Horacio Artagaveytia reconstruyó lo más fielmente posible, apelando a la historia familiar, el origen, vigencia y desaparición del Canelón, que plasmó en una publicación titulada “El Canelón, la primera raza equina de América del Sur , creada en Uruguay”, publicado en los primeros años de la década de los 90.
Particularmente los “Ruices” son fundamentales en la reconstrucción y origen de la historia. “Parece que estos hermanos al igual que su padre y abuelo se habían dedicado a la cría y selección de los yeguarizos”, nos relata Artagaveytia.
Afirmaban que su manada descendía de las primeras yeguas introducidas a la Banda Oriental, seleccionadas por su resistencia. En aquella época las comunicaciones de Nueva Palmira con Montevideo durante la Guerra Grande y bloqueado el río por las fuerzas conjuntas de la defensa, Nueva Palmira, baluarte oribista, solo se comunicaba con Oribe en el Cerrito “a pata de caballo”.
Los “Ruices” tenían la doble misión de seleccionar por un lado a los mejores caballos y por otro a los chasques, de quienes dependía muchas veces la victoria, o la derrota.
Con los datos obtenidos de las distintas experiencias, los hermanos Ruiz seleccionaban las yeguas más aptas y las servían con los mejores padrillos.
Cuando Enrique Artagaveytia compró la estancia La Uruguaya, la pobló con yeguarizos Criollos de los hermanos Ruiz manteniéndolos puros, sin cruzarlos con otra raza, como lo estaban haciendo muchos ganaderos.
Enrique Artagaveytia, aunque “admirador de los magníficos y rústicos caballos criollos”, y sabedor de que el trote era el paso más apropiado y rendidor en las largas marchas, reconocía también lo importante que era la velocidad, especialmente para los chasques.
De ahí nació su interés en formar caballos con patas y trotes más largos, manteniendo la rusticidad del criollo y así surgió la idea de formar el Canelón.
Un extracto del libro “Pur Sang cabañas y estancias del Uruguay de 1916 y 1917” cuenta lo siguiente:
“A principios del siglo pasado (XIX), en el departamento de Soriano, costas del río Uruguay, próximo a las playas de la Agraciada, residía la familia de los Ruiz, antiguos vecinos de aquellos históricos lugares.
Conservaban los “Ruices” en su vieja estancia la Agraciada, el precioso tipo de caballo criollo puro, verdadero origen del que habían introducido los españoles cuando sus dominios en América, que, sabidos es, procedían de ejemplares moros y árabes.
Sabido es también que, en 1825, cuando el desembarco de los 33, era tal la fama de que gozaban las caballadas de los “Ruices” que fueron estos por intermedio de Tomás Gómez, los encargados de proporcionar los caballos necesarios al heroico grupo de Lavalleja.
Años después, alrededor de 1855, Don Enrique Artagaveytia adquirió de los Ruiz, un lote de yeguas elegidas entre las nombradas manadas de tan antiguo origen.
Estimando con su característico entusiasmo lo que venía de adquirir, sometió desde el principio, y durante más de 30 años, su cría de caballos a la prolija selección de tipos y pelos, conservando así, como valiosa reliquia, en su establecimiento La Uruguaya, el completo tipo de caballo criollo puro que, mientras en el resto de la república tendería a desaparecer, era cuidadosamente cuidado en La Uruguaya”.
Desaparición del Canelón
En la segunda presidencia de la ARU de Manuel S (así nombra Artagaveytia a su tío) sostuvo que si la institución quería mantener su pujanza sin envejecer, era imprescindible incorporar jóvenes a su directiva y propuso entonces a un joven de 23 años, que conocía y apreciaba.
Un veterano que se oponía tenazmente dijo, con sorna y cierto despecho:
—Si seguimos así, vamos a tener que incorporar al presupuesto de la Rural la compra de pañales.
Cuando se informó que el candidato se llamaba Alberto Gallinal Heber, el veterano reaccionó con indignación y preguntó:
—¿Es el hijo del millonario Alejandro Gallinal?
Con su calma tradicional y reprimiendo su fastidio Manuel S le contestó:
—A los hombres no los califico por sus millones, sino por sus acciones.
A pesar de la oposición de algunos, Alberto Gallinal entró a la directiva de la ARU en 1932 y se convirtió en el apóstol de la acción: administraba varias estancias de sus padres: integró la primera Comisión Directiva del Corriedale, en 1935; presidió la primera directiva del caballo Criollo y en el mismo año fue designado vicepresidente de la ARU; triunfó con Hereford y Corriedale en el Prado y Palermo.
Gallinal se convirtió en un torbellino ejecutivo que cambio “el después” por el “ahora”.
Ese mismo año en que fue nombrado vicepresidente de la Rural, Gallinal le dijo a Manuel S:
—El Canelón ha demostrado ser una raza definida. Hace 30 años que concurre al Prado con ejemplares idénticos y sigue figurando como raza en formación. Necesito que consigas algunos documentos sobre su origen, para inscribirla como raza definitiva.
— Sí, dijo Manuel S.
Más adelante, a fines de ese mismo año, Gallinal le recordó que necesitaba definir el tema del Canelón.
—Sí, dijo Manuel S.
A mediados de 1943 le reiteró que estaba esperando la documentación y que la necesitaba urgente, y le advirtió en forma poco diplomática, que si no la presentaba antes del 31 de julio, el Canelón sería borrado de los archivos de la ARU.
—Sí, dijo Manuel S.
Pero comentó en su casa:
—“Venirme este muchachito con un ultimátum a mí…”
El Canelón fue aceptado como raza definitiva y como tal fue presentado, por última vez, en la exposición de 1943. Manuel S nunca más concurrió a la rural y el Canelón tampoco.
Artagaveytia cuenta que a partir de entonces nadie se ocupó de mantener los registros, la raza se siguió criando sin controles y terminó por perder su identidad y así finalizó, abruptamente, la historia de la primera raza formada en Uruguay, que llegó a ser raza definitiva y… desapareció.