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    Donald Trump y la democracia en riesgo

    Inesperado y no democrático, así fue el triunfo de Donald Trump hace cuatro años. Quizás el primer asombrado por el logro haya sido él mismo, en tanto que la ruta para llegar al despacho oval delató los límites del sistema electoral norteamericano, pensado para el siglo XVIII. Su elección perdió por tres millones en el voto popular, pero la ingeniería elitista de los “padres fundadores”, le permitieron ganar en el colegio electoral. Seguramente se sintió señalado, o bendecido, por un mandato que confirmaba su autoestima y la convicción de estar llamado para hacer grandes cosas, contra todo y contra todos. Su discurso inaugural muestra la pluma del nacionalista antiglobalizador Steve Bannon, tanto en su reafirmación popular como en la denostación a la clase política de Washington, acusada de usurpar el poder.

    La puesta en práctica de todas las vulgatas conservadoras sobre los pobres, las minorías, las diferencias sociales y el papel de Estados Unidos en el mundo, además del relanzamiento de la disputa por la hegemonía mundial en una competencia contra China, instalaron un estilo político tan simplista como directo. Trump es la imagen del éxito, de la opulencia y, en consecuencia, el émulo para los millones que corren detrás del “sueño americano”. Nacionalista por contrario a la globalización, privatizador por esencia existencial, el presidente norteamericano representa un segmento de su sociedad y las aspiraciones de empresarios y financistas que avizoran un futuro crítico, que necesita, además, la domesticación del sistema político. Para estos grupos, esa pátina de nacionalismo ultraconservador, marcados por la emergencia de las nuevas derechas radicales, los habilita para cuestionar el sentido democrático.

    Cuando Donald Trump aplaudió los éxitos políticos de Vladimir Putin lo hacía subrayando su permanencia en el poder. Luego, cuando Xi Jinping asumió el gobierno eternamente, el presidente norteamericano no pudo dejar de señalar que un sistema así debería aplicarse en su país. Y desde entonces las señales cuestionadoras de la democracia no dejaron de aparecer en sus discursos y en sus actitudes. El hecho de que Melania Trump se vistiera con chaqueta estilo militar en el lanzamiento de la actual campaña electoral, fue un mensaje que no pasó inadvertido.

    Donald Trump, su séquito y su bloque de poder, creen que el gobierno es un derecho de las élites, elegidas por el destino o por dios, indistintamente, que los habilita a gobernar rompiendo los mecanismos de representación e inclusive, la constitución. La regla es superar las reglas. Y sus últimas señales son tan graves como peligrosas.

    Interrogado sobre si aceptaría la derrota, tanto por la prensa como por su opositor Joe Biden en el último debate, Trump esquiva siempre la respuesta. Su negativa a responder es algo terriblemente grave, un hito en la historia política norteamericana. Ningún presidente antes se atrevió a insinuar algo así. No menos increíble es que el presidente, obligado a cumplir la ley y a ofrecer garantías electorales, sospecha de un fraude, especialmente en los votos que se emitan por correo. Meras excusas para justificar sus intenciones desestabilizadoras.

    Sus negativas a responder sobre la entrega del gobierno son graves, pero más aún lo serán las consecuencias. Los Estados Unidos son responsables de la serie de golpes de Estado en su zona de influencia durante el siglo XX, que desprestigiaron tanto al país como a su discurso democrático. Durante la década de 1980 buscaron revertir esos errores en su hemisferio con bastante suerte, y desde entonces los correctivos golpistas fueron escasos y diferentes a las anteriores asonadas cuarteleras. “El faro de la democracia mundial” tuvo apagones hacia afuera, pero nunca había cuestionado la democracia puertas adentro. Si ese acto, que evoca demasiado una distopía, se realiza, el mundo debe empezar a preocuparse y mucho.

    Guste o no, la permanencia institucional de la potencia hegemónica de occidente marcaba el paradigma político que debería regir. La democracia y los derechos liberales, así como la cultura política que emerge del sistema, fueron el modelo que más o menos todos seguimos en este lado del mundo. Y Washington tomó la cuestión democrática como una suerte dogma que sirvió de ejemplo a pesar de los cuestionamientos a sus intervenciones golpistas en Latinoamérica y otras zonas. Hoy ese proceso está en grave peligro.

    Si Donald Trump diera un autogolpe todo estaría permitido en su zona de influencia, poniendo en riesgo la paz interna y regional. Si el “faro” se apaga, la oscuridad habilitaría a los golpistas de la región a desempolvar sus viejas intenciones, atizados por el ejemplo del presidente norteamericano. El momento no es el mejor. El avance de las derechas radicales en América Latina se evidencia en los golpes “suaves” de los últimos años, y se hace eco en las redes sociales donde emerge el odio visceral hacia la democracia y las izquierdas, con una virulencia asombrosa. Por supuesto que esto no es nuevo. Los discursos antidemocráticos y de odio que aparecen masivamente en los portales y en las redes, son el nuevo despertar de muchos que estaban a la sombra, rumiando sus resentimientos contra los gobiernos de centro o de izquierda. Hoy, avalados por los giros políticos, aparecen pidiendo las cabezas de sus opositores, de una manera tan irracional como peligrosa. Si ese movimiento, que se vuelve cada día más activo y militante, recibe desde el norte el ejemplo golpista, deberíamos prepararnos para el peor escenario.

    Por supuesto que a Donald Trump y a su séquito le importa bien poco lo que suceda al sur del Río Bravo. En su vulgata, América Latina es violenta, vaga y emigrante, un lugar incivil donde hay poco para hacer y al que deben guiar. Sin embargo, la posibilidad de golpe en Washington abriría una nueva época en los Estados Unidos, y tampoco sería para bien.

    Los Estados Unidos viven una gravísima crisis económica, donde el gobierno de Trump ahondó la desigualdad a niveles críticos. El promedio de vida de la población se redujo, en tanto que la tasa de mortalidad en la mediana edad llegó a su punto máximo desde 1945. Durante el gobierno de Trump los norteamericanos sin seguro médico aumentaron un 3.2%. Mientras las rebajas impositivas y los ajustes benefician solamente a la élite, los impuestos impactan directamente sobre la clase media y los sectores bajos. Los ingresos se congelaron en los niveles de 2017. Según Joseph Stiglitz, la mediana salarial de los hombres que trabajan a tiempo completo es un 3% inferior que la de 1980. Si el varón es afrodescendiente su salario es tres cuartas partes menor que para los blancos. En el ámbito empresarial no hubo nuevas inversiones, por el contrario, la desconfianza hizo que se diera un record histórico de recompra de acciones por parte de las empresas más rentables. El déficit es otro récord, un billón de dólares, en tanto que el endeudamiento externo de 27 trillones, elevó en 10% la posición deudora. Se prevé que la relación deuda/PIB supere la marca anterior establecida en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial. El déficit comercial con el mundo y con su nuevo enemigo, China, no hizo más que crecer un promedio de 25%. La recuperación de la tasa de empleo está muy atrás en comparación con el gobierno de Obama y de la de occidente en general, mientras que 30 millones de habitantes viven en hogares con insuficiencias alimentarias, ganando salarios de subsistencia. En julio la economía cayó un 32.9% respecto del mismo mes de 2019. La pérdida de más de 40 millones de puestos de trabajo y el cierre de los negocios por la crisis sanitaria afectaron al núcleo central de los hogares de clase media. La cantidad de dinero que los consumidores gastaron se contrajo un 35%. En esa realidad un presidente con intenciones golpistas sólo tiene para mostrar la estabilidad de Wall Street y cómo el 10% de la población, dueña del 92% de las acciones bursátiles, continúa enriqueciéndose. Las tensiones sociales tuvieron su emergente durante las asonadas por los asesinatos racistas del último año, estimuladas por el estilo confrontativo de un presidente que se siente todopoderoso. Quizás el intento de golpe contra la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, signifique algo más que la aventura de algunos delirantes.

    Un golpe y, en consecuencia, el final de los derechos y de las garantías en Estados Unidos no pasaría inadvertido. El conflicto, en ese país tan desigual y armado hasta los dientes, se basaría en “el derecho a la rebelión” creado por John Locke y adoptado por los “padres fundadores” cuando redactaron la declaración de independencia en 1776. La quiebra de las reglas y la instalación de un poder ilegítimo, rompería el contrato, tal como argumentó el Congreso Continental de Filadelfia hace 244 años. El pueblo norteamericano tiene muy claros esos conceptos, así como el valor de los derechos individuales contra las usurpaciones. Unos creen que la élite tradicional de Washington ya los usurpó, pero muchos otros están expectantes ante la posibilidad de que ese personaje que llegó al poder casualmente, haga lo impensable si perdiera su reelección el 3 de noviembre. Estaremos en vilo, nuestra suerte también se juega en el norte.

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