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    sábado 15 de junio de 2024

    Detrás de la paz de Vermeer

    Nº 2223 - 4 al 10 de Mayo de 2023

    En las cinematográficas calles de Ámsterdam La lechera de Johannes Vermeer sale al paso en cualquier recodo para recordarle al caminante que en el Rijksmuseum, el Museo Nacional, se presenta una muestra promocionada como “la más grande y jamás vista”, “una oportunidad única en la vida” de contemplar tantas obras del maestro juntas. Ahora o nunca. Según una nota de la publicación alternativa Gaceta Holandesa, el despliegue publicitario fue digno de Rosalía. No obstante, además del marketing, las autoridades del museo aprovecharon para difundir investigaciones sobre Vermeer y el uso de la cámara oscura (precursora de la máquina fotográfica), herramienta que supuestamente influenció el estilo del pintor. A su vez, con un impresionante despliegue de tecnología (con fluorescencia de rayos X y análisis espectroscópicos) desentrañaron el proceso creativo de algunas obras y el tipo de pigmentos que usó Vermeer, entre otros hallazgos. Así, por ejemplo, en la página web del Rijksmuseum se ven las sucesivas capas del cuadro La lechera, inicialmente pintada sobre una pared con tonalidades celestes, de la que colgaban varias jarras, y que hoy admiramos sobre un fondo blanco.

    El marketing, las revelaciones y el genuino interés produjeron una expectativa que seguro superó lo previsto. Antes de la apertura de la exposición, el Rijksmuseum vendió 200.000 entradas. El 9 de febrero, dos días después de la inauguración, ya iban en 450.000 y se debió colgar el cartel de localidades agotadas. Luego, con el recurso de extender el horario de visita hasta las 23.00 apareció otra tanda que también se agotó a gran velocidad, aunque la muestra cierra recién el 4 de junio.

    Se trata de un “éxito de taquilla”, algo que los grandes museos tratan de manejar con cautela —entre otros, el Louvre, el Prado o la Galeria degli Uffizi— para encontrar un equilibrio entre la afluencia masiva, el acceso a la cultura y la preservación de un clima propicio al disfrute de las obras.

    Por su parte, el Rijksmuseum ha desplegado creatividad y más tecnología para que el encuentro entre Vermeer y el espectador finalmente ocurra. En ello tuvo un papel la empresa de telefonía KPN, principal patrocinadora y responsable de crear la experiencia en línea Closer to Vermeer (en la página del museo) que permite observar los cuadros en gran resolución y hacer zoom hasta en los detalles. Pero, claro, se trata de un itinerario virtual, un premio consuelo para quienes no pisaron la sala, y cuando se promociona una muestra de esta magnitud lo que “vale” es el estar de pie frente a los originales.

    Junto con la exposición, el país entero se “inundó” de réplicas de Vermeer, en especial Ámsterdam, La Haya y Delft, este último, el pueblo donde nació el pintor. La lechera y La joven de la perla son figuras omnipresentes en los espacios urbanos holandeses y tanto aparecen en una máquina expendedora de tickets para el estacionamiento como en los cientos, más bien miles, de objetos para turistas: La joven de la perla a las puertas de un shopping, envejecida como si tuviera 80 años, guiñando un ojo en una especie de juego infantil en 3D, impresa en un paraguas, convertida en gato o ratón, estampada en bufandas, medias y, por cierto, en incontables imanes de heladera.

    La New Amsterdam Surf Association lanzó al mercado, para la ocasión, una serie de tablas de surf a 1.200 euros que llevarán a la lechera y la mujer que lee una carta (probablemente embarazada) a barrenar olas. Y el restaurante del Rijksmuseum incorporó al menú un vino Cuvée XII-2022 Vermeer, del viñedo holandés Apostelhoeve, más dos platos inspirados en el pintor. Uno de ellos es un postre (Milkmaid, en inglés), una especie de budín con crema de limón que cuesta 15 euros. También es posible comprar la lechera en crochet, verla en Instagram en una graciosa versión de Playmobil o en una edición especial del Pato Donald en la que una Daisy con cofia vuelca la leche fuera del cuadro y su novio se resbala, en parte por la sorpresa. En estos días Vermeer es una marca que “derrama” una suerte de beneficio económico, y una taza se vende mejor si lo recuerda.

    Vermeer fue un pintor casi desconocido hasta finales del siglo XIX. Tal vez porque representaba escenas de paz, refugios de quietud, mientras en su casa correteaban 11 hijos y se cernía la amenaza de la guerra. En la novela En busca del tiempo perdido se lo menciona como un artista desconocido, aunque en la narración un personaje agónico contempla Vista de Delft como lo más precioso que se puede llevar de esta vida. Proust escribió, nada menos, que ese cuadro era el más bello del mundo.

    Las pinturas de Vermeer invitan a meterse en una habitación ajena, a vichar por el ojo de la cerradura un momento privado. Los cuadros de Vermeer arrullan y seducen por su serenidad, pero una vez más afloran las contradicciones porque no es lo mismo espiar por una rendija una escena única que ver la imagen repetida mil veces; ni es igual contemplar en soledad detrás de la puerta que buscar el ángulo entre decenas de cabezas.