N° 1804 - 19 al 25 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa empresa Ecolat pasó por varias manos desde que fue fundada por dos jóvenes hermanos en la década del 70 como una pequeña quesería. Más tarde fue comprada por un empresario visionario que la potenció con la marca Lactería. Luego se vende al gigante italiano Parmalat, que se funde en Italia y aparece por esa época don Matías Campiani con su fondo Leadgate, quien la gestiona por un par de años y se la vende al Grupo Maldonado de Venezuela. Dicen que estos empresarios no se llevaban bien con el dictador Chávez y las exportaciones a Venezuela se le complican, por lo que deciden venderla a sus actuales dueños: el Grupo Gloria de Perú, quienes gestionan empresas de alimentos, distribución y construcción.
El Grupo Gloria invirtió en el año 2012 unos 35 millones de dólares en Uruguay y había comenzado a construir una moderna fábrica de quesos (con otra inversión millonaria), para procesar los cerca de 500.000 litros de leche que recibía diariamente por parte de varios productores de la zona de Nueva Helvecia.
Pero los números no le cerraban. Tenían un parque industrial que necesitaba modernizarse y la mano de obra que —guiada por un sindicato “combativo”— cada día rendía menos y no aceptaba ninguna reestructura que implicara incorporar tecnología, procesos y mejoras, con la consecuente merma en puestos de trabajo.
Además, como los precios de la leche en polvo cayeron a menos de la mitad entre marzo y setiembre de 2014 (de U$S 5.000 a U$S 2.500), la empresa propuso cerrar ciertas líneas de negocios y focalizarse en otras, pero el sindicato se opuso. Jugó al todo o nada. Y se quedará con nada.
¿Qué enseñanzas podemos sacar de estos sucesos?
Primero, que los sindicatos en Uruguay han sabido moverse muy bien y lograr beneficios para sus afiliados, cuando enfrente tienen a alguno de estos cuatro tipo de empresarios, a saber:
El Estado-empresario. A sus gerentes poco les interesan los resultados financieros, la calidad de atención o las deudas que dejen a futuro. Saben que siempre habrá “canilla libre” y jamás nadie será castigado por sus errores. Pagarle más a los empleados es algo “bien visto”, junta votos y evita líos. Allí tenemos a los empleados de Antel, Ancap, AFE, ALUR, Pluna, las Intendencias y tantos otros, gozando de privilegios laborales en empresas que pierden fortunas.
Los empresarios monopolistas. Un lindo ejemplo lo da el sindicato de la bebida, donde se dan el lujo de trabajar seis horitas por día y ganar buen dinero, porque tratan con Fábrica Nacional de Cervezas (Grupo Ambev), que no sólo goza del cuasi monopolio de la cerveza en Uruguay, sino también en Argentina y Brasil. Además reciben un subsidio por parte del Estado para comprar las botellas de vidrio que fabrica la fundida Codarvi y así “darle una mano” a la cooperativa que hoy la gestiona. Cuando don Richard Read “negocia” condiciones fantásticas para su gente, la gerencia de FNC ni se inmuta: sube un pesito el litro de la birra, mantienen sus ganancias, “reparten” alegría y Juan Pueblo se sigue emborrachando como si nada.
Los empresarios prebendarios y proveedores del Estado. Es lo que sucede –entre otros— con las empresas constructoras de obra pública, donde su único cliente es el Estado. Si el sindicato negocia (o los aprieta) para que un simple peón gane mil dólares por mes por usar los músculos, ningún problema. En la próxima licitación aumentamos el precio del metro cuadrado de carretera, el Estado lo paga con gusto, Juan Pueblo ni se entera y tutti contenti.
Los empresarios curreros. Con estos tipos es bien fácil “negociar”. Tienen un “guille” por el cual “se la llevan toda”, y bajo el cuento de “repartir riqueza”, hacemos la vista gorda. Muchas de las maniobras sucias que han realizado varios bancos en la historia del Uruguay, jamás fueron denunciadas por AEBU, mientras sus afiliados seguían comiendo la “merienda”, gozando de licencias especiales y disfrutando el fin de semana en “la casita del balneario” (la que seguramente compraron con un préstamo “blando”).
Con quienes los sindicalistas uruguayos no saben negociar, es con empresarios honestos y que compiten a nivel global, donde las reglas de la productividad, la flexibilidad y la mejora continua, son parte del menú diario para estas empresas.
Allí es necesario contratar a los mejores por sus talentos y sus virtudes y no sacar cualquier “bolilla” de la “solidaria” bolsa de trabajo. He visto a sindicatos oponerse a la implementación de claros sistemas de evaluación del desempeño con el fin de diferenciar a los buenos de los malos. Ellos quieren que todos sean iguales (iguales de malos).
La segunda enseñanza es darse cuenta de que los trabajos “manuales”, con poco valor agregado de inteligencia y actitudes, tienden a morir. La tecnología, los procesos y la robótica, les van a pasar por arriba a empresarios, gobiernos y sindicalistas miopes. La “piqueta fatal del progreso” hará desmanes entre quienes no estén preparados.
La tercera, es que a la empresa la dirigen sus dueños y accionistas. Son ellos los que aportan sus ideas y arriesgan su capital para llevarlas adelante. Son los que definen las estrategias y los que cargan con el peso de las decisiones. Los buenos empresarios saben de la importancia de escuchar a sus clientes, a sus proveedores y a sus empleados, pero ninguno de ellos tienen derecho a sentarse en el Directorio. Y si no les gusta la empresa, consíganse otro cliente, otro proveedor u otro empleo. O creen sus propias empresas. Esto es muy fácil hacerlo en los países de primera, y si mal no recuerdo ¡Uruguay es un país de primera!.
Y la última enseñanza es para los empresarios. Años de estar “acomodando el cuerpo” mientras la facturación los acompañaba, pero ahora se dan cuenta de que con eso no alcanza. Perciben que dejaron relegado a un segundo o tercer plano, el trabajo serio, consistente y profundo, de crear una “cultura organizacional” basada en valores y no solo en el valor del dinero.
Llegó la hora de poner manos a la obra. Si no lo hacemos, sucederá lo que presagia Edmund Burke cuando dice: “Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada”.