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    Dimisión

    Los nietos rodeaban al abuelo, que se aprestaba a contarles otras historias de los tiempos que le había tocado vivir en su juventud.

    —“Seguí con la historia de aquel episodio fantástico del triunfo electoral que no fue” —dijo el mayor de los pequeños, alentado a coro por los demás asistentes —“¡Sí, dale, Tata, esa historia está demás!” —reclamaron con entusiasmo.

    —“Bueno” —replicó el abuelo —“sigamos con aquellos episodios tan inusuales para nuestra República” —agregó, mientras se acomodaba en el sillón, rodeado por su pequeña tribu.

    Les recordó que los musulmanes habían empezado a llegar al territorio uruguayo a fines del 2014, hacía muchos años.

    Primero llegaron unas familias sirias refugiadas, y al poco tiempo unos personajes misteriosos, enviados por los Estados Unidos desde la prisión de Guantánamo, a la que habían sido llevados por su supuesta relación con los movimientos terroristas de Al Qaeda.

    —“El que trajo esta primera oleada fue el entonces presidente Mujica, que le dejó el fardo a su sucesor Tabaré Vázquez, que asumió en el 2015, sin poder evitar el paquete que le dejó su predecesor” —dijo el abuelo. “Al poco tiempo de asumir Vázquez, llegaron oleadas de inmigrantes musulmanes refugiados, que ya habían sido seleccionados por Mujica y sus asesores. Eran familias enormes, con doce y catorce hijos, mujeres embarazadas, que fueron dando a luz uruguayitos-sirios, conformando así una comunidad creciente. Es más” —agregó el abuelo —“ni bien llegaron los primeros musulmanes en 2014, a los pocos días nació el primer uruguayo-sirio, que venía en el vientre de su mamá. Lo bautizaron, tal vez en forma premonitoria, Mustafá Bin Conkist El Mandat, y se crió como cualquier niño uruguayo, en la escuela pública y en la Udelar, en la que a los 21 años se recibió de abogado, para orgullo de sus padres y de su creciente comunidad, que con una tasa de natalidad cinco veces mayor que la de los uruguayos, no paraba de crecer” —prosiguió.

    El abuelo les contó a los nietos que después de Vázquez vino la presidencia de Sendic, quien le pidió a la presidenta americana Hillary Clinton que le mandara todos los presos de Guantánamo que no había podido colocar todavía, “porque el Uruguay está despoblado, es libre y amigo de todos los pueblos del mundo, cualquiera sea su credo o religión”.

    Después vino la presidencia de Lucía Topolansky, y siguieron llegando musulmanes de Siria, de Irak, de Yemen y de Irán, porque —según la primera mandataria— “nuestra patria es grande y hospitalaria, y en ella hay lugar para todos, o para nadie”.

    —“Lo más lindo de esta historia” —retomó el abuelo —“es cuando empieza la campaña política del Frente Amplio promoviendo a Constanza Moreira a la presidencia, para las elecciones de 2035. En el correr de esos años se había movido el tablero político tradicional uruguayo, y los blancos y colorados, tras los fracasos del Partido de la Concertación, habían decidido transformarse en fundaciones benéficas destinadas a la ayuda a los desposeídos, borrándose del padrón electoral. Paralelamente, había aparecido el Partido Musulmán Mahometano y Ortodoxo, el cual postulaba a la presidencia a Mustafá Bin Conkist El Mandat, conmoviendo profundamente a la opinión pública. El pueblo, temeroso de que ganara una personalidad tan combativa y poco confiable como Constanza Moreira, se volcó masivamente por la candidatura de Mustafá, quien ganó las elecciones con el 63,5% de los votos, mayoría parlamentaria y paliza total” —enfatizó el abuelo, ante sus nietos, que seguían el relato en el más absoluto silencio.

    —“El problema, o más bien, los problemas de Mustafá empezaron ni bien se presentaron los delegados de la Corte Electoral a comunicarle oficialmente su victoria” —arrancó el abuelo, en la parte que más les gustaba a los nietos. “Le dijeron que si bien él era nacido en Uruguay, como la Constitución lo requiere para ser presidente, el hecho de que su madre viniera embarazada desde Siria planteaba algunos detalles que había que resolver. Le explicaron que él había sido concebido fuera del país, y que entonces tenía que presentar un certificado de preñez temporizante, o sea un documento que probara que había sido concebido al menos tras haber pasado la mitad del recorrido entre Siria y Uruguay, porque de lo contrario se le podría considerar extranjero. Mustafá cayó en una profunda depresión, pero no se amilanó. Le pidió al Imán Abdullah Al Pregnán, jefe de la policlínica de partos siria Al Part Al Forceps que le mandara un certificado habilitante. Le llegó escaneado al día siguiente, pero en la Corte Electoral le exigieron que el documento estuviera certificado por escribano público y legalizado por el Consulado uruguayo en Damasco. El pobre Mustafá no sabía cómo enfrentar esta inesperada requisitoria burocrática de su país, pero sus problemas prosiguieron, ya que, para la designación de su gabinete, totalmente integrado por musulmanes-uruguayos, algunos nacidos en Siria y otros en Uruguay, se le solicitó al presidente electo que presentara constancia de la residencia oficial de los futuros ministros, cédula de identidad uruguaya, y declaración de inscripción en BPS y DGI, tuvieran o no actividades gravadas por estos organismos, ya que en el caso de que no la tuvieran, deberían presentar constancia notarial negativa debidamente inscripta en el Registro de Inhibiciones. ‘Este es un estado laico, pero no nos comemos la pastilla´ —dicen que le dijo a Mustafá el presidente de la Corte Electoral José (“Pepe”) Arosemena, bisnieto de quien le había comunicado a Tabaré Vázquez su victoria desde el mismo puesto en 2014” —agregó el abuelo, para solaz de los nietos, que gozaban con aquella ensalada de trámites y requisitos. Para peor, varios de los ministros designados por Mustafá eran ex presos de Guantánamo, por lo cual se les exigió que presentaran una certificación notarial de inocencia, un libre de multas emitido por el FBI, y una declaración jurada de no—participación en actos terroristas certificada por la CIA, notarizada y legalizada por el Consulado Uruguayo en Washington. El pobre tipo ya no sabía “que la ciudadanía lo había elegido” enfatizó el abuelo.

    —“¿Cómo se llamaba aquella novela de Houellebecq, publicada allá por el 2015, en la que un musulmán ganaba las elecciones francesas en el 2020?” —preguntó otro de los nietos.

    —“Se llamaba ´Sumisión´, según recuerdo” —replicó el abuelo, y esta novela, en cambio, se llamó ‘Dimisión’, porque Mustafá terminó dimitiendo, y permitiendo que Constanza fuera elegida presidenta” —explicó el abuelo, diciéndoles a los nietos que ya eran las 10 de la noche, que debían irse a sus aposentos comunitarios bajo la vigilancia de los guardianes de la niñez, mientras él se volvía al asilo de ancianos vigilados por la guardia protectora de la tercera edad.

    —“¡Qué pena que no ganó Mustafá, capaz que si hubiera sido así, podíamos seguir conversando!” —comentó otro de los pequeños, mientras se levantaba para ponerse en la fila progresista de los niños pioneros del futuro.