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    Dientes de leche

    Shirley Temple (1928-2014)

    Fue una niña prodigio de Hollywood. Sabía cantar, bailar, actuar y en especial seducir a los espectadores. Era de talla pequeña, ricitos de oro y sonrisa angelical, y llegó a convertirse en estrella de la Fox y luego de otros grandes estudios como la MGM y la Paramount. Comenzó a muy temprana edad: con cinco años ya encandilaba a las audiencias, siempre en papeles de niña tierna, encantadora, dulce en extremo. Eran los años de la Gran Depresión. Y la criatura ganaba una montaña de dólares, que obviamente manejaban sus padres. Compartió cartel con grandes actores como Gary Cooper y Carole Lombard (“Ahora y siempre”) y hasta llegó a ser dirigida por genios como John Ford en “El ídolo del regimiento” (Wee Willie Winkie, 1937) y en “Sangre de héroes” (Fort Apache, 1948). Murió este lunes 10 a los 85 años, mucho tiempo después de haber superado aquella infancia esplendorosa y también amarga.

    A mediados de los 30 era un éxito asegurado y en un solo año podía participar en más de cinco películas. Debe haber soportado un gran peso bajo sus hombros: no defraudar a los padres, no defraudar a los estudios, no ensuciar el vestidito blanco, no defraudar a la audiencia. Dicen que durante el rodaje de “La estrellita del faro” (Captain January, 1936) perdió sus dientes de leche. Su brillo le llevó a ganar un Oscar juvenil especial. Y sus manos y pequeños pies quedaron estampados en el Paseo de la Fama. Pero cuando se agotó la infancia y la incipiente adolescencia de Shirley Temple, también se terminó la magia. En 1949 se retiró del cine. Hizo algo de televisión y más adelante se dedicó a la carrera política. Era de ideas republicanas, fue defensora de Richard Nixon, amiga de Ronald Reagan y llegó a ser embajadora de Estados Unidos en Checoslovaquia entre 1989 y 1992, durante la administración de Bush padre. En Praga presenció la Revolución de Terciopelo, cuando la Unión Soviética se desplomó. Según Temple, haber sido testigo de semejante suceso fue lo más grande que le ocurrió en la vida.

    Los niños prodigio por lo general tienen una vida bastante más difícil de lo que exhiben al público. La sonrisa iluminada tiene su contracara depresiva. En una edad de inocencia —o más bien de inexperiencia— deben dar todo de sí. Muy pocos son capaces de sostener una carrera durante toda una vida, desde niños, pasando por la juventud, hasta la madurez. Hay algunos casos exitosos: Mickey Rooney, Dean Stockwell, actualmente Christian Bale. Pero son más sonados y engrosan mayores listas los que quedan por el camino. Una de esas estrellas infantiles opacadas con la llegada de la edad adulta fue Macaulay Culkin. Si uno mira sus fotos actuales, dan lástima.

    Lo cierto es que Temple intuyó ese drama y se retiró a tiempo. Supo que no le daba la cuerda para más. Hay una cruda película de John Schlesinger sobre el lado oscuro de Hollywood, “Como plaga de langosta” (The Day of the Locust, 1974), en cuya escena final un pobre hombre hastiado de todo desata una furia incontenible y pisotea hasta morir a una niña que bien podría encarnar a Shirley Temple. La exigencia, el destaque y el éxito a toda costa siempre tuvieron su precio. Shirley Temple fue una actriz de dientes de leche. Cuando descubrió que los reyes eran los padres, dijo basta.