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    El 1º de marzo de 1985

    Sr. Director:

    Un Himno Nacional Para la Libertad. A Julio María Sanguinetti, amigo, primer presidente de la República recuperada, hoy amenazada.

    Tres veces he dirigido el Himno Nacional uruguayo en circunstancias políticas en mayor o menor grado cruciales. La primera de ellas el 26 de marzo de 1971 en el acto fundacional del Frente Amplio; la segunda un día de noviembre de ese mismo año en el acto de su cierre de campaña electoral en las afueras del Palacio Legislativo, y la tercera, de muy lejos la más importante, en el Salón de los Pasos Perdidos como hito inicial del regreso a la democracia y la libertad, el 1º de marzo de 1985, en el acto de asunción del mando del presidente constitucional Dr. Julio María Sanguinetti. Ese día recuperamos la institucionalidad republicana.

    No me eran ajenos los himnos nacionales en el Salón de los Pasos Perdidos. Muchos años antes, como burócrata pichón encargado del coro del Sodre, me había cabido organizarlos. Al frente de la Sinfónica y el coro en todos esos caso estuvo el maestro Domingo Dente, director titular del coro.

    Trabajo ritual y como todo rito, rutinario: orquesta y coro siempre en el mismo sitio, el centro del salón; director de frac, entrada y salida del recinto en orden y a su debido tiempo. Luego el acto programado.

    Con tales representaciones mentales, viejas de veinticinco años, ingresé ese histórico 1º de marzo al Palacio junto con las coristas ya solemnemente entogadas. Todo en orden.

    Las disonancias cognitivas comenzaron al llegar al salón: no había orquesta. Si no había orquesta no había himno; en todo caso nunca lo había dirigido a capella.

    Escuché afinar. Respiré. Si afinaban, había orquesta. Seguí el sonido. Tropecé con la segunda disonancia: el único ensemble de sardinas sinfónicas que he dirigido hasta ahora. En una habitación de cinco por cinco metros cuya única puerta daba al Salón de los Pasos Perdidos, ochenta sacrificados, con sus contrabajos, violonchelos y timbales, pugnaban y sudaban por mover sus arcos e hinchar sus pulmones para hacer sonar lo que fuere, en el mínimo espacio disponible. Y, colmo del inri del ridículo, la única imagen visible de la orquesta sería el director, quien dirigiría desde la puerta a una orquesta invisible para que el nutrido núcleo de invitados de todo el mundo no se perdiese semejante espectáculo. Faltaba todavía ubicar al coro y los solistas.

    En mi lineal mentalidad de entonces anidó una certeza, falsa como casi todas ellas: esto es cosa de los fachos; se vengan como despedida de la dictadura.

    En el principio fue el verbo. Hecho radio.

    Sodre, aunque ahora quiera decir no sé qué, entonces significaba Servicio Oficial de Difusión Radioeléctrica. Ergo, había micrófonos. Varios. Muchos para la orquesta y el coro. Otro para la solista, no casualmente mi muy querida y talentosa Nelly Pacheco, la misma solista de “mis” dos himnos nacionales políticos anteriores, los del Frente Amplio. Los micrófonos llevarían el sonido a una amplia red de altoparlantes distribuidos en el trayecto del Palacio Legislativo a la Plaza Independencia.

    Finalmente bajé la batuta y dirigí a una orquesta que el público presente, al igual que los miles que atestaban las calles, no veía. El único que escuchaba en directo el sonido, con la orquesta, el coro y la solista a muy poca, excesivamente poca, distancia era este narrador. Todo anduvo muy bien. El espíritu de Rossini campeó adecuadamente, como corresponde, en la Introducción; el primer coro, dadas las circunstancias, tuvo un poco más de fervor que el habitual, Nelly, igualmente emocionada, cantó muy bien su solo; al terminarlo y recomenzar el coro, continuó cantando junto con los coristas. Quedé muy conforme.

    Había concluido mi primera actuación pública luego de nueve años y una semana de exilio. Siguieron breves minutos de emocionados reencuentros.

    Al llegar a casa se hizo la luz. La versión, vista y oída en directo, que para mí había sido de calidad algo más que normal, para los oyentes de la radio y las calles había sonado a catástrofe.

    En una grabación o transmisión radial, el amo es quien maneja los micrófonos. Al finalizar el solo, alguien apagó los del coro y dejó abierto el de la solista. El resultado fue un “coro de una”, quien creyéndose acompañada cantó en consecuencia. No precisamente un ideal. Culminación suprema de todas las disonancias de esa jornada.

    A la simbología inherente a todo himno nacional, ese de esa tarde agregó otra circunstancial a la que por economía de significados podría definirse como símbolo del Pacto del Club Naval.

    En la valoración política de estos hechos al mismo tiempo acerté y me equivoqué. El tiempo, con múltiples pruebas, lo aclaró.

    Fueron los fachos sí, pero no en los que pensaba, sino los otros, los de su imagen reflejada exactamente igual a sí misma en el campo opuesto. Crearon de tal modo otro poderoso simbolismo: son los mismos empeñados durante treinta años y con la eternidad por delante, en hacer de la República una versión tan distorsionada como aquel himno que marcó su reencuentro.

    Hugo López Chirico

    CI 1.124.454-0

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