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    Dilemas del nuevo “seregnismo”

    Nº 2198 - 3 al 9 de Noviembre de 2022

    Faltan apenas dos años para la elección nacional y se nota. En todos los partidos se van perfilando candidaturas. A diferencia de algunas elecciones anteriores (por ejemplo, 2004, 2009, 2014) en las que era relativamente sencillo identificar con antelación el favorito, la de 2024 parece estar llamada a ser una elección sumamente competitiva y de pronóstico reservadísimo. En ese contexto, podría decirse que los detalles de cada campaña serán decisivos. Ambos bloques deberán hacer un esfuerzo especial. El bloque de gobierno, para retener a los votantes que le dieron la victoria en 2019; el Frente Amplio (FA), para recuperar el terreno perdido en la elección de octubre.

    Por eso mismo, resulta de especial interés analizar los pasos que viene dando el espacio autodenominado “seregnista” (Convocatoria Seregnista Progresistas) dentro del Frente Amplio. En el encuentro nacional realizado el sábado pasado ratificaron su voluntad de comparecer en las próximas elecciones con “una identidad común, en listas únicas al Senado y a la Cámara de Representantes en todo el país”. Asimismo, acordaron definir la precandidatura presidencial seregnista en marzo del año que viene. Está muy claro que se proponen terciar entre Yamandú Orsi y Carolina Cosse, dos precandidaturas que ya están instaladas en el imaginario frenteamplista.

    También es evidente para cualquiera que haya seguido de cerca la historia de cómo la coalición de izquierda logró crecer 20 puntos en apenas 10 años (entre 1994 y 2004), que la construcción de una oferta centrista fue clave. Sin perjuicio de reconocer el rol de Tabaré Vázquez y de José Mujica en el despegue electoral de la izquierda, Danilo Astori jugó un papel decisivo. Fue decisivo, en verdad, en cada una de las tres elecciones que el FA logró ganar. Decisivo para que el FA ganara en primera vuelta en 2004 (fue, escribimos con Daniel Chasquetti en su momento, el “2 de la muestra”). Decisivo en 2009, cuando aceptó completar la fórmula presidencial encabezada por José Mujica (el astorismo aportó nada menos que cinco senadores, o seis contando al propio vicepresidente electo). Decisivo, otra vez, en 2014, a pesar de la reducción de su votación. El aporte electoral del astorismo tuvo importantísimas consecuencias en el plano de las políticas públicas: ningún otro dirigente, ni Tabaré Vázquez ni Mujica, en ese sentido, fueron tan influyentes como Danilo Astori.

    Mi colega Jaime Yaffé, en su excelente libro Al centro y adentro. La renovación de la izquierda y el triunfo del Frente Amplio en Uruguay (Linardi y Risso, 2005), explicó con toda claridad por qué la competencia entre Vázquez y Astori entre 1995 y 2004 terminó siendo una “estrategia electoral óptima”. Para alcanzar la mayoría absoluta, aprovechando las oportunidades del entorno, la izquierda debía formular una estrategia que le permitiera combinar acertadamente oposición política y moderación programática. Oposición para capitalizar el descontento con los gobiernos y sus reformas. Moderación para captar electores de centro. La ampliación de las alianzas (Encuentro Progresista y Nueva Mayoría), agrega Yaffé, fue la tercera clave del despegue electoral. La competencia entre Vázquez y Astori generó un resultado “óptimo” para el FA: “Entre 1996 y 2003, la confrontación entre Vázquez y su desafiante Astori fue un dato permanente, que tuvo una funcionalidad para la estrategia de acumulación política del FA. (…). Esto fue así porque, mientras Vázquez reforzaba la captación del creciente descontento con los gobiernos de coalición, Astori permitía establecer una cabecera de puente hacia el electorado más moderado, probablemente más reticente y temeroso frente al radicalismo opositor de Vazquez. La reconciliación final entre ambos líderes, al momento de iniciar la campaña electoral de 2004, fue decisiva para sellar la convergencia entre las dos vías de captación electoral” (p. 184).

    Es muy importante, en términos analíticos, recuperar estos antecedentes a la hora de poner un ojo en el nuevo “seregnismo”. No es un logro menor, ciertamente, articular en una única oferta electoral personalidades fuertes y ambiciones legítimas. Pero el principal desafío que esta corriente tiene por delante es de otra naturaleza. Si, realmente, quieren terciar en la interna del FA, si quieren construir una identidad distinguible, si quieren convertirse en la principal puerta de regreso de los votantes que fueron emigrando, sin prisa pero sin pausa, a lo largo de los últimos años, tienen que arriesgar un poco más en el terreno ideológico y discursivo. Astori aportó todo lo que aportó al crecimiento y consolidación del FA porque arriesgó. Astori no disimuló sus convicciones. Al contrario. Siempre habló fuerte y claro. Desde luego, tenía la intención de ser el sucesor de Líber Seregni y, por eso mismo, compitió con todas sus fuerzas por la candidatura del FA con Vázquez, primero, y con Mujica, después. Pero lo hizo sin renunciar a sus creencias, a contrapelo muchas veces del sentido común de los frenteamplistas. Tiendo a pensar que esta forma de hacer política le costó no llegar a ser nominado candidato a la presidencia por el FA. Vázquez, primero, Mujica, después, se quedaron con el corazón de la mayoría de los frenteamplistas.

    El nuevo “seregnismo” enfrenta el mismo dilema. Para, eventualmente, vencer a Orsi o Cosse en la primaria del 2024 debe vibrar en la misma frecuencia que los electores frenteamplistas más activos, más movilizados, los más identificados con la tradición. Para aportarle al FA esos electores que ha ido perdiendo, para “repatriar” a la diáspora, tiene que diferenciarse de la mayoría del FA. En otras palabras: para intentar ganar la primaria debe parecerse a Fernando Pereira; para contribuir decisivamente al crecimiento del FA en octubre de 2024 debe parecerse al Danilo Astori del lapso 1995-2004. No es una decisión sencilla. Las posiciones que asuman en al menos tres temas fundamentales dirá mucho sobre qué estrategia prefirieron: Cuba, transformación educativa y reforma de la seguridad social. ¿Piensan lo mismo que comunistas y socialistas sobre estos tres asuntos? ¿No dirán nada diferente a lo que piensa la militancia frenteamplista? El tiempo, como siempre, tiene la respuesta.

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