Nº 2100 - 3 al 9 de Diciembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuizás ya esté saturado del tema, estimado lector. Pero imposible no destinar esta columna a la muerte de Diego Maradona. O, más bien, a lo que ha sido este personaje multifacético e irrepetible que se las ha ingeniado para ocupar durante más de cuatro décadas los titulares de los medios de prensa de todo el mundo. Y no solo por los prodigios que supo realizar en una cancha de fútbol.
Mi primer contacto con Maradona fue en junio de 1977. La Selección juvenil celeste, tras ganar el Torneo Sudamericano de su categoría, se preparaba para el Mundial de Túnez. Y, en ese marco, enfrentó en el Centenario a Argentinos Jr., un modesto equipo argentino. Pudo haber sido uno más de los cientos de partidos que he presenciado en mi vida. Pero lo tengo bien presente por dos circunstancias; la primera, porque extrañamente se jugó por la mañana; pero, muy en especial, porque en el rival apareció un “pibito” de apenas 16 años que deslumbró a la concurrencia con una exquisita demostración de cómo —ya a esa edad— pueden hacerse prodigios en una cancha de fútbol. No sorprendió que, meses después, brillara en el equipo Campeón del Mundo en aquella rama (un año antes Menotti lo había dejado afuera del plantel que obtuviera el mismo lauro, pero a nivel de mayores).
Mi reencuentro con el Maradona jugador (nunca lo traté personalmente) fue en el Mundial de México 86, tras su paso por Boca Jr., el fracaso con la Selección en el Mundial del 82, y un período inexpresivo en el Barcelona. Este evento en tierra azteca —a nuestro juicio— marcó el momento estelar de su fantástica trayectoria. Comentando para Radio Universal fui testigo directo y privilegiado de aquel histórico duelo ante Inglaterra, que puso a Argentina en la antesala del título de Campeón del Mundo. Y que fue la más acabada muestra de esa dualidad entre el hombre y el jugador de fútbol, que habría de ser un sello propio y distintivo de su impar trayectoria. Primero, con un gol supuestamente de cabeza, pero conseguido con la mano escondida y festejado como bueno; para, poco después, borrar de un plumazo esa impostura, anotando el que —y con razón— se sigue considerando el mejor gol en la historia de los mundiales. A su modo, fue una cumplida revancha de la aún cercana Guerra de Malvinas.
Aunque con el transcurso del tiempo la excelsa magia de Diego fue motivo de un deleite incomparable en varios estadios del mundo, el otro capítulo estelar de su carrera está ligado a su pasaje de varios años en el fútbol italiano. No solo hizo que el Napoli obtuviera en 1987 el primer título de campeón de la Liga, sino que se convirtió en el encendido reivindicador del magullado orgullo de los habitantes de esa comarca sureña, desdeñados desde siempre por las regiones del centro y norte de Italia. Todo ello, sin embargo, empañado por sus primeras incursiones en el submundo de las drogas y sus íntimos vínculos con la “mafia” napolitana. Llegó luego su suspensión como jugador y el traspaso al Sevilla de España, su fugaz pasaje por Newell’s, vuelto a su país, su ominosa salida por “doping” del Mundial de EE.UU. 1994, y una nueva suspensión, la que marcó el definitivo comienzo del paulatino ocaso de su rutilante carrera como futbolista (su ulterior pasaje como técnico —incluso en la Selección de su país— no tuvo mayor destaque, dejando como recuerdo sus incoherentes balbuceos de los últimos reportajes, y su penosa postrera imagen, saliendo de la cancha de Gimnasia, tambaleante y sostenido por dos personas, pocos días antes de su muerte).
Dentro de una cancha lo suyo fue algo mágico y sublime; no solo por su técnica increíble y su impronta genial, sino también por su inquebrantable espíritu de lucha, que le hacía “sacar la cara” por sus compañeros en los momentos más complicados. También por su inalterable y sacrificada adhesión a la causa de su Selección, a la que nunca dejó de defender, aun en precarias condiciones físicas, como ocurriera en el Mundial de Italia 90. No fue empero Maradona, a mi juicio, el mejor futbolista de los que vi jugar, pues Pelé lo superaba en varios rubros (era ambidiestro, tenía un físico más apropiado y, por ello, se aburrió de hacer goles de cabeza… ¡no con la “mano de Dios”!).
Pero tratándose de Maradona, no puede separarse su faceta de futbolista de la persona fuera de la cancha, que discurrían paralelamente. Su origen fue humilde como el de tantos otros futbolistas, pero la fama le llegó demasiado abruptamente y con una inaudita proyección mundial, como para poder convivir dócilmente con ella. Y cuando buscó quién le ayudara en esos menesteres, no pudo, no supo o no quiso elegir bien. Fue así que en Nápoles se introdujo —y no para obtener ventajas deportivas— en el siniestro mundo de la droga, del que aparentemente solo pudo escapar últimamente, aunque para sustituirla por una ingesta alcohólica igualmente dañina. Su físico le dio varios anuncios (todos recuerdan su internación de urgencia en un centro de salud de Punta del Este, por un oscuro cuadro de sobredosis de cocaína, del que milagrosamente pudo salir con vida). Y cuando se marchó a Cuba para curarse de su adicción, supo hacerse amigo de Fidel Castro… pero ¡volvió peor de como estaba”. Tuvo siempre conciencia de que se dirigía indefectiblemente al despeñadero (¡qué jugador que hubiera sido si no me hubiera drogado!, confesó alguna vez), pero no tuvo fuerzas ni una ayuda contundente para corregir el fatídico rumbo.
Son conocidas también sus infidelidades conyugales, su oscilante amor por sus hijas legítimas, aunque no por los varios hijos que ayudó a concebir, y terminó legitimando cuando no tuvo otra alternativa. También sus devaneos con ciertos oscuros personajes de la política regional, que algunos pretenden parangonar con su lucha indeclinable contra la FIFA y los poderosos intereses que se mueven en el fútbol.
Sabido es que esos excesos de calidad y temperamento que Maradona ofreció a raudales en tantos campos de juego, se dieron en paralelo con aquellos que matizaron su azarosa vida privada. ¿Es válido separar unos de los otros? ¿Su imagen de insuperable jugador de fútbol puede acaso verse empañada con su objetable conducta fuera de las canchas? Alguien dijo en estos días: “A mí no me interesa lo que Maradona hizo con su vida; me emociona lo que él hizo con la mía”. Aunque precisamente fue toda esa desmesura la que terminó con su vida antes de tiempo. La misma que campeó a sus anchas en ese insólito velatorio multitudinario en tiempos de pandemia, mañosamente concebido y peor ejecutado. Aunque quizás no haya sido tan diferente al que el mismísimo Diego hubiera preferido.