, director principal de la Orquesta Filarmónica de Rotterdam y desde 2007 es el director principal de la Orquesta Sinfónica de Londres, en la que ocupa el podio que dejó sir Colin Davis. Admite ser consciente de que la gente lo ve como un monstruo, pero se considera un tipo normal. No maneja su automóvil ni usa el correo electrónico porque para él es una forma de protegerse. Su medio de transporte más habitual es su avión privado, no solo porque muchas veces las distancias dentro de la Federación Rusa son enorme sino porque también sale desde allí de manera frecuente a distintas ciudades europeas y a los Estados Unidos. El mismo prestigio que como director lo ha puesto al frente de las más importantes orquestas, también lo ha exigido al punto de tener que estar en dos ciudades diferentes el mismo día. Ese movimiento perpetuo lo hizo cancelar por extenuación un concierto que en marzo de 2011 tenía agendado en Nueva York.

    La pasión adolescente por el fútbol la mantiene aún hoy, cuando en sus escasísimos ratos libres trata de ver algún partido en televisión. Prueba de su interés y de su información en el tema es el diálogo que hace un par de años, durante un descanso del ensayo de “Aída” en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, tuvo con un joven compatriota que trabajaba en la puesta de ese espectáculo. Cuando este le dijo a Gergiev que era uruguayo, el maestro le contestó: “Uruguay fue campeón mundial de fútbol en Maracaná en 1950”.

    El arte, la política y el sexo

    Figura prominente del mundo cultural ruso, no ocultó su partidarismo electoral por Vladimir Putin en la última reelección. Hace seis meses el presidente ruso condecoró a Gergiev como “Héroe del trabajo”, una premiación que no se utilizaba en Rusia desde la era soviética. Gergiev mantiene con Putin una relación de cercanía y amistad.

    Putin promulgó recientemente en su país una ley restringiendo la propaganda y la discusión pública sobre “relaciones de sexo no tradicionales”. Hace apenas cuarenta y cinco días Gergiev se presentó en el Carnegie Hall de Nueva York para dirigir tres conciertos. En la vereda del teatro y dentro de la sala, activistas homosexuales coreaban la consigna “Gergiev, tu silencio está matando a las lesbianas y a los gays rusos”. Los activistas obviamente pretendían que Gergiev se pronunciara públicamente sobre el tema. Se dice que el maestro dijo, en alguna reunión reservada, que como director general del teatro Mariinski no hace ningún tipo de discriminación en las contrataciones de personal. Y que también agregó: “Pero si uno empieza a decir estas cosas públicamente, suena como si estuviera pidiendo disculpas. Y yo no tengo nada de qué disculparme.”

    Lo cierto es que las protestas gay encontraron inesperada resonancia; primero, cuando Peter Gelb, gerente general del Metropolitan Opera, anunció que la temporada en esa sala se abría con “Eugenio Oneguin”, de Chaikovski, “el más grande compositor gay de Rusia”, y luego cuando Michael Cooper, desde “The New York Times” apuntó que las manifestaciones homosexuales en el Carnegie Hall se hicieron sin tener en cuenta el programa del concierto: “El pájaro de fuego”, “Petrouchka” y “La consagración de la primavera”, tres obras encargadas a Igor Stravinsky por el empresario ruso de ballet Sergei Diaghilev, que también era gay.

    Su casa y su instrumento

    De trajinar incesante por el mundo, donde Valery Gergiev se siente en su casa es en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, construido en 1783, del que es director general y artístico desde 1988. Nada se hace allí sin que antes haya pasado por el tamiz de su supervisión en lo musical y en todos los aspectos del espectáculo. Gergiev ha sido además el motor principal de la construcción del Mariinsky II, ubicado a pocos metros del Mariinsky viejo, e inaugurado en mayo de este año con una gran gala lírica bajo su conducción, con divos de la ópera y del ballet de todo el mundo. El costo del teatro rondó los 600 millones de euros.

    Youtube mediante, puede apreciarse que Gergiev es un hombre de charla distendida y amable, en la que desgrana conceptos agudos que ayudan a redondear una personalidad inteligente y penetrante. Reitera varias veces que la música es un aprendizaje constante, que él lo hizo con sus compañeros de conservatorio cuando estudiaba y que hoy aprende mucho de sus colegas. Cuenta, por ejemplo, que escuchando un bis que hizo el pianista brasileño Nelson Freire con una melodía del “Orfeo y Euridice” de Gluck, transcripta para piano por Giovanni Sgambati, aprendió, en esos tres minutos que dura la pieza, más que en varias horas de clase o de ensayos. Esa miniatura —agrega— ejemplifica cómo la energía de la música puede ser tan vigorosa con el sonido furioso de un Prokofiev, un Wagner o un Verdi, o con la serenidad de un Gluck.

    Dice también que el director debe ser a un tiempo esclavo y amigo del compositor; que el gran fenómeno de Arturo Toscanini es que con él, el ritmo deja de ser algo uniforme para transformarse en carácter, en una carga eléctrica que forma parte del propio discurso musical. Una carga de energía —bromea— mucho más sana que las calorías que ingerimos con las comidas. Hasta el presente realiza estudios y práctica de relajación, de modo que al exigir un gran sonido o una gran tensión de la orquesta, haya al mismo tiempo distensión en los músicos. De esa manera el sonido puede lograr la belleza de la voz humana.

    Si el Teatro Mariinsky es su casa, puede afirmarse sin margen de error que la Orquesta Mariinsky es su instrumento, que conoce y quiere como un violinista a su violín o un guitarrista a su guitarra. Formada por músicos rusos y nacida en 1783, conocida durante la era comunista como Orquesta Kirov, la hoy llamada Orquesta Mariinsky ha sido moldeada en los últimos veinticinco años por Valery Gergiev, colocándola al nivel de las mejores del mundo. Con ella grabó en enero de 2010 las tres últimas sinfonías de Chaikovski, la 4ª, la 5ª y la 6ª, conocida también como “Patética”, en la magnífica acústica de la Sala Pleyel en París. Testimonio de esa notable grabación es el DVD catalogado como MAR0513 del sello Mariinsky.

    Los tres rusos

    La historia de la música clásica rusa registra la existencia de Los Cinco Rusos, un grupo de compositores que entre los años 1856 y 1870 quisieron imprimir un aire nacionalista a la música de su país, alejándola así de los cánones e influencia europeos. Eran ellos Mili Balakirev, César Cui, Modesto Moussorgski, Nicolás Rimsky Korsakov y Alejandro Borodin. Contemporáneo del grupo fue Pedro Chaikovski (1840-1893), y si bien mantuvo con ellos una relación de cordialidad y respeto, su estética musical nada tenía que ver con la de los cinco. Chaikovski nunca renegó de sus raíces europeas y jamás le preocupó hacer una música “nacional” como la que pretendían los cinco. No obstante eso, sin proponerse ninguna receta ni recurrir a artificios de composición o a tradiciones ajenas, su música también alberga, además de la europea, la tradición rusa, con el agregado de lucir el sello personalísimo que solo pueden exhibir los grandes creadores.

    Los tres rusos que se han juntado para esta maravillosa grabación son la Orquesta Mariinsky, integrada por músicos rusos, fogueada y moldeada por su director estable Valery Gergiev, haciendo todos ellos música de Pedro Chaikovski. La conjunción no es menor porque todos ellos sienten lo que hacen desde lo más profundo de su ADN. Tanto Gergiev como sus músicos exhalan ese aire de autenticidad que solo brota cuando el intérprete tiene un ancla en una tradición que le es propia. El enfoque de Gergiev es de una gran libertad en el mejor sentido, con cambios de tiempo, accelarandos y ritardandos, notables rubatos y una ancha gama entre los pianísimos y los fortísimos. Uno mira y escucha una y otra vez estas versiones y termina siempre emocionándose porque por otra parte se da aquí algo inusual en los DVD de música: la conjunción entre una interpretación y un sonido excelsos y las notables imágenes del director de cámaras, que capta sutilmente el compromiso con que tocan los músicos, sus constantes miradas de seguimiento al director, la emoción en sus rostros.

    El impacto ya empieza con el primer movimiento de la Cuarta Sinfonía, compuesta entre 1877 y 1878, donde es apabullante el contraste entre la tensión trágica de las cuerdas en el primer tema, con la dulzura del segundo. Una angustia casi insoportable transmite la orquesta al retomar el motivo principal en los últimos 45 segundos del primer movimiento. Difícilmente haya otra versión tan penetrante de esta obra.

    En la Quinta Sinfonía, compuesta en 1888, es maravillosa la solemnidad y el sentimiento con que comienzan el primer movimiento los clarinetes, los fagotes y las cuerdas, y en el segundo movimiento el canto del corno, que parece una voz humana, con las cuerdas de fondo. En el final tumultuoso y marcial se ve en primer plano la sonrisa de placer del concertino por el empuje irresistible con que la orquesta va llegando a ese final.

    En la Sexta Sinfonía, compuesta cuando se estaba muriendo Chaikovski en 1893, emociona ya desde el solo de fagot del comienzo sobre un fondo de cuerdas y culmina en un movimiento final de antología, donde la tristeza invade la sala. Cuando en el cuarto movimiento los violines atacan el segundo tema, la cámara nos regala, una vez más, el rostro del concertino pero esta vez con una mueca de congoja, casi un puchero infantil, mientras dibuja con la orquesta esa melodía única. La música se va apagando, como se apagaría la vida de su autor nueve días después del estreno. El público en la Sala Pleyel permanece un lapso interminable en respetuoso silencio antes de comenzar a aplaudir. Un DVD imprescindible, con tres obras maestras ejecutadas por maestros.