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    Durante la pandemia algunos cubanos envían dinero a su país, y otros acuden a ollas populares y a ayuda estatal para sobrevivir

    Entre el bloqueo y las ineficiencias de dos sistemas opuestos: socialismo y capitalismo

    Norberto tiene 44 años y es en cierta forma un cubano privilegiado. Llegó a Uruguay hace casi dos años y la pandemia lo encontró trabajando como guardia de seguridad en una poderosa cadena de supermercados. Para él las cosas no cambiaron demasiado: tiene un sueldo bajo, pero se mantuvo estable, salvo el monto que ahora envía a su familia, porque el precio del dólar subió casi 16% desde diciembre. Cada mes cuenta con unos $ 22.000 fijos y a eso, a veces, suma algunas changas en mudanzas, limpiezas de vidrios o pintura.

    Igual que muchos de sus compatriotas, Norberto alquila una pieza en el Barrio Sur. Allí comparte la habitación con su hijo y el hijo de su mujer. Ella permanece en Cuba.

    Pagan $ 3.500 cada uno por la habitación y el resto de lo que gana se reparte en gastos de alimentación, transporte y envío de remesas a casa. Este mes logró transferir US$ 50 a su esposa y otro tanto a su madre, de 75 años, que espera verlo pronto de regreso.

    “Tengo una sobrina en España y un cuñado médico en Ecuador, pero nunca pensé en viajar. ‘Ven y pruebas’, me dijo el hijo de mi esposa y me vine”, cuenta este vecino de la provincia oriental de Las Tunas, que en casa caminaba todos los días cuatro kilómetros para ir a trabajar en una empresa azucarera. Está orgulloso de su ciudad natal, donde los mambises pelearon por la independencia de su país y también de José Martí, el héroe nacional, de quien sabe que fue cónsul uruguayo en Nueva York.

    “No vale la pena el sacrificio, pero no quiero irme derrotado, al menos aspiro a llevarme mil dólares”, confiesa.

    Muy cerca de la vivienda de Norberto, en Andes y Maldonado, un grupo de cubanos no la pasa tan bien. Algunos aún están sin documentos y el Covid-19 los pescó en medio de la inserción. No conocen casi nada de Montevideo, la ciudad que se parece a La Habana, y se pasan unas cuantas horas del día esperando a ver si los llaman como peones para una mudanza o un transporte de mercadería, a $ 150 pesos la hora. El día que conversaron con Búsqueda todos se fueron sin ganar un solo peso y con el estómago rugiendo de hambre. Sin embargo, al menos algunos no renuncian al optimismo: “Veo muchas posibilidades acá”, dice Leodán, de 35 años.

    Sadiel Poey Fernández tiene 33, soñaba con ser tercer base de un equipo famoso de béisbol y viajó a Colombia con equipos juveniles. De allí rescató el oficio de bagayero: compraba ropa barata y la vendía en su pueblo de Matanzas.

    Ahora vive con su familia en Montevideo y la pandemia lo pescó como empleado de un puesto de feria, donde gana unos $ 1.500 por día y está conforme a pesar de la larga jornada, pero no renuncia al proyecto de emigrar a Estados Unidos.

    La crisis planetaria encontró a Adalberto, de 43, y a su esposa Mariela, de 37, en pleno proceso para traer a sus dos hijas de Cuba. Cuando ellos viajaron, las niñas quedaron al cuidado de los abuelos en la provincia de Villa Clara, no muy lejos de donde el argentino Ernesto Che Guevara comandó el bando ganador de la batalla de San Clara, que puso en fuga al dictador Fulgencio Batista hace más de 60 años.

    Igual que muchos cubanos que salieron de su país por razones económicas, esta pareja de ingenieros prefiere no hablar de política ni opinar acerca de si Fidel Castro implantó otra dictadura después de Batista. “No nos interesa la política”, dice él, pero enseguida agrega: “No me iba tan mal, trabajaba por cuenta propia para el Estado con tres ingenieros, pero con mi esposa decidimos dar el paso de emigrar para mejorar”.

    La pandemia —por ahora— truncó el proyecto de alquilar una vivienda y traer a las niñas; él quedó sin trabajo, pero no le corresponde cobrar seguro de paro. “No me quejaba, sin embargo el trato era un poco injusto porque ganaba la mitad que varias de las personas que tenía a cargo”, explica serio.

    También cuenta que, venciendo la vergüenza, se animó a ponerse en la cola en la puerta del sindicato de molineros y transportistas de carga, que queda enfrente a la pensión donde viven en La Aguada.

    Unos vecinos solidarios y los sindicalistas montaron allí un merendero y todas las tardes ofrecen algo. El PIT-CNT aporta unos $ 2.000 diarios para comprar leche en polvo, a la que agregan cocoa y acompañan con algo dulce, a veces unas tortas hechas por vecinos.

    Mientras Adalberto y decenas de cubanos hacen la cola para recibir su merienda como todas las tardes, unas muchachas que viven en unos ranchos de lata y cartón al lado de la torre de Antel meten en una mochila, con gran habilidad, 10 litros de cocoa repartidos en dos bidones de agua Salus, se las echan al hombro, agradecen y se van.

    Las uruguayas se van contentas a distribuir la merienda entre los vecinos. Cuando al fin reciben lo suyo, los cubanos regresan a sus miserables pensiones.

    En uno de esos alojamientos, los dueños están desaparecidos y los inquilinos, uruguayos y extranjeros, esperan nerviosos una solución luego de que se fuera también la encargada, a la que denunciaron por cobrar por servicios que no prestaba y echar a la gente a punta de sevillana.

    “No estamos acostumbrados a vivir así”, dice a Búsqueda la ingeniera, mientras muestra el patio y la cocina de la vieja casona con la pintura de las paredes descascarada y cuenta cómo convenció a sus compatriotas de tomar algunas medidas de higiene para prevenir el contagio del virus.

    Adalberto, su esposo, sin embargo, trata de encontrar la parte positiva. Destaca que durante el día tienen buena luz, en la pieza cuentan con una heladera que recibieron casi regalada, y una televisión, pero sobre todo valoran contar con wifi. Gracias a la tecnología mantienen comunicación con la familia en Cuba y además él hace decenas de gestiones para conseguir un nuevo trabajo. Ya bajó sus aspiraciones de empleo y no solo busca de ingeniero sino también en tareas menos calificadas, como guardia de seguridad. La plata se termina y ya están atrasados más de un mes con el pago de la pieza, porque el sueldo de ella, a pesar de su calificación y rendimiento, apenas pasa los $ 20.000.

    Leonardo Fossatti y Pilar Uriarte, dos antropólogos de la ONG Idas y Vueltas que colaboran con la olla popular que organizó el sindicato bancario AEBU hasta esta semana, explicaron a Búsqueda que muchos extranjeros sufren “abuso, violencia y racismo”.

    Los cubanos no solo reciben solidaridad y comentarios xenófobos, sino también críticas. Entre merienda y merienda, algunos militantes sindicales que pertenecen al Partido Comunista también se las ingeniaron para discutir de política y uno de ellos reprocharles que “se comieron la pastilla del capitalismo”.

    Es que para un sector de la izquierda uruguaya Cuba sigue siendo un referente. Quizás ya no es “el faro de la revolución latinoamericana” pero sí un ejemplo de resistencia al bloqueo estadounidense, una situación que, si bien sirve como excusa para tapar otros graves problemas, sin duda se ha agudizado desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca.

    Las noticias que llegan desde La Habana son contradictorias. Por un lado, el sistema de salud, igual que en Uruguay, ha respondido bien (ver recuadro), pero por el otro la calidad de vida ha empeorado debido a la de por sí difícil situación económica: el transporte está paralizado para bajar la diseminación del virus y obtener comida, una tarea nunca fácil, se volvió otra vez una proeza.

    “Estamos al borde de llegar a una situación similar a la del Período Especial, cuando se cayó la Unión Soviética, pero la diferencia es que esta nueva generación ya no está dispuesta a hacer tantos sacrificios como el que hicieron sus antepasados, que fueron voluntarios a Angola”, dijo a Búsqueda un uruguayo que reside desde hace décadas en La Habana.

    “Estafados” mirando al norte.

    “A algunos los embullan: en cualquier lugar vas a estar mejor que en Cuba”, dice una cubana que reside hace años en Uruguay y que llama la atención de la lectura que se hizo en Miami cuando el presidente Luis Lacalle Pou habló de que el suyo sería un gobierno abierto a emigrantes e inversionistas.

    Muchos de los recién llegados viven las cosas de forma dramática. Llegaron a un país lejano sin mucha información y encandilados con la facilidad de conseguir papeles, sobre todo cuando se cerró el ingreso a Estados Unidos y a otros países latinoamericanos, pero ahora se sienten “estafados” porque no consiguen trabajo. Y, además, el clima no es tan benigno como en La Florida.

    En general consiguen changas mal pagas, como las que se ofrecieron de la cosecha de uva, y buscan paliativos como anotarse para recibir un subsidio de la Intendencia de Montevideo, alimentarse con una canasta del Mides o con la olla sindical.

    “Amo a Cuba, pero volver no es una opción”, dice uno de los recién llegados. “Me siento acogido en este país, pero no quiero morirme fuera de Cuba”, dice otro joven que malvive de trabajos eventuales y ayuda social.

    “Pensé que había trabajo, esto no fue lo que dijo (el expresidente José) Mujica; si dan permisos y papeles, uno da por sentado que habrá trabajo, esto es un engaño, una mentira”, dice Abel, de 28 años, mientras espera recibir su pequeña vianda de la tarde en el sindicato de molineros.

    Alain casi no tiene donde caerse muerto y, sin embargo, mira las cosas con más optimismo. Tiene 32 años y cuenta, con una sonrisa, que apenas llegó puso una manta en la feria y comenzó a vender cosas. Después salió con pastillas y curitas en los ómnibus. “Ayer saqué solo 20 pesos”, dice mientras muestra con orgullo la tarjeta del sistema STM que lleva colgada del cuello.

    En Cuba era técnico veterinario y en Uruguay piensa estudiar la carrera de Medicina. Claro que primero debe juntar para pagar la pieza donde vive y terminar el Bachillerato, que la pandemia puso en pausa, aunque sigue algunas clases por Zoom con el teléfono, en el tiempo que le queda mientras busca algo para ponerse en el estómago.

    La pandemia pescó a Olga Alemán, de 58 años, cansada de la batalla para ayudar a sus compatriotas. Hace dos años era la presidenta de la Asociación de Cubanos y en su casa del barrio La Mondiola montó un centro de distribución de ropa para el invierno, comida y hasta dinero para los primeros pasos.

    Muchos de los que ella ayudó lograron instalarse, otros siguieron camino rumbo a la ansiada Yuma (Estados Unidos, ver recuadro) o a Chile.

    Alemán y Olga Fernández, hija de uruguayos nacida en Cuba, tratan de orientar a los que llegan o a los que escriben con el deseo de venir, pero se sienten desbordadas por sus propios problemas que les trajo la pandemia y la incertidumbre de cuál será la política de extranjería del nuevo gobierno.

    Ellas se sienten cerca de Cuba pero de otra manera que algunas organizaciones “anticastristas” nacidas en Facebook. Tratan de comprender tanto a los que vienen como a quienes regresan. Alemán recuerda lo que le dijo —antes del Covid-19— uno de los que admitieron el fracaso: “Me vuelvo; allá no tendré que comer, pero no duermo entre cucarachas.”

    Esperanza, de 49, y Osmán, de 48, aunque por ahora perdieron su tren a Yuma viven su mejor momento fuera de casa porque a pesar de la pandemia lograron comprar un camión viejo y manejan su propio puesto en las ferias vecinales montevideanas. “Se puede elegir, se puede agarrar, que no molesta”, dice ella a los clientes mientras maneja con agilidad la calculadora que no para de sumar.