Seguridad en la frontera. Precisión en la agricultura. Eso es lo que buscan quienes intentan incorporar los vehículos aéreos no tripulados, también conocidos como UAV (por su sigla en inglés), a la realidad rural de Uruguay.
El pequeño artefacto despega. Se trata de un drone. De una máquina no tripulada con forma de helicóptero o avión que asciende cientos de metros y comienza a recorrer a gran velocidad los campos. Toma fotografías que luego son relevadas por una computadora para obtener los detalles del área explorada.
Seguridad en la frontera. Precisión en la agricultura. Eso es lo que buscan quienes intentan incorporar los vehículos aéreos no tripulados, también conocidos como UAV (por su sigla en inglés), a la realidad rural de Uruguay.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) adquirió uno de estos equipos hace aproximadamente dos años, desde la llegada de esta tecnología al país. Se trata de un modelo AiD-H14, de la empresa alemana AiDrones. Cuesta U$S 35.000 y tiene una forma similar a la de un helicóptero de aeromodelismo, pero de mayor tamaño. Pesa 14 kilos. Posee hélices de más de dos metros de diámetro y un cuerpo de aproximadamente 40 centímetros de ancho por 50 centímetros de largo.
La utilización de drones forma parte de la investigación del INIA en métodos de “sensoramiento remoto” para el caso de la agricultura, explicó el técnico del INIA, Andrés Berger, quien se encarga de las estudios relativos a la agricultura de precisión en el centro experimental de La Estanzuela.
Con esta forma de trabajo se pueden estimar las propiedades de un objeto sin estar en contacto con él directamente, explicó. “En nuestro caso se trata de determinar las características de los cultivos”, precisó.
Al dron se le coloca una cámara que permite fotografiar la zona por donde vuela. Se trata de cámaras especiales o modificadas para que tomen imágenes rojas e infrarrojas.
A partir de las imágenes de alta resolución se pueden delinear las áreas dentro del campo según su productividad, señaló Berger. El otro de los usos es hacer un relevamiento topográfico, lo que consiste en medir los distintos tipos de suelo, agregó.
Los resultados obtenidos permiten hacer un manejo distinto por zonas a partir de las características particulares de cada una, lo que se llama “manejo por ambiente”. De esta manera se llega a resultados de una forma más rápida y detallada que recorriendo el campo de la forma tradicional, resaltó.
En una jornada se logran obtener alrededor de 350 imágenes, que se juntan para conformar una grande llamada mosaico. Para ello se requiere un equipo y un software especializado, indicó Berger.
Con la información obtenida se identifica, entre otras cosas, la existencia de plagas, o, en el caso de la forestación, el impacto que tienen las heladas en los montes.
En el arroz, en tanto, es posible determinar si el riego está llegando a todo el campo. La estimación del rendimiento y la identificación varietal son otros de los aspectos que pueden ser evaluados. Para el director del programa de Sustentabilidad Ambiental del INIA, José Terra, el uso de esta tecnología en el sector es ilimitado. En diálogo con Campo, Andrés Berger brindó detalles del funcionamiento y la aplicación que INIA da a esta tecnología.
El dron del INIA es controlado por una computadora. Mantiene una comunicación constante con la base desde donde se opera. Desde allí se traza una ruta para que recorra el área que se quiere relevar. Funciona a nafta y alcanza una velocidad de 60 kilómetros por hora. Se mantiene en el aire por 50 minutos y llega a alturas de hasta 3.000 metros. Su capacidad de vuelo está sujeta a distintas variables, principalmente el viento, que afecta el aterrizaje.
Al tratarse de un helicóptero, sin embargo, tiene menos dificultades para realizar esta tarea que otros drones con forma de avión. También, a diferencia de estos últimos, puede mantenerse quieto en un mismo lugar en el aire, lo que permite determinados tipos de fotografías, que de otra manera sería imposible tomar.
Falta de especialización
Una de las dificultades de utilizar este tipo de herramientas está relacionada con la falta de mano de obra especializada. En la actualidad no existe ningún instituto que dicte clases instructivas sobre cómo operar estos drones.
Quienes están capacitados para ello, generalmente, se formaron en el exterior, en el país de la empresa donde adquirieron el producto.
Para el uso agrícola no existen más de 10 drones en todo Uruguay. “Todavía su uso es muy incipiente”, reconoció Berger.
Hoy día, son muchos los productores que tienen capital para adquirir estos equipos, pero no lo hacen porque no cuentan con personal capaz de manejarlo, lamentó, y enseguida destacó que existe otro método de mayor accesibilidad para realizar el “manejo por ambiente”.
Sensores
El otro método, contó, se trata de sensores que se colocan en los tractores y generan una imagen del campo a medida que transitan. Mediante este mecanismo también se logra delinear un “mapa” del campo, señaló Berger. Tanto los drones como los sensores permiten determinar la cantidad de materia verde acumulada, lo que se traduce en el nivel de desarrollo del cultivo. Los sensores cuestan aproximadamente U$S 10.000 y solo existen cuatro en Uruguay.
La “diferencia grande” respecto a los drones es que la información que relevan no necesita un procesamiento posterior, lo cual lleva varios días de trabajo. Para el caso de los drones es necesario que una persona reconstruya las imágenes y luego decida, de acuerdo con los resultados.
Poder saltearse este paso es importante en ciertos momentos de los cultivos. Por ejemplo, cuándo se determina la cantidad de fertilizante a aplicar. En ese momento hay que decidir de forma rápida y los sensores tienen mayor capacidad de respuesta, dijo Berger.
El sensor colocado en el tractor toma los datos en tiempo real y se puede decidir inmediatamente la dosis de fertilizantes a utilizar. Además, si bien los sensores generan una imagen de peor resolución con respecto a los drones, no tienen problema con el viento, resaltó el especialista.
Por medio de los sensores, colocados en la cosechadora, también se pueden estimar los niveles de rendimiento de los cultivos.
Poco más que hacer
Los crecientes costos y las limitantes en los rendimientos obligan a los productores a prestar cada vez más atención a las herramientas disponibles. Y en este contexto, esta tecnología, todavía con una inserción muy baja, es observada con atención por los empresarios.
Berger sostuvo que quienes han comenzado a utilizar los drones o los sensores siguen trabajando con ellos, porque se dan cuenta que con la precisión de los resultados pueden tomar decisiones que implican un ahorro de dinero importante.
El área agrícola en donde se realiza el “manejo por ambiente” —que aplican drones y sensores— en “algún momento del año” gira en torno al 30%. No obstante, el porcentaje en donde se utilizan estas tecnologías de forma periódica es “mucho menor” y no supera las 20.000 hectáreas, estimó, pero aseguró que esta cifra aumentará con el correr del tiempo.
Con el transcurso de los años, con un uso intensivo de la agricultura, los campos presentan cada vez más diferencias en las distintas áreas. Por eso hay que contar con datos precisos, para evitar aplicar fertilizantes de forma homogénea, insistió el especialista. La otra opción, utilizar fertilizantes en “exceso”, es inviable con los márgenes de ganancia actual, en donde los costos “duelen” más, apuntó.
Los productores tienen “buena maquinaria”, “hacen un buen manejo de los cultivos”; lo que les “queda por hacer” para seguir creciendo es “un manejo variable” a través de estas tecnologías, razonó. “No hay mucha otra alternativa”, al menos para las grandes extensiones agrícolas, donde es inviable hacer este “trabajo a mano”, resaltó.
Un servicio novedoso
La empresa Geofly fue una de las primeras en adquirir un dron en Uruguay. Se trata de un Trimble UX5, un modelo con forma de avión que viaja a 80 kilómetros por hora y resiste vientos de hasta 60 kilómetros.
La actividad de la empresa se basa en brindarle servicios de fotogrametría a empresas rurales, explicó a Campo uno de sus técnicos, Antonio Villaluenga. El servicio, que implica hacer un “mapa” con información detallada del campo, tiene un costo mínimo de U$S 1 la hectárea, contó.
La demanda de este servicio ha aumentado, pero como “toda tecnología nueva”, el proceso para que gane un lugar dentro de las herramientas que usan las empresas agrícolas es “lento”, explicó.
Otra de las empresas que utilizan este aparato en el sector agrícola es la prestadora de servicios Agronegocios del Plata (ADP), la cual trabaja con un dron en forma de avión llamado Arcángel, de la empresa argentina Aerovisión. Sus alas miden casi cuatro metros y tiene un largo de 2 metros con 50 centímetros, con un motor aeronáutico a nafta. Pesa cerca de 25 kilos. Su precio gira en torno a los U$S 50.000, pero tiene instalado U$S 63.000 de equipamiento. Vuela a 100 kilómetros por hora y cumple la función de hacer un mapeo del área.
Hace tres meses, la empresa adquirió otro equipo llamado AG-Wing. Es mucho más pequeño que el anterior. Pesa solo dos kilos y tiene dos metros de ala. “Básicamente, son alas con motor”, sintetizó a Campo el responsable de este equipo en ADP, Pablo Sandoval.
El AG-Wing recorre 60 kilómetros por hora y es utilizado para realizar modelo 3D del campo. Su precio gira en torno a los U$S 20.000.
Los servicios de vuelo de esta empresa aumentaron de 20.000 hectáreas en 2012 a 38.000 hectáreas en 2013, por lo que presumen que la tendencia de su utilización irá en aumento, señaló Sandoval.
Además de los aviones y helicópteros, existen otro modelos de drones, como los cuadricópteros y los zeppelin con motor.
Trazabilidad, abigeato y contrabando
Si bien la utilización de drones en la ganadería es casi inexistente, son varios los actores del campo que la visualizan como una herramienta a incorporar en un futuro cercano. En esta línea está el gerente de carne y lana del INIA, Fabio Montossi, quien, en diálogo con Campo, dijo que los drones van a tener un papel en el manejo productivo, sanitario y del bienestar de los animales. “Es cuestión de tiempo”, aseguró.
Geofly es una empresa que se dedica a ofrecer servicio de fotogrametría a través de la utilización de un dron. Hasta ahora, fueron pocas las empresas ganaderas que la han contratado, y para situaciones muy puntuales, comentó a Campo Antonio Villaluenga, técnico especialista de la firma. “Se ha volado un campo para efectos inmobiliarios, para mostrárselo a un posible comprador, y algún monitoreo de pasturas”, apuntó.
Montossi indicó que “en la ganadería moderna” se trazará a “los animales más individualmente que grupalmente”, y consideró que “el desafío es utilizar todas estas tecnologías de la información de la robótica sobre la base del sistema de trazabilidad”.
Los drones también pueden ser usados para otras situaciones, como, por ejemplo, “combatir el abigeato”, uno de los problemas que enfrentan los productores. No obstante, en ningún caso supondría una sustitución del trabajo humano, pero sí una “ayuda importante”, subrayó Montossi.
El general del Ejército José Saavedra informó a Campo que la institución adquirirá “en el corto plazo” tres vehículos de vuelo no tripulados. La intención es que siempre haya uno de estos recorriendo la frontera, señaló, e indicó que esa actividad incluye evitar el contrabando de animales. Además, insistió en que proyectan trabajar con otros Ministerios, incluido el del Interior, para poder combatir el abigeato.
Otro de los planes del Ejército es incentivar la utilización de la tecnología en el uso de las actividades civiles. En este marco se destaca una eventual colaboración con el INIA.
Argentina y la limitante de los países desarrollados
Varios especialistas en drones consultados por Campo señalaron que en Argentina la utilización de estos equipos es mayor que en Uruguay.
“Muchas de las empresas del sector agropecuario adquirieron drones para dar resultados agronómicos en lo que puede referirse a conocer mejor la variabilidad de los lotes, realizar un seguimiento de los cultivos de mejor manera y con mayores posibilidades de encontrar problemas rápidamente, como puede ser un ataque de plagas y enfermedades; sectorizar ambientes de malezas, detectar fallas de siembra o fertilización si las hubiese, o para hacer una simple recorrida del campo desde la altura en momentos en que es difícil caminar por los cultivos”, señaló una nota publicada el 28 de junio en el diario argentino “La Nación”.
“Actualmente, muchas de las empresas que los compraron, además de ofrecer estos servicios agronómicos están amortizando el equipamiento realizando filmaciones en deportes, eventos, trabajos para empresas petroleras y planificación de barrios”, agregó.
No obstante, al igual que Uruguay, el uso en Argentina también es incipiente y con proyecciones de crecimiento en el futuro. “En lo que se refiere a usos agronómicos, todavía no hay un uso masivo de estas tecnologías montadas en drones, pero si se logra abaratar el proceso, mejorar los diagnósticos y actuar en consecuencia, seguramente se harán más masivos en el corto plazo”, vaticinó la publicación argentina.
En Estados Unidos, el mayor exportador de soja en el mundo, la utilización de esta tecnología está limitada por sus leyes, que no permiten que los drones vuelen demasiado alto. Una situación similar atraviesan otros países desarrollados en donde es importante la agricultura.